Hay viajes que no empiezan en un aeropuerto ni terminan cuando se pisa otro suelo. Empiezan mucho antes, en una incomodidad persistente, en la sensación de que el lugar propio ya no alcanza. Y continúan después, en calles de tierra, en trabajos silenciosos, en acentos que se mezclan sin perderse del todo.
Entre Lima y Escobar, entre la memoria de lo que se deja y la construcción paciente de lo que vendrá, se extiende una trama de historias mínimas que, reunidas, cuentan algo más grande: la forma en que una comunidad aprende a habitar dos mundos al mismo tiempo.
Hoy, cerca de 3.000 peruanos viven en el partido de Escobar, donde formaron familias, abrieron negocios y fundaron una colectividad que trabaja para preservar su cultura sin perder de vista la tierra que los adoptó.
Una migración que empezó con la crisis
La migración peruana hacia Argentina no es un fenómeno reciente ni espontáneo. Tiene su origen en la década de 1980, cuando Perú atravesaba una de las peores crisis de su historia moderna: hiperinflación, violencia política y desempleo estructural. Por esos motivos, miles de familias eligieron cruzar fronteras en busca de un horizonte más estable. Y Argentina, que también sufría sus propias turbulencias económicas, se convirtió de todas formas en su destino.
Los números cuentan esa historia con precisión. El censo argentino de 1980 registró apenas 8.561 residentes peruanos. Para 2001, esa cifra había trepado a 88.260. En 2010 llegaron a 157.514, y en 2017, a 350.000.
El crecimiento en treinta años fue de casi 1.740%. A principios de 2026, y pese a una baja respecto al pico histórico, se estima que entre 200.000 y 207.000 peruanos residen en el país, lo que la convierte en la cuarta comunidad extranjera más grande, solo detrás de bolivianos, paraguayos y venezolanos.

En ese flujo masivo hacia el Gran Buenos Aires, Escobar fue ganando presencia. Barrios como Nuevo Amancay, Los Pinos y Coprovi se convirtieron en puntos de llegada para quienes buscaban terrenos accesibles, comunidades ya establecidas y una vida más tranquila que la que ofrecía la Ciudad de Buenos Aires.
En 2006, el gobierno de Néstor Kirchner lanzó el Plan Patria Grande, que permitió regularizar la situación de miles de inmigrantes provenientes del Mercosur. Hasta 2010, casi 47.500 peruanos se habían inscripto. Ese marco legal facilitó el asentamiento y fue un punto de inflexión para muchas familias que pudieron, por primera vez, pensarse como parte permanente de la sociedad argentina.
La dificultad de empezar de cero
Juan Wilco Echabaudes Apumayta (55) nació en Acobamba, en el departamento de Huancavelica. Llegó a Escobar hace 17 años y su primer trabajo fue de ayudante de albañil en un country de Tigre. “Era muy sacrificado, porque iba caminando hasta allá”, recuerda. Después de varios años, pudo ir en bicicleta. En la actualidad, trabaja en el área de mantenimiento en el Parque Industrial de Pilar, además de ser expresidente de la Colectividad Peruana de Escobar.
Su historia condensa lo que muchos vivieron: la decisión de migrar por motivos concretos. “Buscar mejores oportunidades de vida, trabajo para mí y estudio para mis hijos”, dice sobre los primeros años que vivió en un barrio sin servicios básicos y con barro en las calles, sumados a la lenta construcción de una nueva vida en un nuevo país. Y agradece a la localidad que lo acogió. “Desde el primer momento sentí que Escobar era el lugar correcto por la tranquilidad que había”, le cuenta a DIA 32.

La comparación entre la capital peruana y Escobar aparece en su relato como un eje central. “A diferencia de Perú, en Argentina aún hay oportunidades de salir adelante y es más tranquilo comparado con el caos que presenta Lima”, sostiene. No es idealización, es la lectura de alguien que conoce los dos lados y eligió quedarse.
Rómulo Aguirre Contreras (63) llegó mucho tiempo antes. Hace 30 años, desde Lima, con un pasaporte con apenas tres meses de vigencia y la intención de terminar la carrera de Ingeniería Electrónica. “Me vine a conocer y a ver cómo era el tema”, cuenta. Lo que iba a ser un paso transitorio se convirtió en una vida entera. Se recibió, se instaló, formó familia y trajo sobrinas que también se quedaron. “Hoy soy más argentino que peruano”, dice, sin que eso suene como una traición sino como una comprobación.

