Diego Frías descubrió el siku a los 12 años y desde entonces sintió una curiosidad insaciable por esos sonidos. Hoy, con un disco editado y un extenso recorrido en escenarios, es un referente local del género.

Cómo llega el folclore andino a un niño de Ingeniero Maschwitz, de madre paraguaya y padre santiagueño? Quizás la respuesta se encuentre en los próximos párrafos, pues ese fue el medio ambiente del que surgió Diego Frías (44), un talentoso músico, compositor y multinstrumentista del partido de Escobar.

Pese a los orígenes distintos de sus progenitores, no tuvo una influencia musical marcada de ellos. Es más, ni siquiera había alguien que tocara instrumentos en su familia. Pero la vida lo llevó a ser un músico completo, inmerso en el folclore, con un disco editado y presentado en el teatro Seminari.

Su primer contacto con la música se dio a los 9 años, cuando José, su padre, le regaló un teclado electrónico. “Lo usaba para jugar, investigándolo. Y así empecé a componer mis primeras melodías, como una cosa intuitiva”, le cuenta a DIA 32. El Maschwitz en el que creció dista mucho del actual: “En esa época todavía había calles de arena y medio que andábamos en patas. Cruzábamos la Villanueva sin mirar, no pasaban vehículos. Y los fines de semana no quedaba ni el loro acá, no había vida nocturna”, recuerda.

En ese contexto de pueblo, cuya esencia la localidad mantiene, fue que comenzó a animarse a tocar delante de otras personas. Los primeros espectadores fueron sus vecinos, chicos de su edad que también jugaban a crear canciones, todavía sin preocuparse por la teoría o la técnica.

“Empecé a tocar, también jugando con los vecinos, porque no teníamos idea ni de armonía ni de nada. Teníamos instrumentos nomás y componíamos juntos. Era una cosa hermosa de jugar a la música”. Y pese a su carácter lúdico, ese primer conjunto le sirvió para dar sus primeros pasos en la composición. “Recordando las letras de esa primera banda, había un tema que se llamaba Pobreza social: hablaba de la injusticia, de que a los jubilados no les alcanzaba… lo mismo que podría escribir hoy”, señala.

Junto a sus amigos, Diego Frías tocaba rock y metal, pero su visión de la música cambió cuando su hermano, Gonzalo, le presentó un instrumento que lo acompaña desde entonces. “Yo estaba tocando heavy metal y un día llegó mi hermano con un siku, porque había venido un profesor a dar un taller de música folclórica en la Sociedad de Fomento de Maschwitz. Cayó a casa con ese aparatito, empezó a hacerlo sonar y a mí me encantó”.

Un andino en Maschwitz

El siku que Diego Frías conoció a los 12 años es un instrumento de viento característico de las culturas andinas y muy popular en la música folclórica del noroeste argentino. Su sonido lo maravilló tanto que despertó en él una curiosidad insaciable por el folclore andino. Dada la escasez de discos de ese género en la zona, a su corta edad viajaba en colectivo hasta Saavedra para conseguirlos. “Así conocí a Jaime Torres, Los Chasquis, Illapu, Los Laikas. Buscaba toda esa música porque iba a encontrar un siku y porque iba a poder sacar melodías de oído para aprender”, recuerda el músico.

Frías compartía este interés con su hermano, pero no así con sus amigos del barrio, por lo que tuvo que salir a buscar escenarios para tocar lo que le gustaba, esta vez con siku y quena en mano. “Empecé a ir a las peñas, iba detrás de los escenarios y les decía: ‘Che, ¿puedo tocar con ustedes? Yo sé esa que están tocando’. Así terminé presentándome con un montón de gente, les caería curioso que un pibe de 13 años quiera tocar y que caiga con una quena, que es un instrumento medio raro de encontrar”, revive sobre sus primeras presentaciones en vivo.

Al pasar los años, siguió tocando, pero nunca pudo tomar a la música como su único trabajo. En paralelo, siempre se dedicó a la herrería, actividad que sostiene hasta el día de hoy. Esto no es ninguna novedad para los músicos autogestionados, que no viven su mejor momento: “Es un momento raro, porque no hay plata en la calle. Entonces a la gente que contrata le cuesta hacerlo, y lo está haciendo menos. Yo creo que hay intención, pero las condiciones en las que se labura me generan un estrés tremendo, como tener que vender entradas. Es lo que odio de la autogestión”, reflexiona el artista maschwitzense sobre esta situación.

En torno a esto, es muy crítico cuando señala el lugar que ocupan la música y el arte como factores de cambio sobre estas problemáticas: “Pienso que a la música y a las figuras se les pide lo que se le debería pedir a la política. Nosotros tenemos un rol de comunicadores que debemos tomar con responsabilidad, pero tal vez se le exige al artista, o al deportista, y por ahí hay otro lugar donde tiene que caer ese reclamo”, analiza.

“Las condiciones en las que se labura me generan un estrés tremendo, como tener que vender entradas. Es lo que odio de la autogestión”.

Hacer arte en casa

Pese a las dificultades económicas, y con la pandemia de por medio, en junio de 2022 Diego Frías pudo lanzar su primer álbum: Uno, disponible en Spotify y otras plataformas. El folclore andino, ese género que lo enamoró en su niñez, está más que presente en el disco, el cual se grabó en el estudio El Cubo, de Ingeniero Maschwitz. “Va por el lado andino, tiene el ritmo de tinku, que es un ritmo muy característico del norte, tiene huaynos, tiene un bailecito norteño, tiene cosas que son bien de raíz norteña”.

Ese mismo año lo coronó presentando el disco en el escenario del teatro Seminari. “Todos los artistas locales queremos estar en la cartelera y en un flyer del Seminari. Te carga de adrenalina y te da un estatus en el sentido de que nadie que no esté laburando seriamente se va a jugar a hacer semejante laburo. Hay que meter gente ahí. Entonces, te da una especie de chapa”, reconoce.

Hoy, Diego Frías sigue presentándose en distintos escenarios. Desde lugares de renombre a nivel nacional como Niceto hasta centros culturales locales como El Bondi, en Maschwitz. Lo más reciente es el ciclo “Música y barro”, que realiza en el centro cultural Materia Gris, ubicado sobre la calle Rivadavia al 200, en Belén de Escobar.

A más de tres décadas de aquel primer teclado y de aquel siku que despertó su curiosidad, este maschwitzense sigue construyendo su camino artístico llevando a distintos escenarios una música que encontró de niño y terminó convirtiéndose en parte de su identidad.

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