Antes de las cámaras, de los micrófonos y de los millones de reproducciones, hubo unas luces. Eran las de un viejo boliche de Ingeniero Maschwitz llamado Tía Pola, donde Gaspar Kahan (29) pasó los primeros años de su vida y descubrió, casi como un juego, la fascinación por aquello que ocurre del otro lado de un escenario. Le gustaba acercarse, mirar y jugar con los colores que atravesaban la oscuridad de la pista. Todavía no podía saberlo, pero muchos años después volvería a pasar buena parte de su vida detrás de otras clases de luces: las de una cámara, las de un teléfono y las de una pantalla. Y esta vez, el escenario sería muchísimo más grande: la calle.
Con un video subido casi sin pensarlo, en 2024 el rumbo de Gapo Kahan en el universo de las entrevistas callejeras cambió para siempre. Agotado de pulir el minuto a minuto del material que grababa a diario para Maldita Suerte, un día decidió hacer lo contrario: subir tal cual la grabación de un hombre desconocido en la calle que tenía una sonrisa genuina. El video explotó y se hizo viral en las redes. Y con él nació, casi sin que lo buscara, el formato que en la actualidad lo convirtió en uno de los fenómenos más virales del país: Random Calle.
Sin embargo, detrás de ese hallazgo casual hay un recorrido largo. Oriundo de Ingeniero Maschwitz, Gapo empezó imitando los móviles televisivos de CQC de chico y, por recomendación de su madre, descubrió que en un centro cultural cercano a su casa estaban dando un taller de radio.
De ahí en más, la suya fue la escuela de varios: la televisión como espectador y las cooperativas radiales como activista, dos polos de una misma vocación que, dos décadas después, terminó convirtiéndolo en uno de los entrevistadores callejeros más vistos de Argentina.
Un boliche llamado Tía Pola
Antes de ser Gapo, antes de los millones de reproducciones y de los personajes que hoy son parte de su familia, hubo un boliche. Se llamaba Tía Pola, y en su época fue de los más convocantes de zona norte. La gente de Capital recorría kilómetros para perderse ahí una noche entera. Cuando el negocio ya no funcionaba, sus padres lo compraron con la ilusión de reflotarlo y le pusieron un nuevo nombre, Isidoro.
Detrás quedaba el quincho, donde los que salían de la fiesta comían un pancho o un chorizo antes de volver a la pista. Y todavía más atrás, pegada a esa pista, construyeron una casa. Ahí, en la calle Moreno al fondo, nació Gaspar Kahan. “Me encantaba ir a jugar con las luces”, recuerda.
Gapo vivió en ese lugar hasta los seis años, cuando sus padres, Martín Kahan y Gabriela Quiroga, se separaron y él se mudó con ella a la vuelta, a una casa en frente de las vías. Fue a la escuela Waldorf Clara de Asís, sobre la calle Independencia, y desde una de sus ventanas podía ver a la vaca Olinda.
“Tengo los mejores recuerdos de esa infancia. Fue hermosa”, le dice a DIA 32. Y agrega: “Pero sí, nací en un boliche”.

Entre Maschwitz y el Obelisco
La infancia de Gapo estuvo repartida entre dos mundos que apenas se tocaban. En la semana era la escuela, la arcilla, el telar y las calles de tierra de un pueblo todavía chico. Los fines de semana viajaba a lo de su padre, en Talcahuano y Corrientes, a dos cuadras del Obelisco. Y en el “Times Square de Argentina”, como lo denomina Gapo, disfrutaba del cine, del teatro, de los jueguitos electrónicos y de las golosinas que le convidaba su abuela. “Entonces, desde mis cuatro años tengo las dos combinaciones”, resume.
Esa doble vida explica la tensión que atravesó buena parte de su adolescencia: la de un chico fanático de la televisión, que no podía admitirlo del todo en su casa porque su padre viene del mundo del teatro y miraba con desconfianza los programas de espectáculos.
Aun así, Gapo se convirtió en un espectador voraz y furtivo. “Veía mucha televisión, pero a escondidas”, cuenta. Ahí estaban Peter Capusotto y sus videos, la grilla completa que giraba en torno al universo de Tinelli y, sobre todo,CQC, al que llegó tarde y por YouTube.
