Vista aérea del hotel fantasma de el cazador
Una mole de hormigón se alza desde hace más de veinte años sobre la barranca. Detrás de esa estructura inmóvil se oculta una desconocida trama que hizo naufragar a un ambicioso proyecto hotelero.

Desde hace más de veinte años, una presencia silenciosa y enigmática se levanta a un costado de la calle Kennedy al 800, en el barrio parque El Cazador. Una imponente e inconclusa construcción de tres plantas, cuyas ventanas vacías se abren hacia una barranca que iba a ofrecer una de las vistas más privilegiadas de Escobar.

No hay huéspedes, no hay empleados, no hay luces encendidas. Solo una inmensa estructura de hormigón suspendida en el tiempo. Y lo que pocos saben es que detrás de esas habitaciones que jamás fueron ocupadas se esconden un sueño millonario, una estafa, una desgracia familiar y un proyecto hotelero trunco.

La historia de este edificio fantasma empieza a fines de los años noventa, cuando Escobar todavía no era el polo de countries y barrios cerrados en el que se convertiría una década después, y cuando la Hostería El Cazador era uno de los lugares más conocidos de la zona, capaz de servir hasta mil cubiertos por día.

El proyecto del hotel iba a ser la continuación natural de ese éxito. Sin embargo, una serie de hechos personales y económicos lo dejaron varado para siempre, convertido en uno de los grandes enigmas urbanos del partido. Para reconstruir esta historia, DIA 32 dialogó con el ingeniero Alejandro Fontana, responsable del proyecto original y testigo directo de cada una de sus etapas: desde el entusiasmo inicial hasta la frustración final.

Un capricho, no un negocio

Todo comenzó con Norberto Testa, el dueño de la Hostería El Cazador en aquel entonces, a quien Fontana describe como una persona mayor y “muy pero muy adinerada”, que tenía un sueño concreto: ampliar su hostería y construir, en el mismo predio, un hotel de categoría.

El contacto entre Testa y Fontana se dio a través de los hermanos Rochelle -Bubi, que trabajaba en la hostería, y Eduardo, encargado de la plomería junto a Claudio Fandiño-, quienes presentaron al ingeniero con el empresario. “Tuvimos empatía”, recuerda Fontana sobre ese primer encuentro, que marcaría el inicio de un proyecto ambicioso que terminaría definiendo varios años de su vida profesional.

El proyecto, tramitado originalmente en 1999, contemplaba un establecimiento de muy alto nivel para los parámetros de la Argentina de aquel momento. Todas eran suites de categoría superior “con vista a la barranca”.

Desde el principio quedó claro que no se trataba de una inversión pensada para generar rentabilidad inmediata. “Norberto tenía más un capricho que un deseo comercial porque quería hacer un hotel que tuviera la fisonomía de la hostería y no podíamos salir de eso”, explica el ingeniero.

Los estudios comerciales que el propio equipo de Fontana le había presentado a Testa eran categóricos: con la cantidad de habitaciones proyectadas, el hotel nunca iba a ser rentable. Pero esa no era la cuestión. “Era algo que él quería hacer”, resume Fontana. Incluso sus amigos le sugerían que tomara ese dinero y se dedicara a viajar, en lugar de invertirlo en una obra de semejante envergadura. Norberto, sin embargo, tenía otros planes.

Vista aérea del hotel abandonado de El Cazador
Abandonado. El proyecto hotelero contemplaba cerca de treinta suites de categoría superior.

Un hotel “tope de gama” para apenas 30 habitaciones

El proyecto, tramitado originalmente en 1999, contemplaba un establecimiento de muy alto nivel para los parámetros de la Argentina de aquel momento. Según Fontana, no llegaba a las 30 habitaciones, pero todas eran suites de categoría superior “con vista a la barranca”, el accidente geográfico que hasta entonces conservaba intacto un bañado que el profesional describe con nostalgia. “Era una belleza. A mi criterio toda esa vista se arruinó. Era majestuoso ver todo el humedal desde la barranca, con todos los animales y todo ese contexto”, señala.

El diseño incluía dos suites especialmente amplias en cada esquina del edificio -cuatro en total-, de entre 70 y 80 metros cuadrados, todas equipadas con hidromasaje. Las ubicadas en los laterales estaban prácticamente suspendidas sobre la barranca, ya que el hotel se proyectó justo en la punta de ese desnivel natural, lo que le daba un entorno que Fontana define directamente como “bellísimo”.

El plan contemplaba además un gimnasio, un sauna, un spa y un salón de usos múltiples. En la planta superior se preveía una pileta interior-exterior con techo corredizo, y por debajo de la barranca se estaba pensando construir otra pileta de 25 metros de largo. La idea original era que el restaurante de la propia hostería siguiera funcionando como desayunador y restaurante del hotel, conectado por un puente que iba a unir el camino que separa ambas construcciones. “Todo tope de gama en ese momento, y no interesaba la parte comercial”, insiste Fontana, en una frase que resume el espíritu de todo el proyecto.