Victoria Barreto (53) llegó a Argentina en 1992, también empujada por la misma crisis que movilizó a tantos de sus compatriotas. Hace cinco años se instaló en el barrio Amancay de Maquinista Savio, y desde entonces no lo dudó más. “Siento que Escobar es mi lugar en el mundo cada vez que el barrio crece y se pone más lindo”, dice la mujer, que hoy trabaja como encargada de un edificio y es secretaria de la colectividad.
Su primer empleo fue como empleada doméstica. Recuerda esa etapa con una mezcla de esfuerzo y gratitud: “Todo era muy sacrificado por las distancias de los lugares de trabajo, pero agradecida por tenerlo”. Lo más difícil -coincide con sus otros compatriotas- eran los traslados y las calles sin asfalto que dificultaban salir de los barrios. Pero lo que más valora de haber elegido Escobar es algo que muchos migrantes persiguen sin encontrar: “Pude lograr el sueño de la vivienda propia”, cuenta. Y lo dice como quien llega al final de un camino con sentido.
Una colectividad que se organiza
La Colectividad Peruana de Escobar nació de la necesidad. Un grupo de vecinos, con Echabaudes a la cabeza, decidió crear una institución que sirviera de punto de encuentro, de orientación para los recién llegados y de espacio para mantener vivas las tradiciones. Fundada el 30 de junio de 2026, hoy cuenta con una comisión directiva activa -su presidente es Julio Costilla- y una agenda que combina lo cultural con lo práctico.
Edwards Carlos Llatas Fernández (43) es el vicepresidente de la entidad y llegó al barrio Nuevo Amancay de Maquinista Savio en 2021. Antes vivía en Tigre. Su historia es particular porque vino al país a hacer una capacitación en enfermería, le gustó cómo se vivía acá y no se fue más. “Mi idea no era venir a vivir a Argentina”, admite.

Después de la pandemia renunció al trabajo en enfermería y hoy combina la internación domiciliaria con otras changas. Es uno de los que más apuesta por el crecimiento de la colectividad. “Nuestra metodología es impulsar las costumbres y tradiciones de Perú, además de participar activamente con el resto de las colectividades”.
El vínculo con el Municipio aparece en su relato como un dato concreto: cuando llegó al barrio, no había luz ni accesibilidad. Agradece que desde la Intendencia gestionaron mejoras, abrieron calles y limpiaron el riachuelo cercano. “Desde ese momento, uno se va dando cuenta de que Escobar es un lugar tranquilo para vivir”, señala. La colectividad también cumple un rol de integración hacia afuera, ya que apoya a los compatriotas en trámites migratorios, organiza eventos culturales y participa en la agenda local de colectividades.
Trabajar en lo que se sabe y aprender lo que hace falta
Los peruanos que viven en el partido de Escobar se insertan en el mercado laboral de formas muy diversas. A nivel nacional, la comunidad peruana se destaca en la agricultura, el comercio y el trabajo doméstico, entre otros rubros. En el partido, los perfiles son variados: hay técnicos, enfermeros, trabajadores de la construcción, empleados logísticos y cuentapropistas.
Rómulo Aguirre es un ejemplo de trayectoria construida desde la especialización. Llegó como técnico electrónico y nunca abandonó ese oficio. Carlos Llatas pasó de la enfermería a los cuidados domiciliarios. Juan Echabaudes empezó en la construcción y hoy trabaja en mantenimiento industrial. Y Victoria Barreto, que comenzó como empleada doméstica, hoy es encargada de un edificio y secretaria de la colectividad. Los cuatro comparten algo: no vinieron con todo resuelto, sino con ganas de resolver en una nueva tierra llena de oportunidades.

