Hubo un tiempo en que las noches de Manuel Gradin transcurrían entre boliches, música y amigos. Hoy, sus martes terminan de otra manera, frente al altar de la capilla de la Medalla Milagrosa de Belén de Escobar, con un rosario entre las manos y una cámara de celular transmitiendo en vivo para miles de personas.
A los 37 años, este misionero vicentino construyó su camino religioso después de dejar atrás una vida que parecía transitar por otro lado. Entre aquellos años de juventud y el hombre que hoy se apresta a ser sacerdote, hay mudanzas, encuentros, preguntas y una vocación que fue apareciendo de a poco, hasta convertirse en el centro de su vida.
Son las 20 en punto de un martes cualquiera y en la Medalla Milagrosa el murmullo de la gente se apaga lentamente. Alguien enciende una vela junto a una imagen de la virgen, otro acomoda un rosario sobre el atril y desde un teléfono apoyado en un trípode empieza a parpadear una luz roja para la transmisión en vivo. Del otro lado de la pantalla, miles de personas -muchas de ellas sin pisar jamás una iglesia en años- se conectan para rezar el rosario cantado junto a Manuel Gradin, que tiene más de 1.300.000 seguidores en TikTok y casi 500.000 en Instagram.
La escena, que podría parecer una simple transmisión religiosa más, es en realidad la puerta de entrada a una historia mucho más profunda: la de un hombre que encontró su vocación casi de casualidad y hoy encabeza uno de los fenómenos más singulares de la fe católica en las redes sociales argentinas.
Una vocación que no llegó de golpe
Cuando se le pregunta cómo y cuándo surgió su llamado al sacerdocio, Manuel desarma enseguida cualquier relato grandilocuente. “No hubo un momento en el que Dios bajó del cielo y me dijo: ‘Tenés que entrar al seminario’”, afirma. Su vocación fue, más bien, un proceso gradual, tejido con experiencias y personas que fueron marcando su camino.
Viene de una familia católica practicante -su madre, sobre todo, fue quien le transmitió desde chico el amor a Jesús y a María-, aunque durante años la idea del sacerdocio ni siquiera pasó por su cabeza.
Todo empezó a moverse cuando conoció al padre Fabián Barrera, sacerdote de la Congregación de la Misión, a quien hoy sigue considerando un modelo de entrega y de misión. “Qué feliz que se lo ve viviendo así. Yo también quiero encontrar esa felicidad”, recuerda haber pensado al verlo.
El quiebre definitivo llegó en una peregrinación a Salta, donde vivió una confesión que describe como bisagra: lloró, pero de alegría y consuelo, al sentir que Dios lo miraba y lo había acompañado siempre. Hasta entonces, cuenta, cargaba con una imagen de Dios más ligada al castigo que a la misericordia. “Al día siguiente, siempre digo que para mí la vida tenía otro color”, relata. La Eucaristía, que antes vivía por costumbre, empezó a tener un sentido nuevo.
De regreso de esa peregrinación, el padre Fabián lo invitó a formar un grupo de jóvenes en Escobar, y ahí -sin saberlo todavía- comenzó a tejerse el vínculo que hoy lo define. Fue en un retiro de discernimiento, y sobre todo en una pregunta que le lanzó su tío, medio en broma: “Vos no estarás pensando en hacerte cura, ¿no?”, donde algo hizo clic.
“Por primera vez pensé: ‘¿Y por qué no? Si es algo que me hace feliz’”, confiesa. A partir de ahí empezó a rezar con una sola intención: “Señor, ayúdame a hacer tu voluntad”. Cuanto más se imaginaba como sacerdote, sirviendo y cerca de los más pobres, más paz sentía. El resto, dice, fue una certeza que se fue consolidando hasta convertirse en un sí definitivo.
Siete hermanos y una vida nómade
Manuel Gradin es oriundo de zona norte, aunque su infancia estuvo marcada por la itinerancia. San Isidro, Boulogne, Martínez, San Fernando, Villa Adelina, Carapachay y Don Torcuato fueron algunas de las más de 15 direcciones por las que pasó junto a su familia, siempre alquilando. Es el menor de siete hermanos -cuatro varones y tres mujeres-. Su papá falleció hace cinco años y su mamá vive en Carapachay.
La noticia de que su hijo entraría al seminario tomó a todos por sorpresa, aunque ya intuían un cambio porque venía dejando atrás la vida nocturna y los boliches para sumergirse en retiros, misiones y grupos de jóvenes. Fue el padre Daniel Álvarez quien primero habló con sus padres. Su papá, cuenta, tardó en procesarlo, pero terminó apoyándolo al ver que era una decisión que lo hacía feliz. Su mamá, con más asombro todavía, lo acompañó con amor. Fue ella quien lo llevó en auto al seminario el primer día, aunque no sin el dolor propio de soltar a un hijo. “También ella tuvo que hacer su propio acto de entrega”, reflexiona Manuel.