En cuanto a la capacidad de alojamiento, las habitaciones estaban pensadas para dos personas, aunque algunas tenían la posibilidad de conectarse entre sí, lo que permitía ampliar el espacio para familias que quisieran alojarse juntas.

Hostería El Cazador
Filosofía. El diseño y el estilo del hotel estaba inspirado en la hostería de El Cazador.

La hostería como ejemplo obligado

Si hay un punto en el que Fontana insiste especialmente, es en que el hotel debía parecerse, sí o sí, a la hostería ya existente. No había margen de negociación sobre ese punto. “Había una premisa: tenía que ser la misma imagen que la hostería vieja, la que estaba funcionando como restaurante. No había forma de negociar otra imagen”, afirma.

Esa exigencia estética convivía con otra particularidad del propietario: su gusto por las cosas antiguas. Frente al predio del hotel hay una casa que, según el plan original, debía remodelarse para convertirse en la recepción del establecimiento.

Fontana hubiera preferido demolerla, pero esa opción estaba descartada de plano. “Él quería traer cosas viejas de un campo que tenía en Monte Grande”, recuerda el ingeniero, quien describe a Testa como “una persona muy particular”, aficionada también al vino de alta gama. “Esos eran sus caprichos, o su motivación”, resume.

Con esas pautas definidas, el anteproyecto avanzó rápido y fue aprobado por la Municipalidad de Escobar. La obra gruesa que hoy sigue en pie se construyó, según Fontana, en apenas cuatro meses, un ritmo de trabajo vertiginoso para la escala del proyecto. En esa etapa también participó la arquitecta Marcela Álvarez, que colaboró en el desarrollo integral de la obra.

vista de la construcción desde el parque
Estructura. El edificio inconcluso permanece oculto entre la vegetación del barrio parque.

Valijas de dólares

Una de las anécdotas más particulares que aporta Fontana tiene que ver con la forma en que se financiaba la obra día a día. “Norberto venía todos los fines de semana con una valija de las rectangulares llena de dólares y pagaba en efectivo a todos. Tanto a los comercios de la zona donde se compraban las cosas, como a la gente que trabajaba”, relata.

Había incluso un grupo de trabajadores que se quedaba a vivir en el predio. Ese sistema permitía un avance de obra muy intenso. “La producción que hacíamos era muy, muy importante. Se trabajaba y se avanzaba muchísimo en forma diaria”, describe Fontana. Ese ritmo, sin embargo, no duraría.

“Norberto venía todos los fines de semana con una valija de las rectangulares llena de dólares y pagaba en efectivo a todos”, relata el ingeniero Alejandro Fontana.

La estafa que paralizó todo

El quiebre del proyecto no tuvo que ver con problemas técnicos, ni con la rentabilidad que ya se sabía limitada, ni con cuestiones municipales. Según el relato de Fontana -que aclara que reproduce lo que el propio Testa le contaba, sin poder dar fe personal de esos hechos-, el empresario tenía una parte importante de su capital invertido en una escribanía dedicada a otorgar hipotecas. El escribano a cargo lo estafó y se quedó con ese dinero. “Y Norberto no pudo continuar la obra por ese motivo”, resume el ingeniero.

Según le contó Testa en encuentros posteriores, terminó haciéndole una demanda al escribano que culminó con la condena del responsable. Pero el daño ya estaba hecho. La principal fuente de financiamiento de la obra se había esfumado de un día para el otro.

Vista aérea del hotel abandonado
Dimensión. El proyecto concebido sobre la barranca, con una imponente vista.

Lejos de resignarse de inmediato, Testa todavía tenía intenciones de continuar. Le pidió a Fontana que evaluara la posibilidad de tomar un crédito para reactivar la obra. El ingeniero, sin embargo, le aconsejó no avanzar. “Eran terriblemente usureros los créditos en esa época y yo le aconsejé que no continuara hasta que no se recuperara”, recuerda.

Esa recuperación nunca llegó. Un par de años después falleció la esposa de Testa, y posteriormente también su hijo, que tenía una discapacidad. A partir de ese momento, Fontana perdió todo contacto con él. El proyecto quedó congelado en el tiempo, con su obra gruesa terminada, pero sin ningún destino.

El quiebre del proyecto no tuvo que ver con problemas técnicos, ni con la rentabilidad que ya se sabía limitada, ni con cuestiones municipales.

Un intento de reactivación que no prosperó

En 2007 se produjo un segundo intento de poner en marcha el proyecto. El contexto regional era completamente distinto al de 1999, porque el norte del Gran Buenos Aires vivía por entonces un boom de countries y barrios cerrados, con El Cazador convertido en una zona de fuerte crecimiento de ese tipo de desarrollos. En teoría, las condiciones para relanzar un hotel de alta gama con vista a la barranca eran mejores que nunca.

