Pionera del mosaico veneciano, vestuarista del rock argentino en los 80 y maquilladora de famosos en los 90. Su repaso de una trayectoria que va entre el arte multifacético y su refugio actual en Maschwitz.

Hay artistas cuya obra esquiva las etiquetas y se definen por la indagación constante. Nushi Muntaabski (63) pertenece a esa estirpe. Aunque sus piezas suelen asociarse al mosaico veneciano -un hallazgo casi fortuito que se dio mientras vivía en Brasil y que la acompañó por siempre-, trabaja con lana, teje alfombras, modela esculturas e interviene espacios públicos con obras monumentales.

Su creatividad transita con soltura entre la escultura, el video, la pintura, el muralismo, la fotografía y piezas por encargo para coleccionistas privados. Además, tiene una marca propia de ropa con ponchos y túnicas inspirados en diferentes verduras.

Con cuatro décadas de trayectoria, se define como una “eterna experimental”, una exploradora algo chúcara que preserva intacta la extrañeza del primer día. “Tengo algo de lobo solitario, fui así desde chica”, le cuenta a DIA 32 en su taller del barrio Green Hills, en Ingeniero Maschwitz. Un espacio calefaccionado a salamandra donde las obras en proceso descansan sobre atriles, dominado por una mesa central llena de materiales de trabajo, el rinconcito de los tés y las masitas, con montones de libros y revistas de arte sobre una estantería.

Su taller está rodeado de un jardín arbolado. En él, además de una huerta y un invernadero, se encuentran varias de sus creaciones a la intemperie. Entre ellas, Los viajes de Nushi, una pieza autobiográfica de dimensiones gigantescas que representa su cuerpo desnudo en rodajas, revestido en cerámica e impregnado de memorias afectivas (vajilla materna, cerámicas de su hija, mayólicas de viajes y objetos con historia). Esta obra se inauguró en 2014 en la Colección Fortabat y luego se exhibió en Salta, Mar del Plata, Neuquén y Rosario.

Su infancia transcurrió en Haedo: “En una casa hermosa, muy parecida a la primera que compré en Maschwitz, hace quince años”. Dice que fue una niña algo retraída, que evitaba dormir en casas ajenas. La que no pertenecía a ningún grupo escolar y prefería permanecer en el refugio de su hogar.

Nushi nació en el seno de una familia de intelectuales. Su padre y su madre —ambos psiquiatras— convirtieron los fines de semana en un itinerario de descubrimientos: visitas a museos, ferias de artesanos, funciones de ópera que convivían de forma natural con los recitales de Luis Alberto Spinetta o Pappo, intercalados con la escucha de Vivaldi o de los Rolling Stones. En aquel hogar, los límites culturales no existían. “Había mucho libro, mucha danza, mucha música, teatro… Y todo muy variado. Eso también me hizo ser la persona que soy”, reconoce.

“Todo había que investigarlo y siempre me enseñaron que la única pregunta tonta es la que no se hace. Frente a cualquier duda o dolencia, un dolor de tobillo, por ejemplo, mi papá iba a la biblioteca, buscaba un libro de medicina o de anatomía y veíamos cómo está conformado el hueso, el tendón, etcétera, hasta que entendíamos todo”. Esa metodología rigurosa de indagación es la misma que aplica hoy antes de iniciar cada obra, estudiando minuciosamente especies animales o vegetales.

Su madre también le incentivó la curiosidad haciendo un montón de cosas: “Tapizaba los muebles, hacía carpintería, pintaba, cosía, bordaba, cocinaba, pero había como un valor puesto en eso. No era simplemente por la idea de que la mujer es multifunción y hace de todo porque sí”.

Sin embargo, debajo de ese estímulo permanente latía una atmósfera familiar densa y compleja. Su mamá atravesaba momentos de profunda infelicidad, y Nushi, en medio de fiestas donde las mujeres se ataviaban con vestidos largos y pelucas, asumió un rol protector. Mientras sus hermanos se retiraban a sus cuartos, ella permanecía en los salones, fascinada por las conversaciones de médicos, psiquiatras, escritores, pintores y músicos.

Percibiendo que el entorno familiar se volvía peligroso, tuvo un deseo impetuoso por crecer que derivó en una rebeldía desenfrenada. A los quince años, tras la separación de sus padres, dejó su casa y se instaló en una vivienda abandonada. Sin agua ni gas, pintaba paredes y sábanas, experimentando la libertad sin espacio para el miedo.

Los ochenta marcaron su camino

El camino hacia la autonomía económica fue temprano e innegociable. “A los catorce años invertí mis ahorros, del dinero semanal que me daban mis padres, en la compra de cien pares de medias en el barrio de Once. Las intervine con la técnica del batik y salí a venderlas por los bares porteños. El primer día liquidé la mitad del stock”.

Transcurría la década del ‘80 cuando ingresó a la Escuela de Bellas Artes. Fue en sus pasillos que el rock nacional irrumpió definitivamente en su vida. Un día recibió un volante promocionando un recital de Virus y con una amiga decidieron ir. Al terminar la función, uno de los hermanos Moura las invitó a comer junto al resto de la banda. Aquel encuentro fortuito no solo la llevó a conocer al padre de su hija Bianca, Marcelo Moura, sino que marcó el punto de partida de una prolífica carrera como productora y creadora visual de la escena musical argentina.