El camino a la Medalla Milagrosa
Su llegada a la capilla del instituto San Vicente de Paul tiene, curiosamente, la marca de lo casual. Fue su hermana, que vivía en Ingeniero Maschwitz, quien lo invitó a una misa por los enfermos que celebraba el mencionado padre Fabián. “Vamos, conocemos la iglesia y aprovechamos para rezar por todos”, le dijo. Esa visita fue el primer contacto de Manuel con la Medalla Milagrosa.
Hoy, su presencia en la capilla responde a una decisión institucional: como misionero vicentino, es el superior provincial quien determina dónde es destinado cada sacerdote o seminarista, según las necesidades de la misión.
“Por el momento, a mí me toca estar en Escobar y estoy muy feliz de poder vivir y servir acá”, asegura, aunque reconoce que en la vida religiosa nunca hay certezas sobre el destino del año siguiente.
Antes de instalarse, su conocimiento de la ciudad se limitaba a la Fiesta Nacional de la Flor y a alguna visita a Temaikèn. La experiencia real, dice, superó ampliamente esa primera impresión. Encontró una ciudad cálida, con gente cercana, que, pese a su crecimiento, conserva “cierta esencia de pueblo, en el buen sentido”, haciendo referencia a esa sensación de comunidad y del saludo en la calle, que en las grandes urbes suele perderse.

Una agenda que va mucho más allá de TikTok
Contra lo que muchos podrían imaginar, la actividad de Manuel Gradin en la capilla excede largamente las canciones que lo hicieron viral. Como diácono, acompaña las misas, expone el Santísimo Sacramento, reza el rosario con la comunidad, celebra bautismos y, en ocasiones, casamientos. Además, impulsa la renovación material de la iglesia -bancos retapizados y nuevas imágenes de santos- como una forma de que los fieles “se sientan en casa” y profundicen su fe.
Su semana tiene un pulso propio. Los martes dicta el taller de educación religiosa “Voces del Misterio”, con cerca de 50 alumnos, y esa misma noche encabeza junto al padre Miguel Palau el rosario cantado que transmiten por redes.
Los miércoles los reserva para visitas a domicilio, bendiciones de casas y la comunión a enfermos que no pueden acercarse al templo, una tarea que disfruta especialmente. Según explica, “una bendición nunca es simplemente llegar, rezar e irse”, porque muchas veces termina escuchando historias y acompañando dolores o alegrías.
Los terceros sábados de cada mes visita un hogar de ancianos, y a través del grupo Misevi (Misioneros Seglares Vicentinos) organiza acciones solidarias. Para enero, además, prepara junto a su grupo misionero un viaje a Corrientes y Paraguay.