“Me fascinó el formato”, apunta sobre el recordado ciclo de Mario Pergolini. Y en ese gusto por el móvil callejero y por la cámara que sale a buscar a la gente en la calle estaba, sin que él lo supiera todavía, el germen de lo que más tarde sería Random Calle.

Las fiestas de casa en casa
Cuando habla de Maschwitz, Gapo distingue con nitidez dos épocas. La primera es la de su adolescencia y la de las fiestas que se armaban todos los fines de semana en casas de conocidos. “Nos movíamos en bicicleta, e íbamos tomando cerveza, pasándonos la botella. Aclaro que no pasaba ningún auto. Y aunque a veces ni nos invitaban, llegábamos a las fiestas porque nos enterábamos. Era: ‘hola, ¿todo bien?’. Y obviamente estaba todo bien y entrábamos”, recuerda.
Después está el Maschwitz de la actualidad, al que ya casi no reconoce. “Ya no es un pueblo, quedan sectores de tranquilidad, pero creció muchísimo”, dice, y atribuye buena parte de esa transformación a los barrios privados que rodean la localidad.
Supone que las fiestas en las casas desaparecieron después de la pandemia y no deja de sorprenderse por el surgimiento de un corredor gastronómico que atrae gente de todos lados. “Cuando yo digo que soy de Maschwitz, todos los que no son de acá me nombran la calle Mendoza, como que trascendió”, señala.
Aunque hoy en día Gapo ya no vive en la localidad, viaja todos los fines de semana para visitar a su familia. Además, admite que su vínculo con la ciudad de Belén de Escobar siempre fue distante. “Nunca fui tanto. Si bien soy de Maschwitz, pocas veces he ido a Escobar”, comenta.

El Bondi, la radio y una entrevista perdida a Capusotto
Si hay un lugar al que Gapo vuelve una y otra vez cuando cuenta su historia, es al Colectivo Cultural, conocido como El Bondi, frente a la estación de Maschwitz. Ahí, a los 14 años, hizo el taller de radio, que terminó siendo su verdadera escuela de comunicación. Antes de eso, con su amigo de la infancia Nacho Galván Vera, ya grababan programas caseros con un MP4 desde los siete años, imitando locutores y poniendo canciones. Cuando su madre se enteró del taller de radio, no dudó en anotarlo.
De ese taller nació A donde nos lleve la chimichanga, el programa que condujo junto a un grupo de compañeros de la escuela durante casi una década, de los 14 a los 23 años, en Radio Activa, dirigida por Marcos Federman, quien nunca les cobró el espacio. A cambio, ayudaban en tareas comunitarias. “Aguante el Colectivo Cultural, siempre me enseñaron mucho”, agradece.
Fueron años de aprendizaje libre, de armar personajes con amigos, y de salir a buscar canjes a los negocios del pueblo como la heladería Conti y la panadería Villanueva. Además, guarda un recuerdo especial de su profesora de locución, Yasmín Zagle, quien después se convirtió en una gran amiga y lo ayudaba a aprobar los exámenes de inglés en la escuela.
En aquella época hubo, incluso, un hito que hoy evoca con melancolía: una entrevista telefónica al comediante Diego Capusotto que hicieron con apenas nueve años, antes del taller, y que se perdió cuando se rompió la computadora donde se encontraba el archivo. También entrevistaron, ya en la radio, a la actriz Érica Rivas, madre de un compañero de escuela. “Imaginate lo que fue eso para nosotros”, dice, todavía asombrado.

De la pandemia a El Destape
Después del secundario, Gapo estudió locución en la escuela de comunicación Eter, una experiencia que recuerda como una sucesión constante de oportunidades para crear con equipos distintos. Egresó justo cuando llegó la pandemia. Ya encerrado en la casa de su madre en Maschwitz, con tiempo de sobra y un jardín como escenario, empezó a experimentar. Guionaba, filmaba y editaba videos cortos en su cuarto, coincidiendo casi con el nacimiento del formato reel en Instagram.
En simultáneo, algo cambiaba puertas adentro. Aunque en su hogar siempre había circulado las noticias (su madre, además de bailarina de tango, es profesora de historia), fue en la pandemia, entre mates y programas de radio informativos, cuando Gapo empezó a comprender la política argentina. “Estoy entendiendo lo que pasa en mi país”, se descubrió pensando. Y empezó a hacer videos cortos sobre la actualidad nacional, aunque siempre con humor. “Porque yo no soy periodista”, aclara.
