A “Tony” Sambucnach no le sobra nada: casado, con siete hijos, vive de changas y de juntar cartones. Pero hace dos años armó unas canchas de fútbol en un barrio de Matheu, donde ochenta chicos cambiaron la calle por el deporte.

por ROCÍO M. OTERO
rotero@dia32.com.ar

Cae la tarde en Matheu, en la calle Portillo al 900 los mosquitos colman el aire y se empiezan a prender las pocas luces que alumbran el lugar, mientras los chicos siguen corriendo la pelota sin darle importancia a las picaduras, a la poca iluminación ni al cansancio de tanto ir y venir.

Hace dos años que esta escena se repite todos los días en las canchas que Antonio Rubén Sambucnach (33) armó en un baldío del barrio 1º de Julio, donde unos 80 chicos de entre 7 y 17 años pasan las tardes jugando al fútbol y los fines de semana compiten en la Liga Comunitaria de Escobar representando al vecindario.

Fanático de Boca y criado en el barrio, “Tony” pone todo lo poco que tiene al servicio de este proyecto, que comenzó y sostiene a fuerza de pulmón y corazón. Cada mañana, bien temprano, sale a hacer changas o a juntar cartones para darles de comer a su esposa y a sus siete hijos. Cuando regresa, al atardecer, se encarga de los asuntos del potrero.

“De entrada la idea fue que los chicos del barrio salgan de la calle y tengan un lugar donde pasar la tarde. Con el tiempo tuvimos que poner un horario fijo, que es de 16 a 22, porque si no había nenes todo el día”, le cuenta a DIA 32. Y agrega: “La única condición para que se puedan quedar y jugar es que todos vayan al colegio”.

Su esposa, Julia, es la encargada de cuidar a los futbolistas en formación. “Hay chicos que están todos los días acá, los padres los dejan porque saben que están bien cuidados. Nunca los dejamos solos, a veces más que una cancha parece una guardería. Incluso les festejamos los cumpleaños, hacemos ollas de chocolate y tortas fritas”, comenta la mujer.

El momento más esperado por los chicos llega cada domingo, a la hora del partido. “Es algo muy lindo lo que pasa cuando se arman los torneos. Hay chicos que jamás se movieron de acá y se emocionan mucho cuando salimos a jugar a otro lado y ven tanta gente que los espera”, señala “Tony”.

Sin embargo, todo lo que logró construir podría desmoronarse. Es que hacer todo sin dinero y casi sin ayuda hace que sea muy difícil afrontar los gastos más elementales, como los 2 mil pesos mensuales de alquiler del predio o los 800 del micro cuando les toca jugar de visitante.

“La verdad es que estoy pensando en dejarlo, la plata no alcanza y el sacrificio es mucho. Hay que comprar las pelotas, a veces hasta las zapatillas porque vienen chicos descalzos. Pero me da lástima dejar algo que nos costó tanto trabajo. Cuando agarramos, el lugar estaba horrible. Nosotros lo acondicionamos como pudimos, improvisamos arcos, compramos luces, todo solos”, se descarga “Tony”, también cansado de las típicas promesas políticas incumplidas.

En el fondo de Matheu, donde la calle se corta y los autos no pasan, entre barro y suelas gastadas, entre cartones y metales que la gente tira y ellos levantan para vender, nació este proyecto de inclusión social. De la sensibilidad de quienes puedan darle una mano dependerá que siga creciendo o que vuelva a ser un mero baldío más.

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