La feligresía y las redes como puente
Sobre la comunidad que lo recibió, Manuel Gradin no escatima elogios: la describe como cálida, cercana y generosa, siempre dispuesta a colaborar. Como ejemplo, menciona la organización de su ordenación diaconal, que no habría sido posible sin el esfuerzo colectivo de los fieles.
Además, confirma que su popularidad en redes trajo caras nuevas a la capilla, ya que muchas personas que lo descubrieron por un video o un vivo, hoy son asiduas al rosario de los martes a las 20. “Las redes pueden ser simplemente una herramienta de entretenimiento, pero también pueden convertirse en un puente para acercarse a Dios y a una comunidad”, señala.
En ese sentido, el diácono escobarenseno está solo en el intento de tender puentes entre la fe y los lenguajes contemporáneos. A miles de kilómetros, el sacerdote portugués Guilherme Peixoto (52) construyó un fenómeno similar, aunque con otra estética: mezclando música electrónica y liturgia en presentaciones que se volvieron virales durante la Jornada Mundial de la Juventud de 2023 y, más recientemente, junto al papa León XIV. En abril de 2026, el “cura DJ” llenó la Plaza de Mayo con un recital en homenaje al papa Francisco.
Casos como el de Peixoto o el del propio Gradin muestran una tendencia que crece dentro de la iglesia católica: sacerdotes y seminaristas que se animan a romper con el molde más rígido y tradicional para salir al encuentro de fieles -sobre todo jóvenes- con propuestas creativas, originales y actualizadas, sin resignar el fondo del mensaje religioso.
“Las redes pueden ser simplemente una herramienta de entretenimiento, pero también pueden convertirse en un puente para acercarse a Dios y a una comunidad”.
Las críticas: el costo de exponerse
Pero no todo son aplausos. Manuel Gradin admite que también recibió críticas, tanto dentro como fuera de la iglesia, por su forma de comunicar la fe a través de las redes. “Al principio me costaba bastante. Les daba mucha importancia, me generaban bronca”, admite.
Con el tiempo, y a través de un proceso personal y espiritual, aprendió a filtrar. Ahora distingue entre la crítica constructiva que ayuda a crecer y el “hate” que solo busca lastimar. Su conclusión resume una convicción que atraviesa toda la entrevista con DIA 32: “No puedo vivir permanentemente bajo la mirada de los demás; tengo que aprender a vivir bajo la mirada de Dios”.
Entre el dolor y la alegría
Consultado por sus momentos más difíciles en Escobar, Manuel no habla de escraches virtuales ni de polémicas mediáticas, sino de algo más humano: la angustia de no poder estar tan presente como quisiera cuando un familiar o ser querido atraviesa una enfermedad, por las propias responsabilidades del ministerio. Ahí, dice, aprendió a confiar en que Dios acompaña a quienes uno ama incluso cuando uno no puede estar físicamente cerca.
En el extremo opuesto, el mejor recuerdo tiene fecha y nombre propio: su ordenación diaconal, el 7 de marzo, vivida junto a su familia, sus amigos y la comunidad entera. Y ya asoma en el horizonte una fecha que promete superarla en emoción.

“No puedo vivir permanentemente bajo la mirada de los demás; tengo que aprender a vivir bajo la mirada de Dios”.
“El 7 de noviembre, si Dios quiere, será mi ordenación sacerdotal, justamente acá, en la Medalla Milagrosa. Así que están todos invitados. Y me imagino que ese también va a ser uno de esos días que voy a recordar toda la vida”, admite.
Entre tantas historias, elige quedarse con una en particular, la de una abuela de uno de los barrios que visita, con quien construyó un vínculo simple, hecho de mates y charlas. “Me marcó mucho su sencillez, su humildad y su forma de vivir la fe, incluso en medio de cierta soledad”, dice. Y agrega que en esos encuentros sencillos siente que “es Jesús mismo quien me habla”.
Un futuro que no le pertenece del todo
Sobre su porvenir en Escobar, Manuel es honesto al admitir que no depende solo de él. Como en toda la vida religiosa, es el superior provincial quien define los destinos según las necesidades de la congregación. Por ahora, prefiere no proyectarse más allá de su ordenación sacerdotal: “Hoy trato de vivir el día a día, feliz de estar donde estoy”.
A quien todavía no lo conoce, o nunca entró a la Medalla Milagrosa, le deja una invitación sin condiciones: “Que se anime a venir, así como esté, sin pensar que tiene que saber algo o cumplir con determinados requisitos”. Porque, insiste, lo importante no es él, sino la posibilidad de que cada persona se encuentre con Dios.

Sobre su porvenir en Escobar, Manuel es honesto al admitir que no depende solo de él. “Hoy trato de vivir el día a día, feliz de estar donde estoy”.
La luz roja finalmente se apaga. El rosario termina, las voces se retiran y la capilla recupera su silencio. Afuera, la noche sigue su curso. Adentro queda un seminarista vicentino preparando el próximo paso de un recorrido que lo llevó desde los boliches de zona norte hasta la Medalla Milagrosa de Escobar. Porque la historia de Manuel todavía tiene nuevos capítulos por delante.
Y aunque todavía no sepa dónde continuará después su camino, quizás la respuesta aparezca cuando menos la espere. Porque si algo parece haber marcado su recorrido es que las decisiones más importantes no siempre llegan acompañadas de una certeza inmediata. A veces comienzan con una pregunta, con un encuentro inesperado o con una voz interior que insiste hasta encontrar el momento en que finalmente es escuchada.
