Ataviadas con largas y coloridas polleras, un grupo de mujeres deambula ofreciéndose a leer la suerte y vendiendo chucherías. De dónde vienen, cómo actúan y cuáles son sus costumbres.

Es sabido que cuando uno ve a una gitana por la calle, lo mejor es alejarse. De lo contrario, indefectiblemente terminará entregándoles dinero. “Vení, mujer, acercáte. Compráme un peine, diez pesos; unas agujas, vienen con hilo, diez pesos. Te leo el tercer ojo, vení mujer”, le decía una gitana a una chica que esperaba distraída el tren en el andén de la estación de Escobar.

En un abrir y cerrar de ojos, la gitana le había tomado una mano y la miraba fijo entre las cejas: “La gente te envidia mucho y eso no te va a permitir progresar. Tenés que protegerte”. La chica la miraba, muda. “Te voy a decir unas palabras para destrabar la envidia. Pedí un deseo en voz alta”, dijo. “Amor”, contestó la chica sin saber qué más decir y quizás sin estar al tanto de que una de las míticas maldiciones gitanas es “Ojalá te enamores”.

“Repetí el nombre del hombre tres veces en voz alta”, mandó la gitana, mientras metía una de sus manos en una bolsita y sacaba una semilla grande. “Colgala de una cinta roja y atátela a la muñeca. En tres días volvé a decirme cómo te fue con el hombre. Ahora, dame unas monedas”. “¿De qué es la semilla?”, preguntó la desprevenida joven mientras revolvía en su cartera para tirarle unas monedas. “De árbol”, le contestó.

Gitana con pulover rojo sentada en la estación de Escobar

Vida cotidiana

Margarita viene de la ciudad de Campana, donde hay instalada una considerable comunidad de gitanos que suelen salir en los diarios cuando sus discusiones terminan a los tiros. Trabaja de vendedora ambulante en los alrededores de la terminal ofreciendo adaptadores eléctricos, espejos, hilos y agujas. Además, lee las manos, predice el porvenir, tira las cartas y adivina la suerte cortando trocitos de papa.

Da vueltas de acá para allá buscando compradores. Dos de sus compañeras se ubican en lugares distintos. Zoila se tira sobre unos cartones en las inmediaciones del andén y extiende la mano pidiendo limosna. También tiene algunos productos para vender desparramados sobre un mantel. Y si desde su inactiva posición logra captar a alguien, funge de adivinadora. Amanda, en cambio, se sienta en una de las mesas del patio de una heladería de la calle Rivadavia y pasa allí las horas a la caza de gente que quiera saber qué le deparará el destino.

Bambolean trabajosamente sus amplias y coloridas polleras. Son muy gordas y arrastran los pies al caminar. A pesar del frío, calzan chinelas que dejan ver sus descuidados pies. Tienen la piel del rostro agrietada y la mirada intensa.

Margarita, Zoila y Amanda están regenteadas por una gitana líder, a quien llaman “la jefa Marcia”. Ella se ocupa de que cumplan el horario, que generalmente va desde las 11 de la mañana hasta las 4 o 5 de la tarde. “Es la única que puede hablar sobre nuestras tradiciones y la única que puede autorizarnos a nosotras. Pero es difícil encontrarla porque controla el trabajo de todas y algunas están en otras localidades”, explican a DIA 32.

Aunque Margarita se contiene de seguir hablando y cada tres frases pide plata, dice que los mejores días sacan entre $60 y $50 cada una. “Gratis no nos vamos a venir a morir de frío”. También cuenta que ella nació en Argentina, y que no sabe bien de dónde son sus antepasados, de lugares lejanos, cree que de Jerusalem.

Se calcula que hay 300.000 gitanos instalados en la Argentina, identificados en tres clanes. El más numeroso es el “kalderash”: de origen griego, húngaro, ruso y moldavo; luego vienen los “calé españoles” y, por último, los “boyash rumanos”.

Confirma que todas las mujeres gitanas casadas deben llevar un pañuelo en la cabeza. Pero aclara que ya no duermen en esterillas sobre el suelo. “Eso no corre más. Incluso tampoco vivimos en carromatos de acá para allá todo el tiempo. Yo fui nómade muchos años, pero ahora estamos en Campana, más asentados. Tenemos muebles, colchones y mesadas. No dormimos en el piso, eso era antes”.

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Mitos y creencias

Hay otros mitos sobre las gitanas acerca de los cuales Margarita prefiere no contestar. Se dice que son extremadamente cariñosas con sus hijos, al punto de besarlos en los genitales como algo normal. También es una creencia generalizada que los gitanos roban niños, que son estafadores y capaces de echar maldiciones. O que las mujeres no tienen el menor remordimiento a la hora de masturbarse.

La virginidad es un bien muy preciado, al punto que una boda empieza a festejarse después de la primera noche que los recién casados pasan juntos. A la mañana siguiente, la madre de la chica y todas las mujeres de la familia van a comprobar que la pollera blanca que la noche anterior tendieron sobre la cama esté manchada de sangre. Pero como algunas hacen trampa y ensucian con otra cosa, la pollera debe pasar por la exhaustiva prueba del alcohol que la madre tira sobre la tela y cepilla con energía. Si la sangre es auténtica, la mancha no saldrá a pesar de los esfuerzos por quitarla. Si la novia no resultó ser virgen, el festejo se suspende, la mujer es humillada y devuelta a sus padres. Pero si era virgen, comienza la fiesta. Y todos se ponen las joyas de oro que tienen escondidas.

El oro, según la superstición, protege a sus portadores de los malos espíritus, aunque en la realidad los protege de la pobreza. Los festejos de casamiento duran cuatro días, se meten cincuenta lechones y cincuenta pavos al horno y se enfrían cincuenta barriles de cerveza.

Adivinas

Zoila es más arisca que Margarita. No responde a las preguntas ni hace comentarios. Más amable, Margarita tiene puesta una típica pollera gitana pero estampada en animal print. Cuenta que se las ponen por tradición, que una parienta cose para ellas y que hoy en día algunas jóvenes de su comunidad usan pantalones.

Cuando se les consulta qué preparación tienen para leer el futuro de las personas, si estudiaron quiromancia, tarot, astrología o son adivinadoras natas, ambas se miran y sonríen. “Estudiamos mucho, estudiamos cosas”, contesta Margarita.

Pero ellas no están ahí solo para darle un toque de color a la zona de la terminal. Están ahí con el fin de conseguir dinero, o en su defecto, mercancías. Ante la negativa de darles plata a cambio de la charla, Margarita no se quiere quedar con las manos vacías. “¿No tenés un perfumito, un desodorante, o algo que puedas darme? Entonces dame tu encendedor”, ordena, y lo guarda en su bolsita.

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