Inmersa en el centro de la movida under, desplegó su talento en la creación de vestuarios y escenografías memorables. Intervino prendas icónicas, como los pantalones que pintó para Federico Moura. Y colaboró estrechamente con agrupaciones y artistas de la talla de Soda Stereo, Suéter y Los Redonditos de Ricota.

En ese efervescente trayecto compartió proyectos con Gustavo Cerati -a quien recuerda como “un ser excepcional, genial y de una delicadeza enorme”- y entabló profundas amistades con figuras como Andrés Calamaro y Luis Alberto Spinetta, entre muchos otros.

El oficio del maquillaje y la solidez económica

En los ‘90 ya participaba en certámenes de prestigio como el Premio Fortabat o el Costantini. Para financiar su carrera, Nushi comenzó a trabajar como maquilladora profesional. Aquel oficio, lejos de ser un mero sustento, se convirtió en una extensión de su vocación plástica: un ejercicio de pinceladas minuciosas sobre rostros.

Maquilló a celebridades como Moria Casán para la revista Playboy, al expresidente Carlos Menem, al pastor Giménez y a infinidad de famosos. “Era tener un pincel en la mano y pintar pequeños cuadros en las caras. Me encantaba estar cerca de la persona, respirar el mismo aire”.    

“En un momento me pregunté: ¿Para esto me rebelé tanto? Estaba cómoda y para mí hay que estar incómoda en la vida. Es la mejor forma de vivirla”.

A lo largo de los años 2000, su carrera alcanzó una consolidación notable, dirigió la revista de arte Canecalón (2004-2005), tuvo una columna en la radio Rock & Pop junto a Elizabeth Vernaci, publicó su primer libro La novia de Duchamp (2012) y lideró Las Piedras Preciosas, un proyecto que integró su labor a la arquitectura. Además, expuso en importantes museos de Argentina y España, entre ellos el MALBA.

“Me iba muy bien en todo sentido: en la radio, había editado un libro, estaba haciendo obras espectaculares… Pero en un momento me hice esa pregunta estúpida: ‘¿Para esto me rebelé tanto? ¿Para la cartera Gucci, los anteojos de lujo, la gente y el champancito?’ Estaba cómoda y para mí hay que estar incómoda en la vida. Es la mejor forma de vivirla, siempre en la búsqueda”.

Convencida de que la incomodidad es el motor indispensable para crear, decidió replegarse. De un día para otro cambió de vida, aunque no de trabajo.

La naturaleza como refugio

“Hace cuarenta años que tengo vínculo con Maschwitz, porque una amiga muy querida, Manuela Schedlbauer, creadora del Molino Mayal, vive acá y yo venía siempre, a veces a cuidarle la casa por largos períodos. Soy testigo de cómo creció la zona”, afirma.

Desde esa perspectiva, observa con ojo crítico la transformación del entorno. Lamenta la llegada de vecinos que, empujados por la paranoia urbana, talan árboles añosos para erigir fortalezas sobreiluminadas con alarmas y cercos electrificados. Para ella, ese temor a la inseguridad remite a un miedo más primario e infantil: “Es lo que nos metieron en la cabeza de chicos, el terror al hombre de la bolsa o al cuco”.

En esa línea, critica la noción moderna de que proteger equivale a delimitar y encerrar, sosteniendo que la verdadera protección consiste en abrirse al mundo, reconociendo el peligro y asumiendo los riesgos indispensables de la experiencia viva.

Nushi no le teme a la noche ni a lo desconocido, pero confiesa un temor visceral a la maldad humana, a la mezquindad y a la locura. “También me da miedo no ser querida. Entonces, al revés de lo que se debería hacer, no dejo mucho que me quieran. Por las dudas que me dejen”.

Aprendió a manejar a los 48 años y se instaló definitivamente en Maschwitz, en 2011. Tras haber vencido dos veces al cáncer, inició un proceso de transformación personal. Durante la pandemia encontró una nueva forma de comunicación a través de plataformas digitales. Comenzó a grabar videos sobre cocina, plantas y saberes botánicos, estableciendo una sintonía genuina con una audiencia que busca reconectar con lo esencial.

“Me da miedo no ser querida. Entonces, al revés de lo que se debería hacer, no dejo mucho que me quieran. Por las dudas que me dejen”.

Paradójicamente dice: “Últimamente me preocupa la existencia de los celulares, me han quitado mucho la atención. Por eso me aferro a los libros como si fuese un naufragio, un trozo de madera, porque creo que es una cosa en extinción”.

En su pedacito de paraíso terrenal encuentra tiempo para la contemplación, para pensar en profundidad y para lograr ese estado creativo tan necesario. “Soy una mujer muy afortunada en esta vida y muy agradecida”, afirma, con su taza de té en la mano, una sonrisa y mirando por la ventana el bosque que la rodea.

Comentar la noticia

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *