A fines del siglo XIX, cuando la iglesia todavía era de madera, la casona de la esquina de Tapia de Cruz y Asborno ya estaba construida. Distinguida, como un fuerte que velaba por la integridad de la plaza San Martín, en pleno corazón de un Escobar pueblerino, con calles de tierra, que todavía dependía del partido del Pilar.
El edificio, uno de los más antiguos de la ciudad, expone la arquitectura “italianizante” bonaerense. La fachada muestra una división de niveles, donde la planta alta conserva su formato original con ocho aberturas, postigos de madera, balcones de herrería artística y ménsulas decorativas. Todo terminado en una balaustrada de cemento, en la terraza del inmueble.
El revoque -símil piedra- evidencia la labor de los frentistas de aquella época, verdaderos artesanos, integrándose al incipiente paisaje urbano con un aire residencial y comercial a la vez. Historiadores aseguran que muchos de los materiales utilizados en la construcción llegaron de Europa, con una calidad inmejorable para aquel momento.
Fue de las primeras edificaciones de ese tipo en el pueblo y su propietario era un destacado vecino y benefactor escobarense: don José Alonso. El mismo que en la década del ‘30 donó el terreno y el edificio de lo que era entonces la Escuela Nacional N°38 (actual Escuela Primaria N°14), en la esquina de Rivadavia y Los Lazaristas.

Cuna de clubes y negocios emblemáticos
“Esa casa se hizo antes que la iglesia. Durante mucho tiempo funcionó ahí el Club Social, al que concurría la alta alcurnia de Escobar. Es un lugar con mucha historia, porque se hacían reuniones muy importantes”, le cuenta “Fredy” González a DIA 32.
“Escuché alguna vez que fue de la familia Cappello, de las tías de Marcos, que hoy es juez. Abajo funcionó mucho tiempo un café bar que se llamaba Santa Paula, atendido por un familiar de ellas”, agrega, con una gran memoria, virtud característica de quien fuera el inventor de la tienda masculina Henry Sport.

Guillermo Alvarez, otro vecino conocedor de las historias de antaño, también recuerda aquellas épocas: “Había una tienda abajo, me acuerdo que el Club Social quería comprar ahí, pero se durmieron (sic). Después lo compró el doctor (Jorge) Resio. El club finalmente terminó adquiriendo un inmueble en la calle Hipólito Yrigoyen”.
La tienda a la que hace referencia era La Palma, propiedad de Eusebio Blanco y Genaro Caballero, dos inmigrantes españoles que arribaron a Escobar. Ese local sufrió un grave incendio años después, se volvió a construir y allí surgió el bar, que funcionó hasta la década del ‘60.

La casona data de fines del siglo XIX y perteneció a don José Alonso, que también “construyó muchas de las viviendas que están sobre Asborno”, apunta Gustavo Darrigo.
Alvarez relata una anécdota increíble pero real, sucedida en ese café. “Una vez se exhibió un delfín, que había aparecido en el río Luján y un tío mío lo cazó de un escopetazo. Después se supo que era una hembra y resulta que tenía una cría en la panza. Algo feo que en estos tiempos sería una grosería mostrar”, afirma, con sinceridad, sobre aquel episodio.
Otro comercio que supo establecerse en esa ochava fue un almacén de ramos generales propiedad de la familia Ortelli. Más adelante, en la década del ‘80, llegó la heladería Massera, que era un verdadero clásico, con sus sabrosos helados de crema, ideales para los sofocantes veranos. Hoy, desde hace tiempo, funciona un maxikiosco.

El mencionado Club Social lo fundó Pastor Ballester, en 1912, y marcó una época en aquel pueblo. Muchos hombres se reunían en sus instalaciones a jugar cartas y charlar. Unos años antes, en el mismo lugar se hicieron reuniones para crear el Club Atlético Independiente (1908), hasta que después tuvo su sede propia en la calle Colón.
En ese sitio también nació el Club Sportivo, idea de los hijos de los comerciantes Blanco y Caballero con un grupo de deportistas amigos, en 1924, según narra el recordado Alfredo Melidore en su revista Historiando Escobar.

Los actuales dueños
Desde hace muchas décadas, el dueño de la emblemática esquina de Tapia de Cruz y Asborno es Jorge Resio, reconocido cardiólogo de Escobar. Ni bien tuvo la posibilidad de comprarla, lo hizo.
“Siempre me gustó el lugar, desde el punto de vista estético. Es una edificación muy linda, muy bien lograda y ubicada. Tuve la oportunidad de poder comprarla y lo hice. Fue hecha a todo trapo, por el material usado”, contó en un programa de ADN Escobarense en 2022.
También dio algunas características puntuales acerca de la construcción y la robustez de su estructura. “El espesor de las paredes me parecía un despropósito, parece un fortín. Abajo deben tener 60 centímetros de ancho, hechas con cal, no con barro. El primer paso que dimos fue levantar todos los techos, cambiamos pocas chapas porque las que tenía eran de un espesor impresionante. En el salón de adelante hicimos un baño, tres consultorios y una sala de espera. Cuando armamos la galería comercial tuvimos que cambiar la fachada de la planta baja”, repasó.
Poco después de haber adquirido el inmueble, le propusieron transformarlo en un edificio. “Pero las restricciones eran varias, de los casi 600 metros cuadrados que tiene el lugar, quedaban 200 de construcción. Era como hacer un obelisco, nos gustó más la idea de mantener la propiedad como estaba. Por el lugar y la fachada que tiene, es un edificio emblemático de Escobar”, confesó, convencido y orgulloso de su decisión.
El arquitecto Gustavo Darrigo aportó algunos datos más a esta recopilación: “Además de esa edificación, Alonso construyó muchas de las viviendas que están sobre Asborno. Después Resio hizo la galería comercial de planta baja, en los 80, y el departamento fue idea de Marcelo Resio. Arriba funcionó durante un tiempo la primera sede del Colegio de Arquitectos”, señala.
Entre la década del 80 y mediados de los 90 estuvo en el piso superior la inmobiliaria Carboni-Loyza. “Era un lugar amplio, un ambiente grande que lo habíamos dividido para las oficinas”, señala Arturo Carboni. “Me acuerdo que Resio lo adquirió porque el lugar se había rematado, era de una concesionaria de autos que presentó la quiebra”, acota el martillero, aportando otro dato importante del inmueble.
El simbólico edificio se encuentra en muy buen estado y resguarda el patrimonio intangible de la comunidad. Se vincula a la memoria colectiva de las familias fundadoras y a la identidad de un pueblo que creció al ritmo del ferrocarril, consolidándose hoy como un testimonio vivo de la pujanza de la época. Una joya arquitectónica que ojalá sea resguardada como tal.