En uno de esos videos, tomó una investigación hecha por El Destape y la contó a su manera. El medio lo vio, le ofreció trabajo, y una productora del canal que le tomó el casting le sugirió pedir bastante más dinero de lo que él mismo había pensado cobrar.
“Me acuerdo que yo le dije: ‘bueno, no sé, ocho mil pesos por mes’. Y Mica Papatino, que ahora hace Gatitos con oficios, me toma el casting y me dice: ‘podés pedir mucho más, pedí 30’. Y ahí empecé a trabajar haciendo videos desde la casa de mi vieja en pandemia”, rememora.
Así, con 23 años, comenzó a cobrar por primera vez por algo que había hecho gratis desde los 14. Además, aprovechó para mudarse. “Ahí trabajé dos años y me permitió irme a vivir solo, con ayuda de mi abuela María y de mi abuelo Pedro”, cuenta.
Sobre la experiencia de trabajar en El Destape, agrega divertido: “En la calle me saludaban todos con los dedos en V y diciendo ‘compañero’. Fue muy lindo, porque fue mi primer acercamiento a que la gente me reconozca y a laburar y a ganar guita con cosas que yo venía haciendo desde hace muchísimo tiempo”.

A los 23 años entró a El Destape y comenzó a cobrar por primera vez por algo que había hecho gratis desde los 14. Además, aprovechó para mudarse.
El nacimiento accidental de un formato
El siguiente paso fue Maldita Suerte, el ciclo de streaming que lo llevó a cubrir marchas y coyuntura política como conductor en vivo. “Un programón que me apadrinó y también me dio dos años de aprendizaje, donde hacía móviles. Yo iba con mi palito de selfie y me conectaba. Hacía todo solo: productor, camarógrafo y cronista”, dice Gapo, aunque destaca que “por suerte hacía humor”.
Ahí, sin planearlo, nació Random Calle. En El Destape le pedían media hora de material crudo por día, del que el programa solo usaba cinco minutos. Un día, agotado de editar minuciosamente cada video sin resultados, decidió lo contrario: subir sin procesar demasiado la grabación de un hombre desconocido que tenía una sonrisa genuina y contagiosa. El video explotó. Lo repitió con otro personaje, y volvió a explotar.
“Yo venía de editar mucho y de darle mucha bola a lo que subía. Y en este caso hice lo contrario. Dije: ‘lo voy a editar así nomás y lo subo a mi muro’. Lo subo y pum, viral. Súper viral. Algo que nunca había visto”, recuerda Gapo.
Ese hallazgo casual se convirtió en un método de trabajo. Hoy, junto a su equipo -Nacho Galván Vera en la edición y Mateo Stanley, entre otros compañeros de la secundaria- sale a la calle con una premisa clara: no forzar nada. “Si no aparece nada, no aparece nada”, resume.
La mayoría de las salidas son en Buenos Aires y en localidades de zona norte de la provincia. Aunque también grabó en Brasil y en España, experiencias que reconoce que “no fueron lo mismo porque el pulso de lo local es insustituible”.
Distinto es Somos Yuyo, el proyecto que sigue perteneciendo a El Destape -empresa a la que se mantiene ligado desde hace seis años-, con el que recorre pueblos, barrios y ciudades argentinas para documentar la vida cotidiana, los personajes locales y las coberturas especiales en eventos populares y partidos de fútbol. Random Calle, en cambio, es enteramente suyo.
Hoy, junto a su equipo, sale a la calle con una premisa clara: no forzar nada. “Si no aparece nada, no aparece nada”, resume.
El podio de Random
Cuando tiene que elegir los momentos más recordados de todos estos años de Random Calle, Gapo no duda demasiado. En el primer lugar pone a Gervasio, un trabajador que esperaba el colectivo sonriéndole a todo. El video se tituló “El poder de la simpleza” y se convirtió en un ícono del programa, solo por una sonrisa genuina de un desconocido. “Fue una hermosura ese video”, sintetiza.
