Silenciosos y de perfil bajo, los médicos de un plantel de fútbol cumplen un rol fundamental en los equipos. No todo es táctica, pelota parada y sistemas de juego; también se necesitan profesionales que sepan cómo calmar el dolor, ver qué tipo de lesión sufre cada futbolista y, además, tranquilizar ansiedades ante molestias que no se quieren ir.
La traumatología está a la orden del día en el fútbol, porque tanto en entrenamientos como en partidos los golpes, torceduras y problemas musculares son moneda corriente. Allí está siempre el “doc”, como lo llaman los jugadores, para una revisión inmediata, siempre listo para ayudar.
Jorge Gómez (62) es un médico deportólogo escobarense con una amplia trayectoria en equipos de fútbol. Actualmente está en Villa Dálmine de Campana, donde es el responsable de la salud del plantel que juega en la Primera B Metropolitana. Este es el cuarto club en el que trabaja, más allá de su labor en el hospital Erill, donde fue jefe de traumatología por 15 años (hasta 2022) y aún sigue atendiendo.
“Me recibí de médico en el año ‘89, después me especialicé en traumatología y ortopedia y en medicina del deporte. En enero del ‘90 entré a Deportivo Armenio, yo era muy joven, tenía 26 años, y arranqué en las divisiones inferiores. A la mañana estaba en el hospital y a la tarde hacía experiencia en Armenio”, le cuenta a DIA 32, que lo visitó en su consultorio particular de la calle Travi, otro de sus trabajos.

En esa primera etapa en el club de Maschwitz estuvo dos años, después no le daban los horarios y decidió marcharse. “No me dediqué más al deporte hasta 2013, cuando fui a Fénix. En el medio me casé, hice guardias, medicina laboral… La vida del médico va buscando carriles e ingresos y en ese momento el fútbol no era muy bien pago”, reconoce.
Seis años en el equipo que hacía de local en Pilar fueron suficientes para adquirir una experiencia muy buena, saber más del ambiente y hacerse un nombre propio en el fútbol de ascenso.
“El médico tiene que ajustarse a los cuerpos técnicos que llegan a cada club. Cuando me fui de Fénix, me buscaban Armenio y Acassuso. Como escobarense, nacido y criado acá, me interesaba ir a Armenio, pero terminé en Acassuso, donde estuve tres años”, señala.
En 2024 arribó a Villa Dálmine. “La pasé muy bien, estaba medio caído, apretado por el descenso, pero zafamos y ayudé desde mi lugar. Más allá de lo deportivo y traumatológico, hay jugadores que se apoyan mucho en el médico desde lo anímico. Uno tiene esa cuota de motivación cuando las cosas no van bien, que ayuda bastante”, sostiene, marcando lo importante del aporte emocional que puede brindar un profesional.

Entre Armenio y Dálmine
A pesar del muy buen trabajo que hizo en Campana, su estadía no duró mucho más de un año. “Pasa que los clubes son mixtos, más allá de que se rechacen las sociedades anónimas. Tienen socios y presidente, pero siempre hay una parte que está gerenciada. A Dálmine llegó un gerenciamiento nuevo, llevaron su equipo de gente y me tuve que ir”, aclara. Inmediatamente consiguió trabajo de nuevo: en Deportivo Armenio, adonde volvió después de 35 años, pero esta vez para la primera.
“Me fue muy bien. El equipo fue de menor a mayor, llegamos a la final y perdimos con Acassuso, que tiene de técnico al “Chavo” Lemma, el DT que estaba en el club cuando yo llegué”, acota.
“Fue triste no haber logrado el ascenso con Armenio. Porque uno ve el sacrificio que hacen los pibes, vienen de lejos, laburan. Muchos de la zona de Garín trabajan de Uber o en remiserías. Jhony Herrera, que le hizo los tres goles a Talleres, vende mates y bombillas, se las rebuscan”, confiesa, sobre una faceta no tan conocida de los futbolistas.
Justamente, el 19 de marzo se cumplió un año de aquel partido por Copa Argentina donde Armenio le ganó a Talleres de Córdoba por penales, después de empatar 3 a 3, con tres goles de Herrera. En ese partido, en cancha de Colón de Santa Fe, Gómez estuvo como médico y recuerda lo que vivió. “Se armó todo muy lindo, una cancha de primera, la televisión en vivo, un césped bárbaro, se jugó de noche. Para el equipo fue increíble, terminaron todos acalambrados”, señala, orgulloso de aquella victoria.

