Atractivo, lujoso, diferente. Así era uno de los lugares gastronómicos que supo tener Escobar y que aún hoy la gente recuerda y añora. Durante treinta y dos años, Jet Set disfrutó de un éxito sin igual, resistiendo crisis y recibiendo miles de clientes, hasta que su ciclo llegó a su fin en 2009. Los hermanos Miguel, José y “Cachito” Orlando fueron los inventores de una confitería absolutamente revolucionaria en aquella época, por lo distinguida que era. Abrió el 13 de mayo de 1977 y funcionó sobre la avenida Tapia de Cruz 774. Tenía un padrino de lujo como Julio Bertolotti, que le dio suerte al emprendimiento.
Para reconstruir la historia de este mítico bar escobarense, DIA 32 reunió a dos testigos privilegiados: Daniel Hereñú (62), que trabajó de mozo durante 21 años, y Norberto “Bocha” Cassino (81), que era habitué y llegó a ser uno de sus dueños. Dos personajes pintorescos de la ciudad que retratan como nadie aquellas décadas donde todos querían ‘ser del Jet-Set’, como decía el hit ochentoso de Soda Stereo.
“No puedo explicar lo que era cuando abrió. Entrabas y a la izquierda había una cigarrería, con habanos y cigarros importados. Lo atendía una chica toda vestida de rojo. Y el salón era alfombrado, con unos sillones blancos hermosos. Fue un lujo para Escobar. Lo que hicieron esos chicos fue atípico, no había algo así en toda la zona”, afirma Cassino al rememorar las características de aquel distinguido negocio.
“Jet Set fue un lujo para Escobar. Lo que hicieron esos chicos fue atípico, no había algo así en toda la zona y no va a haber otro boliche así en Escobar”.
Hereñú aporta un dato que hoy resulta entre gracioso y absurdo, por cómo cambiaron las cosas. “Me contaron que ni bien abrió los cubiertos eran de plata. Después los tuvieron que sacar porque la gente se los llevaba. Mirá el lujo del que hablamos”.

Presencia y estilo
Jet Set se caracterizaba por su sobriedad y tranquilidad, por eso sus dueños siempre trataron de mantener el estilo, en épocas donde había otro respeto y educación. “Una vez, en una mesa se estaban riendo fuerte y Miguel (Orlando) se acercó y los hizo callar para que no molesten a los demás”, recuerda Cassino.
Hereñú suma otra anécdota similar, donde los sonidos molestos no eran bienvenidos: “Un día pusieron un pool. ¿Sabés cuánto duró? Dos fichas, porque molestaba el ruido que hacían las bolas. A ese punto llegaban”.
Décadas atrás, la elegancia al concurrir a un sitio así era primordial. Por eso se debían cumplir ciertas normas de vestimenta, que eran innegociables. Hereñú lo sufrió en carne propia cuando era adolescente: “Una vez fui con una novia a tomar algo. Me había comprado unas zapatillas All Star color bordó, y cuando vamos a entrar me dicen que no podía, que había que entrar de zapatos. ‘Pero estas zapatillas valen más caras que los zapatos y, además, vengo siempre’, le dije al de la puerta. Pero no pude entrar y me fui. Eso fue en el año ´79”, sostiene, entre risas, reviviendo una situación que lo marcó a sus 15 años.
“Miguel fue un adelantado a la época. Antes de Jet Set abrió El Colonial, un bar que estaba frente a la Municipalidad. Ahí comí mi primera hamburguesa, algo inédito. Era la década del ‘60, mirá del tiempo que te hablo”, señala Cassino, mostrando la admiración comercial que siente por quien es dueño de una de las perfumerías más clásicas de la ciudad.

Una gran anécdota de vida
Después de siete años al mando del bar, Orlando vendió su parte. Así, en 1984 Jet Set pasó a manos de Julio Arcura y Roberto Costa, que tomaron el desafío de prolongar el buen andar del negocio, manteniendo el estilo y sumando platos y tragos a la tentadora carta de la confitería.
Hereñú recuerda con precisión que entró a trabajar ahí el 28 de marzo de 1988. Después de haber sido cliente desde el primer día, pasó a ser mozo, transformándose, con el tiempo, en uno de los preferidos por los clientes.
“Julio me hizo la entrevista y entré a trabajar un martes. ¿Sabés quién fue mi primer cliente? El “Bocha” Cassino. Eran dos personas: les llevo el café, pagan y se van. Cuando voy a levantar el servicio, veo un billete de $5 en el piso. Lo levanto y le pregunto al dueño si conocía al que se había ido, porque había encontrado plata caída. ‘Sí, llevásela’, me dice. Voy a la vereda y se la doy. ‘Gracias’, me dice él. Después me contaron que lo hicieron para probarme”, relata, minuciosamente y orgulloso de su actitud.
Mientras Cassino lo mira asombrado, suelta: “La verdad que no me acordaba de eso. Se me hace un nudo en la garganta”, confiesa, visiblemente emocionado por la anécdota y casi sin poder emitir palabra. Recuerdos imborrables.

