A cinco años de haber sido condenado a perpetua por el homicidio de su esposa, María Marta García Belsunce, el ex-agente de Bolsa consiguió el beneficio del arresto domiciliario y se radicó en una casa del country CUBE.
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Por DAMIAN FERNANDEZ
dfernandez@dia32.com.ar

En cualquier barrio común y silvestre los vecinos no se eligen, pero en un country la ecuación cambia un poco. Al pagar una importante suma de dinero a cambio de “mayor seguridad” y “tranquilidad”, sus residentes además están decidiendo no sólo qué calidad de vida quieren sino también con qué clase de gente rodearse: profesionales, empresarios, personalidades y hasta, porqué no, algún que otro ladrón de “guante blanco”. Por eso, los habitantes del Centro Urbano Barrancas de Escobar (CUBE) seguramente no estén muy a gusto con la reciente llegada al vecindario de Carlos Alberto Carrascosa (70), quien tras cumplir en prisión cinco años de la condena a reclusión perpetua por el homicidio de su esposa, María Marta García Belsunce, fue beneficiado con el arresto domiciliario y ahora vive en la casa de un amigo, que no dudó en volver a abrirle sus puertas, a pesar de todo.

El miércoles 4 de febrero el Tribunal Oral en lo Criminal (TOC) Nº6 de San Isidro le concedió a Carrascosa la detención domiciliaria bajo fianza. Fue a pedido de la defensa, que basó sus argumentos en la avanzada edad del preso -cumplió 70 años en diciembre- y a los problemas de salud que estaría atravesando por su adicción al tabaco y el estrés que le producía el encierro carcelario.

Veinticuatro horas después del fallo, “El Gordo” -como lo llaman sus allegados- logró reunir un millón de pesos facilitados por familiares y amigos para pagar la caución y dejó la Unidad Penal Nº21 de Campana. Su abogado, Fernando Díaz Cantón, remarcó que “esto no es una libertad”, aunque aseguró que el septuagenario ya no volverá a prisión y confió en que la sentencia a perpetua sea revocada.

Así, el ex agente de Bolsa, que protagonizó uno de los casos policiales más resonantes de las últimas décadas, consiguió volver a la residencia de su entrañable compañero de secundaria Héctor Liñero, también viudo (su mujer sufrió una enfermedad terminal). Allí había estado ya en febrero de 2003, cuatro meses después del asesinato; y en 2007, cuando fue condenado por encubrimiento y excarcelado, hasta que en 2009 fue declarado autor del homicidio de la socióloga, ocurrido en su casa del country Carmel de Pilar el 27 de octubre de 2002.

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“Soy de los pocos mortales que nos podemos ir de este mundo sabiendo quiénes son sus amigos. Salgo enriquecido, no me cabe duda. No seré Mandela, como dice mi amigo, pero crecí. Espero en los años que me quedan poder seguir creciendo y tratar de ser mejor persona”, expresó Carrascosa en una carta que publicó en su blog poco después de dejar la prisión.

También contó su sensación de dejar atrás la vida de convicto: “Se me cruzan cosas insólitas: no voy a sentir más el ruido de las puertas de hierro, el cerrar y abrir candados, el estar esperando largos minutos para que abran la puerta para salir del pabellón, ¿a qué? A vagar por ahí, a escuchar historias de presos y a tomar las horas de mate que se estiran y no te agregan nada. A cocinar antes de que cierren las celdas y a esconder lo poco bueno que podés tener, para que no te roben”, expresó.

Hasta la pileta

Lejos de ser una mansión escandalosa, la casa de Liñero está exenta de lujos. Es una planta baja con tres ambientes: un living comedor con cocina integrada y dos habitaciones. Además, tiene un amplio jardín, parrilla y una piscina.

La vivienda con techo de chapa y paredes color terracota, por la que Liñero paga mensualmente $1.800 de expensas, está emplazada en el lote 307 y rodeada de un verdadero paraíso natural que incluye el límite con el río Luján, frondosas arboledas y espacios verdes que garantizan una paz absoluta.

A solo 200 metros, el lago manso solo se quiebra por las lanchas que arrastran chicos practicando ski. Pero Carrascosa no llega a verlo: la tobillera electrónica que le recuerda su condena y es monitoreada desde el Servicio Penitenciario Bonaerense (SPB) sólo le permite llegar hasta la pileta. A esta altura, qué más da… ya tuvo demasiados beneficios.

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