Adaptarse, pero sin desaparecer
La adaptación es el tema que aparece en todos los relatos, pero siempre con matices. Nadie la describe como fácil, pero tampoco nadie la describe como imposible. La lengua compartida ayuda. El carácter abierto de los escobarenses, también.
Aguirre lo sintetiza con honestidad: “Pasé cosas muy sufridas también en Argentina, porque en esos tiempos la mayoría de los extranjeros éramos perseguidos por Migraciones y no teníamos los documentos en regla”, revela.
La regularización, primero por amnistía y luego gracias a marcos legales más favorables, marcó un antes y un después. A partir de ahí, el país fue siendo suyo paulatinamente. “De a poco me fui acostumbrando y me fue llevando el lugar”, asegura.
Las diferencias entre vivir allá y acá aparecen con claridad en las conversaciones. La escala del caos urbano en Lima versus la tranquilidad de Maquinista Savio, la posibilidad más concreta en Argentina de acceder a tierra propia y el sistema educativo al que pueden ir sus hijos, entre otros.
Pero también la distancia de la familia que quedó, las tradiciones que hay que hacer un esfuerzo extra para mantener y la nostalgia que se activa con cada plato de comida peruana.
“Las costumbres de nuestro país siempre tienen cosas importantes que nos embargan muchísimo”, dice Aguirre. La colectividad existe, en parte, para que esas costumbres no se pierdan. Y por eso, las fiestas patronales, la música y las exquisitas recetas culinarias viajaron en la memoria de quienes se establecieron en suelo argentino.
Una segunda patria que se gana con el tiempo
“Acá formamos una familia, acá están nuestros hijos, y eso nos lleva a tomar a Argentina como una segunda patria”, dice Llatas. La frase podría sonar protocolar, pero en su caso viene cargada de experiencia concreta, porque el barrio no tenía luz, se abrieron varias calles y el riachuelo fue limpiado. La segunda patria no se declara, se construye.
Para Echabaudes, la institución que ayudó a fundar tiene un objetivo claro: “Crecer como una gran colectividad y trabajar de la mano del Municipio para intercambiar cultura y ser parte del desarrollo del partido de Escobar”. No es solo un deseo, es un proyecto firme.
Y mientras tanto, los peruanos siguen llegando a Escobar para continuar construyendo comunidad. Porque no son solamente un grupo de personas que comparten un origen en común, son una red de contención que orienta a los recién llegados, que pelea por los servicios básicos del barrio y que cocina deliciosos platos para que nadie olvide de dónde viene.
Porque, en definitiva, migrar no es solo cruzar una frontera: es aprender a nombrar de nuevo la vida sin olvidar cómo se la nombraba antes. En Escobar, esa lección se repite en cada plato servido, en cada calle que se abre, en cada familia que echa raíces donde antes no había nada. Y así, casi sin ruido, los peruanos que llegaron buscando un lugar terminan construyendo algo más profundo: un territorio compartido donde el pasado no se pierde, sino que se transforma en el cimiento de todo lo que todavía está por venir.
GASTRONOMÍA PERUANA
La comida como puente
Si hay algo que los peruanos llevan con más fuerza en el equipaje, es la gastronomía. Y en Escobar, esa herencia tiene dirección, horarios y menú.
La Sirenita, en la calle Chingolo al 3000 de Maquinista Savio, es uno de los paladares más valorados por quienes conocen la cocina chimbotana. Su propuesta se define con una palabra: autenticidad. Ceviche preparado en el momento, con ají colorado molido en la tradición del puerto de Chimbote; shambar, esa sopa contundente de la sierra de La Libertad. Los que la conocen dicen que su ceviche “es el número uno en todo Buenos Aires”. No es un restaurante de lujo ni pretende serlo: es un bodegón donde la prioridad es el sabor.

En Belén de Escobar, el Rinconcito Norteño Perú abre solo los fines de semana, en Juan Mermoz Sur 250, entre vides y mesas al aire libre. Sus platos son de cocina norteña: ceviche mixto, lomo saltado, jalea mixta y tamales de maíz pisado. Las porciones son tan generosas que los comensales habituales ya saben que hay que llegar con un tupper propio para no perder lo que sobra.
Hace poco más de un año se sumó a la oferta gastronómica local La Familia Chicken Grill, en Travi 767. Pese al nombre que evoca una pollería, el local es uno de los restaurantes peruanos más comentados de la zona. Lomo saltado en sus distintas variantes, arroz chaufa, causa limeña monumental y seco de cabrito. La fórmula es la misma que en los otros dos: cocinar bien, en cantidad y a precio razonable. La comunidad peruana de Escobar deja así su marca en la mesa.















