En su adolescencia, Hernán Pozzo (55) empezó a jugar al pádel como un hobby. Lo hacía en las vacaciones de verano familiares, sin imaginar que ese pasatiempo podría convertirse en su modo de vida. Al mismo tiempo que cursaba la carrera de Ciencias Económicas, solía programar partidos con amigos en canchas de Pilar, porque eran las más cercanas. En ese entonces, ya se destacaba como jugador.
“En la zona no había canchas. Era mucho más habitual que haya en la costa y en Mar del Plata, la capital del pádel. Acá no había nada y así nació la idea, con mi familia, de buscar la manera de hacer canchas en Maschwitz, donde vivimos”, le cuenta en el inicio de la charla a DIA 32. Así nació Pádel Uno, en enero de 1991.
Buscando un lugar que sea céntrico y espacioso, en la calle Falucho 1198 encontraron unos terrenos que estaban a la venta y resultaban ideales para el emprendimiento. Enseguida pusieron en marcha la construcción dos canchas para que los maschwitzenses disfrutaran de una actividad que era absolutamente novedosa.
Poco a poco, Pádel Uno se fue transformando en un sitio de culto para pelotear, reunirse con amigos y después quedarse a tomar y picar algo. Siempre bajo la atención personalizada de Hernán Pozzo, que aún sigue despuntando el vicio, además de dar clases y estar allí todos los días. Esa es su “oficina”.

“Tengo grupos que vienen desde hace más de 30 años, y a la escuelita vienen hijos de aquellos que empezaron a jugar en los ‘90, cuando abrimos”.
“Fuimos los primeros en abrir. A la semana el Club Arenal también hizo una cancha. Hubo una época de mucho furor y cuando pasó se fueron cerrando un montón de lugares. Nosotros nos quedamos. Instalamos una escuela de pádel, donde contábamos con más de cuarenta chicos, porque no había en ningún otro lado. Este año la abrimos de nuevo y anda muy bien”, explica el instructor, que en los primeros años contó con su hermano Martín como coequiper.
En aquellos años ‘90 el pádel era toda una novedad y tanto jóvenes como adultos se compraban su paleta con agujeros para jugar una o dos veces por semana. El negocio resultaba un furor, pero extrañamente empezó a caer. A todo esto, las canchas se habían multiplicado tanto en Maschwitz, como en Belén de Escobar, Garín y Matheu.
“Hubo diez, doce años difíciles. Se trabajaba recién después de las 6 de la tarde, cuando la gente dejaba de laburar. Igualmente, nunca pensé en cerrar porque en la época mala tenía unos siete turnos por día, así que seguía trabajando. Nunca me fue tan mal como para pensar en dedicarme a otra cosa”, señala, sincero.

Un resurgir impensado
El verdadero renacer del pádel se dio después de la pandemia de 2020, otro motivo extraño pero concreto: la gente empezó a ir a jugar para estar al aire libre y ejercitar el cuerpo después de tanta cuarentena y restricciones obligatorias.
Pádel Uno está a una cuadra de la plaza principal de la ciudad. Cuenta con dos canchas, lugares de sombra, mesas, parrillas, venta de bebidas y sanitarios. “Los complejos que tienen cinco o seis canchas se dedican más a los campeonatos, para darle más vida al lugar. Si no, es muy difícil tener todo completo con turnos fijos”, sostiene, haciendo una comparación con predios más grandes.
Algún domingo suele organizar torneos, pero no es el fuerte del lugar, que se dedica al alquiler de canchas y a dar clases personalizadas o grupales. “Todas las semanas tenemos la misma gente que juega, desde hace mucho. Tengo grupos que vienen desde hace más de 30 años, y a la escuelita vienen hijos de aquellos que empezaron a jugar en los ‘90, cuando abrimos”, afirma, con la satisfacción de seguir con varias generaciones de clientes.
“No sé si este boom durará. Ojalá que sí. Hay muchos barrios cerrados y countries, algo que no pasaba hace 30 años y que también es positivo”.
Así como en su mejor momento se empezaban a construir complejos ante el primer auge, en el último lustro también los lugares de pádel volvieron a “reproducirse”, con un crecimiento muy grande de oferta para jugar. Algo que, para él, no es lo ideal.
“Ya hay demasiadas canchas entre Garín y Escobar, más de sesenta. La ventaja es que ahora se juega más a nivel mundial que antes. No sé si este boom durará. Ojalá que sí. Hay muchos barrios cerrados y countries, algo que no pasaba hace 30 años y que también es positivo”, remarca.

“Ahí todo volvió a resurgir. Algo que marca la diferencia es la cantidad de gente que empezó a tomar clases: no se había visto nunca, sobre todo mujeres. Todos los días nos llaman para averiguar. Jamás hubiera imaginado este resurgimiento, es algo que no pensaba”, resalta el emprendedor maschwitzense, acerca del buen movimiento que se dio en los últimos cinco años.
Si hay alguien que sabe de resistir a las modas y continuar a pesar de los vaivenes en esta disciplina es Hernán Pozzo, que lleva al pádel en la sangre y es un verdadero seguidor de este deporte desde hace más de cuarenta años.
Con la autoridad que tiene, se anima a presagiar qué pasará en unos años: “Con el tiempo van a quedar los que presten el mejor servicio. Donde la gente se sienta bien atendida, donde pueda pasar tiempo charlando con amigos y comiendo algo. Todos los negocios dependen del servicio que le presten al cliente. Y en el pádel pasa lo mismo”, asegura, mientras se prepara para dar una nueva clase.