“Mi tarea no es solo entrar a la cancha, tirarle aerosol al jugador y avisarle al DT si puede seguir o no. Es mucho más profunda”.
Al final de la última temporada Gómez presentó un proyecto para continuar en Armenio, con articulación en inferiores y más desarrollo, pero el club consideró que no era necesaria la inversión económica y el vínculo no prosperó. Otra vez apareció Dálmine en el camino y Campana volvió a ser el destino de los martes, jueves y días de partido para el doc escobarense.
“Ellos querían que vuelva, había mucha gente amiga de mi paso anterior. El sábado 3 de enero me avisan de Armenio que no aceptaban mi propuesta económica y cuatro horas más tarde cerré con Dálmine. Así de rápido”, reconoce, sobre su actual vínculo con el Violeta.
En todos estos años, se perfeccionó y hasta viajó a Barcelona, España, donde hizo un curso de médico de equipo. “Mi tarea no es solo entrar a la cancha, tirarle aerosol al jugador y avisarle al DT si puede seguir o no. Es mucho más profunda. Uno debería estar por lo menos en cuatro días de entrenamiento, pero eso tiene un costo. Hay una frase de un médico colombiano que decía: ‘la salud no tiene precio, pero tiene costos’. Y hoy en día los clubes no pueden pagar un departamento médico con kinesiólogos, nutricionista, rehabilitador. Por lo tanto, voy dos veces por semana y a los partidos”, explica, con conocimiento de las necesidades de una institución.

Atención inmediata en 3’
Por reglamento, cuando un médico entra a la cancha tiene tres minutos para atender al jugador lesionado. Pasado ese tiempo, el futbolista debe salir del campo de juego. “En esos tres minutos tenés que hacer diagnóstico, tratamiento y ver si el jugador puede seguir o no. En la mayoría de los casos el jugador simula, hace tiempo, sobre todos los arqueros”, suelta Gómez, con sinceridad.
Sentado en el banco de suplentes en todos los partidos, debe estar atento a cada movimiento para darse cuenta qué jugador puede estar sintiendo un dolor o expresando un malestar. “Veo quién está cansado, quién vuelve caminando, hay que estar muy despierto para entrar rápido. Cuando el jugador está quieto en el piso es porque le duele en serio”, expresa.
El “doc” asegura que la lesión más seria para un futbolista es cuando sufre la ruptura de ligamentos cruzados, más que una fractura. “Es difícil diagnosticarlo en la cancha, puede ser un golpe. Hay que hacer una resonancia, pero en el campo tenés tres minutos para verlo y hay veces que el jugador no quiere salir. La rehabilitación de rodilla es larga, yo no dejo volver a ningún jugador antes de los nueve meses”, sostiene.
A la hora de pensar en grandes aspiraciones, Gómez no se desvive por llegar a un club más importante, por lo menos por el momento. “Ser médico de un equipo de Primera o B Nacional demanda mucho tiempo y tendría que dejar todo lo que estoy haciendo: hospital, consultorio, hasta el programa de radio donde participo (en FM El Observador, los domingos). También te puede pasar que uno deja todo y un día el club elige otro médico y te quedás sin nada”, reflexiona.

“En la mayoría de los casos el jugador hace tiempo, sobre todos los arqueros. Cuando el jugador está quieto en el piso, es porque le duele en serio”.
“Además, en un club grande tenés que estar las 24 horas pendiente del jugador, de la mujer, del representante… que te piden una orden para hacerse algo. Me pasa a mí, imagínate. Yo me administro bien mis tiempos… Estoy cómodo así”, asegura, después de venir de Campana y ponerse a pensar cómo mejorar a sus jugadores.
