Popular Posts
Follow Us

PARANOIA GENERALIZADA POR UN MITO URBANO

El miedo en el cuerpo

A pesar de no haber denuncias formales ni pruebas concretas, los rumores sobre supuestos casos de tráfico ilegal de órganos se multiplicaron por todo el distrito. Escobar, al psicólogo.

Por MARCOS B. FEDERMAN
mfederman@dia32.com.ar

En las últimas semanas, los rumores sobre el tráfico de órganos prendieron como reguero de pólvora. La mecha se encendió en José C. Paz, a principios de septiembre, cuando decenas de vecinos se autoconvocaron para reclamar por este tema. Desde los medios se echó más leña al fuego. Crónica, Infobae, Telefé y Todo Noticias dieron difusión a la preocupación ciudadana sin verificar la veracidad de los rumores.

Las historias se multiplicaron rápidamente por el Conurbano bonaerense. La foto de una Traffic blanca circuló por Internet como la responsable del secuestro y asesinato de niños. Los vecinos hablan sobre la supuesta aparición sin vida de niños con el cuerpo vaciado de sus órganos y con rollos de dinero para pagar los funerales e incluso notas pidiendo disculpas. Lo extraño es que no apareció ni un solo familiar de las supuestas víctimas denunciando los hechos.

Ningún caso fue comprobado. Ningún cuerpo fue encontrado. De todas maneras, el miedo se instaló en la población.

El miedo acecha

Esta preocupación se propaló por Internet y rápidamente la paranoia se contagió a San Isidro, Beccar, San Fernando, Tigre y Benavídez, para llegar después a Escobar.

A tal punto llegó el miedo que decenas de vecinos se autoconvocaron el martes 12 para marchar al Municipio y reclamar el esclarecimiento de los supuestos casos de tráfico de órganos en el partido. Hasta allí fueron el jefe distrital de la Policía, Marcelo Guerra, y el titular de la comisaría 1ra, Carlos Vara, para tratar de calmar los ánimos.

Ninguno de los asistentes a la marcha sabía de un caso comprobable de ablación de órganos, pero todos estaban convencidos de que esto estaba sucediendo en sus barrios. “Una combi nos encerró y empezamos a correr. Por suerte nos pudimos encerrar todos en nuestras casas”, contaba una manifestante.

El comisario inspector Guerra escuchó pacientemente y les dijo que “nadie duda de sus dichos”, pero les explicó que difícilmente los hechos descriptos tuvieran relación con el tráfico de órganos porque “hay una cuestión que es muy cierta. La parte científica: es totalmente imposible el tráfico ilegal de órganos. No existe”.

Pasados varios minutos de tensión se logró transmitir cierta tranquilidad a los vecinos, quienes aseguraron que se mantendrían en alerta máxima. Prometieron, además, marchar la semana siguiente si detectaban un caso cierto de tráfico de órganos. Pero la marcha no se realizó y la tensión se diluyó.

“A los vecinos todo les parece sospechoso como consecuencia del miedo”, evaluó en diálogo con DIA 32 el jefe distrital Guerra. Y aseguró que “no hay ningún hecho concreto confirmado ni ninguna denuncia formal realizada. De ser verdad, esto saldría a la luz pública rápidamente”.

Mito urbano

El Instituto Nacional Central Único Coordinador de Ablación e Implante (INCUCAI) dice que el tráfico de órganos es imposible.

“En un operativo de procuración y trasplante de órganos requiere una infraestructura de complejidad tal que participan entre 100 y 150 profesionales. Su realización clandestina es, en la práctica, imposible”, afirman desde el INCUCAI.

No cualquier órgano le sirve a cualquier persona. El organismo del donante tiene que ser compatible con el que necesita el trasplante. Para que el resultado sea positivo se debe conocer toda la historia médica del donante y realizar la operación en el momento justo. Un trasplante debe realizarse necesariamente en las instalaciones de hospitales de alta complejidad y con operaciones simultáneas realizadas al donante y al receptor.

De esto se desprende que ninguna banda de improvisados puede llevar adelante esta tarea. No es posible que diez delincuentes con una camioneta cometan este tipo de delitos, por más organizados que estén.

El INCUCAI alerta que la propagación de este tipo de rumores puede afectar “la confianza en el sistema de procuración de órganos de nuestro país y, en definitiva, perjudica a las personas que esperan un trasplante para mejorar su calidad de vida”.

El rol de los medios

Hace unos meses, el CEO del Grupo Clarín, Hector Magnetto, se sinceró con el periodista Mariano Grondona al explicarle el poder que tienen los medios de comunicación: marcar la agenda.

Las tapas de los diarios imponen ciertos temas en las conversaciones de los ciudadanos. Una semana los motochorros, a la siguiente los robos a jubilados y la otra los secuestros express. Hoy sigue habiendo robos a jubilados y ladrones en moto por la calle, pero los temas pasaron de moda, ya no “venden” y dejaron de ser importantes para los medios masivos.