Sin embargo, ese segundo intento también fracasó. Según Fontana, en esa instancia “se hizo un anteproyecto con los nuevos propietarios, pero no terminó en forma muy feliz porque quedaron debiendo dinero que no pagaron nunca. Y nunca se activó”.

terraza del hotel abandonado
Terraza. Desde el tercer piso se aprecia la barranca y el paisaje que inspiró el proyecto

A diferencia del freno original -motivado por una estafa externa que afectó a Testa-, esta segunda parálisis tuvo que ver con compromisos económicos asumidos por los nuevos responsables del proyecto que finalmente no se honraron, lo que terminó de sepultar cualquier posibilidad de continuidad en ese momento.

De esta manera, el boom inmobiliario que transformó buena parte del norte bonaerense en esos años pasó de largo para el hotel de El Cazador, que quedó nuevamente detenido, esta vez sin que mediara ni siquiera el reinicio de la obra física.

¿Qué queda hoy de aquella obra?

La pregunta que más intriga genera, más de dos décadas después, es si esa estructura de hormigón todavía sirve para algo o si el paso del tiempo y la intemperie la dejaron inutilizable. Fontana es cauto al respecto y no se anima a dar un diagnóstico definitivo. “Con respecto a si la estructura o lo que está construido sirve o no en la actualidad, no lo puedo decir, porque habría que ver cómo están y qué tanto sufrió la estructura con el tiempo”, sentencia.

De todas formas, aporta un dato que invita al optimismo. En una visita que realizó años después de que se frenara la obra, encontró que la pileta ubicada en el tercer piso -la pensada como piscina in-out con techo corredizo- seguía llena de agua, con una sola fisura y sin pérdidas en ese momento. Esto sería un indicio de que, al menos parte de la obra gruesa, conservó cierta integridad estructural pese al abandono.

La piscina construida en la terraza del edificio
Piscina. Pese al paso del tiempo, el natatorio sigue lleno de agua, con una sola fisura.

Aun así, el ingeniero es enfático en que cualquier evaluación seria requiere un estudio técnico específico. “Para saber si se puede reactivar hay que hacer un estudio técnico del estado de la estructura. Y con ese criterio, se puede saber si se puede recuperar o no”, afirma.

Un terreno para tres destinos distintos

Mientras la discusión sobre el estado de la estructura sigue abierta, el hotel inconcluso se encuentra en la actualidad en el mercado. Una publicación de la inmobiliaria Polaris Real Estate Consulting en el portal Argenprop ofrece en venta el complejo de habitaciones, que se encuentra sobre una superficie de terreno que en los registros catastrales asciende a 12.870 metros cuadrados, con una superficie cubierta reconocida de 2.533 metros cuadrados.

El aviso destaca que se trata del “único con habilitación comercial en la zona” y que cuenta con planos aprobados, además de la posibilidad de incorporar un terreno lindero de 26.000 metros cuadrados donde funciona un salón de fiestas recientemente renovado, con capacidad para 600 personas.

Pero lo más llamativo es el abanico de usos que se proponen para la estructura ya construida. Además de retomar la idea original de hotel -con una habilitación de anteproyecto para 46 habitaciones de entre 30 y 40 metros cuadrados cada una-, la publicación menciona explícitamente otras dos alternativas: una residencia para adultos mayores o un complejo de departamentos.

vista aérea del hotel abandonado
A la deriva. La inmensa construcción lleva más de veinte años paralizada y sin destino.

Esa pluralidad de destinos posibles habla, de algún modo, del cambio de época. Lo que en 1999 nació como un capricho personal de un hombre que quería replicar la fisonomía de su hostería, hoy se analiza con una lógica completamente distinta: la del mercado inmobiliario actual, donde la estructura existente -más allá de su origen- pasa a ser una plataforma sobre la cual desarrollar el proyecto que mejor se adapte a la demanda.

La hostería, por su parte, cambió de manos en 2019. Desde entonces es propiedad de la familia Azzato, que heredó junto con el negocio gastronómico el peso simbólico de tener, a metros de distancia, ese gigante de hormigón sin terminar, que todavía espera una definición.

Cuando cae la tarde sobre El Cazador, la mole de hormigón sigue recortándose sobre la barranca como lo hizo durante las últimas dos décadas. A su alrededor, el barrio cambió, los countries avanzaron, la hostería pasó a otras manos y las necesidades del mercado se transformaron. Pero el edificio, casi escondido detrás de la hostería, permanece inmóvil, esperando un destino que nunca termina de llegar.

Quizás algún día sus habitaciones reciban huéspedes, residentes o vecinos. O quizás continúe siendo lo que es desde hace más de veinte años: una obra detenida en mitad de una escena, un elefante blanco que jamás llegó a despertar.

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