Personajes y un menú único
A Jet Set solía ir gente de distintas localidades, más allá de que los escobarenses siempre fueron los más presentes. “Los sábados y domingos a la tarde explotaba, venían a tomar té con masas finas, café con torta… Y desde las 19 a las 23 todo era picadas y tragos largos. Las cosas que se hacían en Jet Set no las hacía nadie, ni en Capital”, aseguran ambos.
Más de veinte tipos de tragos largos y cortos, batidos, cocktails, panqueques, sándwiches, especiales de pavita, jamón crudo, lomitos y hamburguesas eran algunas de las propuestas de su amplia carta. Además, la barra ofrecía decenas de botellas de bebidas importadas y nacionales. Había para todos los gustos.

“En su momento ayudó mucho cuando abrió Success. Además, estaba Kabuki. Se hacía la previa y había cola afuera para entrar. En pleno invierno se sentaban en las mesas de la vereda con tal de estar. ¡Un frío hacía! Y yo tenía que atenderlos”, comenta el mozo, entre risas.
Entre los años ‘80 y 2000 la cantidad de figuras del mundo del espectáculo y del deporte que pasaron por las mesas de Jet Set fue enorme y muy heterogénea. Desde Antonio Carrizo, “Pipo” Cipolatti, el “Facha” Martel, Cristina del Valle y Raúl Lavié, hasta “Pinino” Más, Sergio Goycochea, Ricardo Bochini y Claudio Marangoni.
Una vez fue Mario Pergolini y se retiró enojado porque no había una mesa libre cuando llegó. Cuenta la historia que tuvo una discusión con Arcura, quien no tuvo reparos en decirle que no podía darle lugar si no esperaba. El conductor terminó yéndose de mala manera.
Cassino se sumó como socio de Arcura y Costa entre 1987 y 2000, dando una mano en distintas tareas del comercio. “Fueron los mejores socios que tuve, dos fenómenos. Julio era como un hijo para mí”, sostiene el “Bocha”, café de por medio. Previo a esos años, Jet Set no estaba en su mejor momento por diferentes cuestiones, más la participación de gente que fue parte y que no sabía del rubro. Pero, de a poco, volvió a levantar y la gente de Escobar respondió de nuevo.

La moda de las cenas show
Las cenas show fueron un punto muy fuerte para esa mejora, dándole un toque más artístico al lugar. “El primer show lo hizo Rudy Chernicof, era un unipersonal que se llamaba El señor del baño. Se pagaba el derecho de espectáculo y después se consumía algo adentro”, cuenta Hereñú, dueño de una memoria prodigiosa. Él, además, fue encargado del bar desde el ‘99 hasta que se fue, en 2009, meses antes del cierre.
“En Jet Set no tenía horario: entraba a las 16 y me iba a las 7, 8 de la mañana. Era mi vida. He llegado a dormir ahí, en los sillones. Valía la pena el sacrificio, me gustaba”.
Leandro Show, “Banana” Pueyrredón, Ignacio Copani, el humorista Carlos Sánchez y otros artistas supieron colmar las mesas del emblemático comercio, en el corazón de Escobar.
“En Jet Set no tenía horario: entraba a las 16 y me iba a las 7, 8 de la mañana. Era mi vida. He llegado a dormir ahí, en los sillones. Mi familia casi me había perdido… Pero valía la pena el sacrificio, me gustaba eso”, asegura Hereñú, que aún conserva la carta original del bar (la llevó a la nota), además de guardar sigilosamente una decena de fotos con personajes que asistían a las fiestas aniversarios.
A principios de los 2000, a la sociedad de Arcura y Costa se sumaron Julián Montessano y Sergio Sguiglia, que ya manejaban otros boliches de Escobar e incorporaron Jet Set a su cartera, para que los jóvenes hicieran la previa. Cassino ya había dado un paso al costado para ponerse al frente de un café en Campana, frente a la plaza.

El fin de un gigante
Jet Set cerró sus puertas el 18 de octubre de 2009, por diferentes cuestiones. Por un lado, el lugar dejó de tener el éxito de otros tiempos, la gente no lo siguió eligiendo y el ambiente de la noche empezó a cambiar.
A su vez, el “Polaco” Alberto Babasz quería alquilar el local, negoció con el Club Independiente (dueño del inmueble), hizo una oferta mejor y lo ocupó. Abrió un negocio polirrubro: bar, panadería, kiosco, panchería y hasta verdulería en plena pandemia de Covid-19, algo que en los vecinos no había caído bien y lo hacían saber en redes sociales, comparando lo que fue y en lo que se había convertido el histórico local de la avenida Tapia de Cruz.
“No va a haber otro boliche así en Escobar. Salvo que Miguel quiera hacerlo. Él fue el inventor de una hermosura que aún hoy se sigue recordando”, señalan Cassino y Hereñú, orgullosos de haber sido testigos directos y protagonistas de un sitio ya mítico, que marcó un antes y un después en un Escobar dorado.