Después menciona a Rosa Tomatis, una señora de camisa extravagante que esperaba el colectivo en el barrio porteño de Once, tan explosiva y tan querible que terminó convirtiéndose casi en familia. La volvió a entrevistar en varias oportunidades en su pueblo, Comodoro Py, que queda camino a Trenque Lauquen. “Es un pueblito de 200 habitantes que ya fuimos a visitar varias veces, porque Rosa también es un ícono del programa”, menciona.
En el tercer lugar del podio ubica al personaje de su video más viral: “Héctor y su barba”. “Es un video muy místico y espiritual. Hablamos del presente y del universo y aparece un hombre barbudo, que nos cuenta que se iba a cortar la barba. Y yo le digo: ‘pero pará, ¿te puedo tocar la barba?’ Y le toqué la barba. Y fue una boludez atómica, pero muy poderosa. Porque hablaba de las sincronicidades, del presente, y de las causalidades. Fue una locura ese video. Y muy gracioso, además. Después lo volvimos a encontrar. Hoy es amigo del programa”.
A esa lista se suma un capítulo aparte: la colaboración con Nathy Peluso, que lo contactó a él -no al revés- porque era fan de sus videos. Para no eclipsar el formato con la fama de la cantante, eligieron un barrio donde ella pasaba más desapercibida. Otra famosa que se declaró fanática de Gapo es la cantante y actriz Lali Espósito. Al respecto, existe un encuentro grabado entre ambos y publicado en el canal de YouTube de Random Calle que documenta la divertida interacción entre los dos y las reacciones de la compositora al conocer en persona al creador del contenido que consume en redes.
Otra famosa que se declaró fanática de Gapo es Lali Espósito. Al respecto, existe un encuentro entre ambos publicado en el canal de Random Calle.
¿Periodista, animador o youtuber?
Pese a haber trabajado media vida entre radios, streamings y medios digitales, Gapo se resiste a la etiqueta de periodista. “No soy periodista, soy más animador”, dice, y cita como inspiración de esa frase a Daniel Tognetti, el conductor de Radio de las Madres, quien lo acompañó durante la pandemia y que suele definirse a sí mismo como “animador radial”.
Lo que sí reivindica, una y otra vez, es un límite ético que se autoimpuso desde el principio: en Random Calle no hay burla. “Se busca un personaje y el interés. Eventualmente, la risa surge sin forzarla”, sostiene. Trabajar en la calle todos los días, dice, dejó de ser un desgaste cuando abandonó la coyuntura política de Maldita Suerte y empezó a salir simplemente con una sonrisa. “Cuando vas con buena onda, te devuelven buena onda, sea quien sea, pase lo que pase”, afirma.

“Cuando vas con buena onda, te devuelven buena onda, sea quien sea, pase lo que pase”, afirma.
Vivir de los chivos
La pregunta del millón -literal, si se miran sus números- tiene una respuesta simple. Con más de un millón de seguidores en Instagram, casi 830.000 en TikTok y 160.000 suscriptores en YouTube repartidos en 442 videos, Gapo vive, ante todo, de las marcas que pautan en sus contenidos. Cuantos más videos se viralizan, más lo consideran las empresas como un canal atractivo para sus campañas. “Los hermosos y queridos chivos”, los llama, sin ironía, agradecido de haber podido convertir en trabajo algo que hizo gratis durante más de diez años en una radio comunitaria.
El trayecto recorrido por Gapo Kahan desde aquellas luces que prendía en un boliche de Maschwitz hasta los estudios de streaming porteños, y desde aquellos programas caseros grabados con un MP4 hasta los millones de reproducciones en sus redes sociales, es, en el fondo, la historia de una vocación que estuvo ahí desde el principio, aunque todavía no tuviera nombre.
En la actualidad, Gapo sigue haciendo, de algún modo, lo mismo que hacía aquel chico: acercarse a una luz para encenderla y mirar qué sucede. Solo que ahora es él mismo quien sostiene una cámara que apunta la luz hacia otros, en una parada de colectivos, en una vereda o en cualquier rincón inesperado del país, buscando a alguien dispuesto a entrar, por un instante, en escena. Y mientras un encuentro inesperado enciende una nueva conversación, aquel viejo boliche parece quedar lejos. Aunque tal vez nunca haya dejado de estar ahí, en el origen de una historia que todavía sigue buscando su próximo capítulo.
