De la mano de su arte recorrió el país, ganando numerosos premios y prestigio. Hace 30 años vive en un barrio humilde de Maschwitz, donde recibió a DIA 32.

Por MARCOS B. FEDERMAN
mfederman@dia32.com.ar

Juan Carlos Fortunatti es uno de los más grandes maestros fileteadores que quedan en la Argentina. Ha ganado decenas de premios en el país y sus trazos de colores transitan los barrios porteños todos los días a bordo de la línea 60, cuyos colectivos son fileteados por él hace 40 años.

A diferencia de otros grandes artistas, Fortunatti nunca dejó el barrio humilde donde tiene su hogar. Recibió a DIA 32 en una mesita puesta sobre una vereda del barrio San Miguel de Ingeniero Maschwitz, donde vive hace 30 años.

Cuando era chico, Juan Carlos aprendió el arte del fileteado de su papá, quién a su vez lo había aprendido de su propio padre, que trabajó en la época dorada del cine nacional para la histórica empresa cinematográfica Argentina Sono Films. Allí, fileteaba los decorados interiores de películas como La Guerra Gaucha, Cuando las aguas bajan turbias y La cabalgata del circo, donde actuó Eva Perón.

“Mi viejo era un grande”, asegura Fortunatti mirando la calle de su cuadra como si fuera un horizonte sobre el cual se proyectara su vida. Tiene 60 años, pero cuando se suelta a contar anécdotas pareciera que lleva vividos el doble.

Recorrió Sudamérica a dedo en los setentas y, años más tarde, casi toda la Argentina con su familia y sus cuadros. El fileteado le dio la oportunidad de conocer muchas provincias y personas que recuerda con cariño.

La obra que más orgullo le dio fue una que tituló Pasiones Eternas. “Estuvo en una de las dos exposiciones que hice en el Palais de Glais. En una eligieron un cuadro mío entre 2.750. Y en 1998, cuando se hizo la Mega Exposición de Tango, ahí conocí al ‘Polaco’ Goyeneche, a Rufino, Galanto y a Silvio Soldán, que era el animador”.

Fortunatti también recibió premios y menciones especiales en la Casa de la Moneda de la Nación, en Tigre, Tandil, Claromecó, Santiago del Estero y San, entre otros lugares. “Muchas de las experiencias que viví fueron más del alma que de dinero, y valía la pena vivirlas a todas”.

Raíces extranjeras

El fileteado es un arte porteño generado por la primera oleada de inmigrantes que duplicó la población del país entre 1910 y 1930. Italianos, españoles, polacos y demás extranjeros desembarcaban en el puerto de Buenos Aires buscando trabajo y una vida digna.

Los recién llegados caminaban la ciudad admirando los edificios y sus decoraciones típicas. Los clásicos agregados estéticos inspiraron a muchos pintores que trasladaron a dibujos las formas que veían en las fachadas edilicias.

“Los primeros fileteados se hicieron sobre los carros de caballos que traían y llevaban cosas y gentes en la zona portuaria”, explica Fortunatti. “A un italiano se le ocurrió dibujar los arabescos y las bolitas que caracterizan al fileteado”.

Con el tiempo, esta nueva tendencia artística se extendió y muchos adquirieron el oficio de fileteador, pintando carteles, carruajes y comercios.

Este arte fue, desde un comienzo, un acompañamiento estético de otros elementos centrales en una obra, sea un edificio, un cartel o una pintura. “Recién con el paso del tiempo y la aparición de grandes maestros del fileteado es que pasa a tener un lugar más central y a ser considerado verdaderamente un arte en sí mismo. Casi todos los fileteadores aprendieron en la calle, mirando edificios y pintando, sin ningún tipo de estudio terciario”, explica Juan Carlos, también autodidacta.

Perfil de un bohemio

“Soy un bohemio, como todo fileteador”, se define un artista que también se reconoce rockero y cuestionador. Es que, a medida que transcurría su vida, Fortunatti tomó conciencia de la desigualdad social que fue aumentando con el paso del tiempo.

A los 21 años se fue de mochilero hasta Venezuela, con el pelo largo y la guitarra al hombro. “Conozco el Lago Titi-caca con su hermosa agua cristalina, la impresionante Machu Pichu, Lima, Quito, Cartagena en Colombia… toda la vida fui un bohemio. Yo llevaba en el alma andar conociendo el mundo y la gente. Vi lo que vio el Che Guevara, la miseria en Sudamérica. La sentí en las entrañas, me quemaba ver tanta explotación”.

La conciencia social es uno de los prismas a través de los cuales Juan Carlos entiende la realidad del país, del barrio y de sí mismo. Explica que “el arte del fileteado está perdiendo fuerza y esencia. Quedan pocos fileteadores, porque no se consigue trabajo fileteando. Entonces los pibes pierden motivación para aprenderlo”.

El padre de Fortunatti fue también fileteador de colectivos, en una época en el trabajo no estaba tan automatizado y daba más empleo. Hoy la mayoría de los colectivos ya no llevan fileteados sino pinturas rectas, que demoran menos y permiten que se pinten más colectivos en menos tiempo. “Al capitalismo no le interesa la decoración, le interesa que el colectivo ande y nada más. Para ellos todo es plata. Es el sistema. Y al chofer le pasa lo mismo: nada de ponerle tantos espejitos y música. Se va matando una época, o va culminando una época. En todo, no sólo en lo mío”.

Típico argentino

Con el paso del tiempo, el fileteado se convirtió en un arte típico porteño y argentino. Los miles de extranjeros que visitan nuestro país distinguen al tango, el mate, el asado y el fileteado como un elemento característico y pintoresco de la argentinidad.

“El fileteado y el tango nacieron de la mano de los mismos inmigrantes en las décadas del ‘20 y ‘30 del siglo pasado”, aclara Fortunatti. Las ferias de La Boca y Mataderos cuentan con fileteadores que exponen y venden sus obras. “A mí la feria de Mataderos me salvó de la crisis de 2001. No tenía un peso y me iba allá a vender mis cuadros, que se fueron para todo el mundo: Italia, Hungría, Francia y muchos lugares más”, cuenta Juan Carlos con la mente puesta en el pasado cercano.

El fileteado es un arte que está lejos de desaparecer. Mientras no muchos argentinos buscan comprar cuadros fileteados y cada vez menos carteles y colectivos son decorados con este tradicional arte porteño, los extranjeros buscan ávidamente llevarse un recuerdo de nuestras tierras, materializado en un fileteado que se va al mundo mientras aquí tendemos a preferir dibujos modernos o simplemente decorados mas económicos.

De todos modos, este arte no dejará de formar parte del paisaje típico porteño, porque “a una ciudad con un río marrón y edificios grises, es el fileteado lo que le da el aspecto de alegría al sentimiento de un pueblo… dijo un pichicho como Jorge Luis Borges”, cita Juan Carlos Fortunatti, mientras se despide mirando profundamente a los ojos.

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