La botánica, la paciencia oriental y la pasión por la tierra se fusionan en este establecimiento de la avenida San Martín. El relato de Emiko Saito y de su hijo, que mantienen vivo el legado familiar.

La identidad de Escobar está construida alrededor de la floricultura y los viveros, una actividad que desde hace décadas distingue al distrito y forma parte de su paisaje cotidiano. Sobre la avenida San Martín, donde se concentra un importante corredor de estos establecimientos, el vivero Sawatani ocupa un lugar especial: detrás de sus invernaderos y de su inmensa variedad de plantas se esconde una historia de inmigración, sacrificio y perseverancia que lleva medio siglo floreciendo.

Cruzar el umbral de este vivero es sumergirse en un paraíso de flores de todos los colores, hojas con formas sorprendentes, aromas de hierbas y también de tierra húmeda. Un paseo entre invernaderos de gran tamaño que albergan una exuberante colección de plantas. En sus instalaciones, las agujas del reloj parecen someterse a una cadencia diferente, al ritmo de la savia recorriendo los tallos y al lento crecimiento de la raíz bajo el suelo. 

Con cincuenta años de existencia, este laberinto vegetal nació de la nada misma y a costa de la obstinación de una juventud desprovista de certezas. Emiko Saito (74) nació en Yamagata y vino a la Argentina en 1973. “Yo era muy joven en ese momento, no pensaba en nada. Quería conocer cómo era el mundo fuera de Japón”, le cuenta a DIA 32 con una voz suave y un acento japonés del cual nunca se despojó.

Su marido, Kenichiro Sawatani, había emigrado antes que ella, en 1971. “La comunidad japonesa estaba muy organizada por aquellos tiempos y, a través del consulado, se solicitaba gente que deseara venir a trabajar en la agricultura. Él llegó directo a la casa de una familia que cultivaba crisantemos. Cuando yo vine, dos años después, la realidad me golpeó con fuerza. No me gustó nada”, confiesa.

“Vivíamos con otra familia en una casa de la calle Inmigrantes. En esa época, Escobar era campo, campo, campo. No existían los asfaltos de ahora. Cuando llovía, los caminos se transformaban en un lodazal intransitable y no podías salir a ningún lado. El idioma era una pared, la comida era extraña, el clima riguroso… La forma de vivir era tan diferente a lo que yo conocía en mi país que me costó comprender dónde estaba. Fue empezar absolutamente desde cero”.

La historia de los Sawatani destruye el mito romántico del inmigrante que traslada saberes ancestrales de un continente a otro. Ninguno de los dos traía conocimientos previos sobre el arte de la floricultura desde Japón; la sabiduría botánica se forjó enteramente en el barro escobarense a fuerza de observación, ensayo y un rigor laboral inquebrantable.

Después de haber asimilado los secretos del cultivo de crisantemos bajo techos ajenos, en diciembre de 1975 decidieron dar el paso definitivo al adquirir un lote sobre la avenida San Martín 1450. Tras trabajar un tiempo en un terreno alquilado ubicado enfrente, donde actualmente funciona el vivero Hisaki, se mudaron definitivamente.

Lo que hoy es casi una manzana completa comenzó con pequeñas parcelas destinadas a la flor de corte y se expandió paulatinamente hacia la producción masiva de plantas de interior, flores de estación, frutales y un sinfín de variedades que incluyen también plantas exóticas aclimatadas.

La historia de los Sawatani destruye el mito romántico del inmigrante que traslada saberes ancestrales de un continente a otro. Ninguno de los dos traía conocimientos previos sobre el arte de la floricultura desde Japón.

La inflexible escuela de la tierra

“La planta es igual que un animal, demanda presencia constante y cuidado diario. Por eso no tenemos ni feriados, ni Año Nuevo, ni Navidad. Nada. Pase lo que pase, hay que estar acá”, afirma Emiko Saito. Y agrega: “En los días de fiesta, cuando los empleados lógicamente no vienen a trabajar, nosotros, como familia, nos tenemos que levantar al alba para regar cada maceta a mano”.

“En el invierno, por suerte, las plantas demandan menos agua y el ritmo baja un poco, lo que nos permite estar más tranquilos. Pero en verano el vivero es una tarea voraz. Antes no cerrábamos ni al mediodía; hoy nos tomamos un respiro para almorzar en paz, pero durante décadas el vivero abría al amanecer y no se cerraba hasta que se ocultaba el sol”, relata.  

Esa constancia de hierro fue el escudo con el que Emiko y Kenichiro protegieron su emprendimiento frente a las innumerables tormentas de la historia argentina. Sobrevivieron a los vaivenes políticos y económicos de los años setenta y a las hiperinflaciones que desdibujaban los precios día a día. Pero ella recuerda el 2001, con los patacones y los cheques sin fondos, como la época más complicada. “Actualmente el mayor problema es la abrupta caída de las ventas. No se vende nada”, afirma. 

Sin embargo, la herida más profunda en el alma de los Sawatani ocurrió puertas adentro, en 1987. Ese año, Kenichiro falleció de forma imprevista, dejando un vacío inmenso en el corazón de la familia y al vivero en una encrucijada.

“La planta es igual que un animal, demanda presencia constante y cuidado diario. Por eso no tenemos ni feriados, ni Año Nuevo, ni Navidad. Nada”, afirma Emiko Saito.