De toda la realidad, los medios muestran solo una parte. A veces lo que muestran es relevante y a veces lo transforman en relevante.

La ética periodística indica que la información que se publica debe ser corroborada para no alimentar falsas historias.

El 18 de septiembre, el diario Crónica tituló: “Reina el miedo en José C. Paz”, y en la nota agregó que “La desaparición de chicos, a los que hasta en varios casos les han sacado los órganos, es imposible de ocultar”. Tremenda aseveración no fue acompañada de ningún dato comprobado, ninguna fuente que no fueran comentarios de personas preocupadas y autoconvocados a la marcha.

La difusión de estas versiones infundadas creció exponencialmente. Los rumores se contagiaron como verdaderas historias macabras, y el miedo y la sensación de inseguridad llegaron a niveles record.

Muchas familias dejaron de mandar a sus chicos al colegio, encerrándose en la seguridad del hogar.

El otro medio de comunicación que alimentó esta paranoia generalizada es Internet. Las casillas de correo electrónico, Facebook y decenas de foros explotaron de mensajes alertando sobre una mafia que trafica órganos. Las cadenas provocaron más cadenas y el miedo se extendió por todos lados.

El imaginario social

El miedo es natural, instintivo y a veces irracional. En cada época se temen distintas cosas, y esto está relacionado con lo que las ciencias sociales llaman “el imaginario social”, que es el sentido común de una comunidad en su conjunto.

El sentido común no es científico, sino más bien la forma en que comprendemos el mundo que tenemos a nuestro alrededor, en base a nuestras propias experiencias, las de nuestra familia, nuestra historia, nuestras esperanzas y nuestros temores.

El sentido común explica la realidad que vivimos, sin necesidad de fundamentar esa comprensión. El mundo nos rodea, nos afecta, y cada uno lo asimila desde su sentido común.

Silvia Resnizky, psicoanalista y miembro titular de la Asociación Psicoanalítica Internacional -fundada por el mismísimo Sigmund Freud- y de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires, dice que “el imaginario social está cambiando, adaptándose al mundo de la biotecnología donde todo parece posible”.

La manipulación genética está tan avanzada que mientras el ADN humano está en Internet, los japoneses criaron chanchos fluorescentes y Argentina clonó un caballo. La fertilización artificial, las células madre y otros avances parecen anunciar que todo es posible en el mundo de las ciencias médicas. Según el sentido común, entonces, el trasplante de órganos debería ser algo tan fácil como soplar y hacer botella.

Resnizky señala que “todo está atravesado por la ideología del mercado, donde absolutamente todo tiene un precio. Y para peor, en una Argentina corrupta, violenta y capitalista, la vida humana también tiene precio”.

La inseguridad es parte de la realidad, pero el miedo y la paranoia generalizada alimentan esa inseguridad. La inseguridad es real, pero una forma de combatirla es no dejando que el miedo piense por nosotros.

La lección de Matías Berardi

La inseguridad tocó de cerca a los habitantes de Escobar. El secuestro y asesinato de Matías Berardi potenció el miedo en toda la zona.

El mismo día en que se reunieron miles de personas en la plaza de Ingeniero Maschwitz para reclamar por justicia, también se multiplicaron los rumores sobre el tráfico de órganos. “Apareció una nena en Benavídez sin los órganos. Le dejaron plata y una nota que decía que era para el funeral”. “Desaparecieron dos chicos en Dique Lujan. Dicen que los mataron para vender los órganos¨.

Estos fueron los rumores más comentados ese día, en el que la población reclamó a grito pelado que se instaure la pena de muerte. Ese día estuvieron todos los canales de televisión y los diarios más importantes del país cubriendo el acontecimiento.

Lamentablemente, fueron pocos los que hicieron hincapié en la serenidad de la madre de Matías. María Inés Berardi no reclamó la pena capital ni se dejó contagiar por los gritos irracionales y que, ajenos al Estado de Derecho, clamaban “ojo por ojo y diente por diente”.

En una entrevista con Víctor Hugo Morales, María Inés señaló que la psicosis social causada por la sensación de inseguridad fue también responsable por la muerte de su hijo. Es que Matías logró escapar de las garras de sus secuestradores y corrió varias cuadras pidiendo ayuda a los vecinos. Sin embargo, en lugar de salvarle la vida le cerraron las puertas de sus casas y negocios, asustados de que la víctima fuera un ladrón.

“Como sociedad, la muerte de mi hijo tiene que servir para algo. Tenemos que ser solidarios y no quedarnos encerrados», declaró María Inés en Radio Continental. La falta de solidaridad y el encierro de una sociedad temerosa fueron lo que condenaron a Matías al peor final.

Notas relacionadas