De pronto, Emiko se encontró sola en un país extranjero, al frente de una estructura productiva compleja y con tres hijos pequeños a los que sostener: Patricia (hoy 50 años), Susana (48) y Gustavo (45). Cuando se le pregunta cómo logró salir adelante y no flaquear ante semejante peso, su respuesta vuelve a tener la simplicidad contundente de las cosas verdaderas: “Trabajando”. Sus manos, en lugar de soltar el timón, se aferraron con más fuerza a las bandejas de cultivo. Patricia eligió otros rumbos profesionales al crecer, pero Susana y Gustavo hicieron de la tierra su propio destino y hoy caminan junto a su madre, sosteniendo el legado paterno.

La transición generacional trajo consigo una mirada complementaria. Gustavo Sawatani, quien creció entre los canteros y conoció el oficio desde su infancia, aporta la perspectiva técnica y comercial indispensable para la supervivencia de una empresa botánica del siglo XXI. Bajo su dirección, el vivero incorporó tecnologías que modificaron la dureza del trabajo diario: sistemas de riego tecnificados, estructuras de invernaderos con calefacción y control de humedad y ventilación que protegen la producción y reducen la dependencia absoluta de los caprichos climáticos.

“Lo que hace veinte años se paleaba a mano, hoy lo hace una máquina de plantación. La tecnología nos facilita la vida, pero el rubro no deja de ser sumamente dinámico y complejo”, señala Gustavo, evidenciando el cambio de época.

El oleaje de las modas y el regreso a los viveros

A pesar de la automatización, existe un factor que ninguna máquina puede predecir: la volatilidad de las tendencias estéticas. El hijo de Emiko reflexiona sobre cómo el mercado de las plantas se comporta de manera cíclica y caprichosa, imitando a la moda textil. Especies que hace treinta años eran el orgullo de cualquier jardín familiar y que hace diez cayeron en el olvido más absoluto, hoy son buscadas con desesperación como objetos de culto gracias a la viralización de una imagen en redes sociales.

“A veces, alguien en Francia sube un video que se hace viral con una planta y al día siguiente los paisajistas te la piden acá, cuando nosotros ni siquiera tenemos acceso a la semilla o la variedad tarda años en desarrollarse en nuestros suelos”, explica.

De hecho, en los congresos que reúnen a viveristas y paisajistas, uno de los debates más intensos gira en torno a la necesidad de serenar la ansiedad de los diseñadores: “Los paisajistas tienen que entender que nosotros no podemos imprimir una planta de un día para el otro. Lleva meses, años de cuidado producir ejemplares de calidad. El acuerdo actual es claro: trabajemos con lo que hay y respetemos los tiempos biológicos”.

“La tecnología nos facilita la vida, pero el rubro no deja de ser sumamente dinámico y complejo”, comenta Gustavo Sawatani.

Esa urgencia digital ha provocado que muchos profesionales operen exclusivamente a través de fríos listados de especies enviados por WhatsApp, una modalidad que los Sawatani intentan combatir invitando al reencuentro físico con el espacio del vivero. Para ellos, ir al vivero no es una simple transacción comercial: es una experiencia estética y educativa insustituible.

“Gran parte del público urbano actual no sabe realmente lo que es una planta ni cómo se comporta”, comenta el viverista. Caminar por las calles internas del establecimiento permite al visitante apreciar los cambios de temperatura bajo las mediasombras, observar las transformaciones del follaje según la estación y descubrir la inmensa paleta de colores que ofrece la naturaleza en cada época del año. Es un aprendizaje sobre los límites humanos: la planta enseña paciencia, porque una huerta da sus frutos cuando debe darlos, y una flor se abre solo cuando su ciclo biológico se lo permite. No hay algoritmo capaz de acelerar ese misterio.

Según Gustavo, ese reencuentro con lo vivo experimentó un quiebre definitivo durante la pandemia de 2020. El confinamiento forzó a las personas a mirar sus entornos y a comprender la profunda toxicidad del cemento. El público joven, que antes consideraba los viveros como un territorio exclusivo de las generaciones mayores, transformó la visita a estos espacios en un programa recreativo de fin de semana y comenzó a coleccionar plantas de interior como una necesidad vital de oxigenación y salud mental.

La huerta casera, que para muchos comenzó como un entretenimiento pasajero, se consolidó en el tiempo como un lazo inquebrantable con la tierra y el autoabastecimiento. “La gente se dio cuenta de que necesita el verde para vivir y Escobar absorbió gran parte de esa necesidad de las familias que migraron de la Capital buscando un pedazo de suelo donde afincarse”, añade, confirmando el impacto demográfico de los últimos años.

La memoria que habita en las hojas

Es precisamente en el deambular cotidiano de esos nuevos clientes entre las bandejas desbordantes de flores donde ocurre el fenómeno más conmovedor que registra Emiko: el florecimiento de la memoria afectiva. “El aroma de una hoja de malvón, el porte antiguo de un helecho o la delicadeza de las violetas de los Alpes actúan como detonadores psicológicos inmediatos. Se escucha mucho: ‘Esta planta la tenía mamá en el patio’ o ‘aquella la tenía mi abuela’”. Es que las plantas suelen ser testigos silenciosos de las infancias, los patios compartidos y los afectos que ya no están.

El vivero Sawatani no es simplemente un comercio dedicado a la venta de plantines y frutales de estación. Es un monumento al arraigo, un trozo de geografía escobarense donde una mujer venida del frío de Yamagata logró tejer su historia personal con la de un país complejo y generoso. Con medio siglo de vida, demuestra que, a pesar de las crisis económicas, las pérdidas dolorosas y las velocidades del mundo contemporáneo, las manos que trabajan la tierra guardan el secreto más antiguo de la humanidad: la sagrada paciencia de contemplar cómo la vida, obstinada y bellísima, siempre se abre paso.

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