Fanático del teatro independiente, en su Fábrica Teatral de Garín se dedica a entrenar a un centenar de alumnos que quieren ser actores, productores y directores. “Siento que lo artístico compensa mi mundo interior”, asegura.

Al tiempo que estudiaba diseño industrial comenzó a trabajar en el sector comercial de empresas relacionadas a las telecomunicaciones. Pablo Shinji (50) recuerda que a los 28 años era muy osado, que viajaba por el mundo dando conferencias, que lejos estaba de creer que algún día se subiría a un escenario para interpretar a un personaje. Mucho menos que dos décadas después se ganaría la vida entrenando a más de cien alumnos en su Fábrica Teatral de Garín.

Fue durante una presentación en Buenos Aires que se dio cuenta de que le iba muy bien con la palabra, pero que si alguna vez tuviese que hablar sin estar protegido por esos pedestales que cubren el cuerpo, no sabría qué hacer con él.

Por esa razón decidió anotarse en un curso de teatro. “Nadie de mi familia había estado jamás relacionado al arte. Mi papá era un japonés que cultivaba flores y plantas en Garín, donde me crié”, le cuenta a DIA 32.

En 2001, mientras en Estados Unidos caían las Torres Gemelas, sus ideales y planes para el futuro también comenzaron a derrumbarse. Viendo cómo se le iba la vida a esa gente que quizá había soñado durante años con trabajar en el centro mundial del comercio, sus prioridades dieron un giro de 360 grados. “Negocié mi retiro y acá estoy”, resume.

Cuando se dio cuenta de que había perdido auto, obra social, vacaciones, aguinaldos y un buen sueldo, cayó cuatro días en cama. Pero se recuperó para dedicarse con ahínco al teatro. Desde entonces estudia, actúa, produce y da clases.

-¿Qué es la Fábrica Teatral?

-Nuestro objetivo es uno solo: formar actores. Para adultos hay grupos de principiantes, avanzados, entrenamiento actoral, producción teatral y clínica teatral. En los dos últimos los alumnos trabajan obras completas que se estrenan en una muestra de fin de año. Si el elenco quiere, la estrena profesionalmente al año siguiente. En 2018 estrenamos seis obras. Una vez un alumno me dijo: “Esto es como un laboratorio de emociones”. Y tiene algo que ver con eso: trabajamos mucho desde lo corporal, pero también desde lo emocional. El actor debe registrarse internamente, conocerse; así, a la hora de componer un personaje no hay obstáculos que lo impidan.

-¿Crees que se necesita talento para ser actor?

-Creo que está bueno tener talento, pero que no lo es todo. Hay muchos talentosos que se sientan sobre el talento y se que quedan esperando. Por otro lado, están los que quizá no tienen un gran talento pero poseen el sacrificio del trabajo, el compromiso y la voluntad, así supera a aquel talentoso que se quedó esperando.

-¿Vos sos de los talentosos o de los otros?

-Soy un laburante que le mete garra y que le encanta lo que hace. Yo era talentoso en el deporte: voley, béisbol, tenis, fútbol, ping pong, golf, mountain bike, y me ha ido bien compitiendo y participando de algunos seleccionados provinciales y nacionales. Ahora no estoy haciendo deporte, pero siento que lo artístico compensa mi mundo interior.

-¿Te gustaría participar de proyectos más comerciales?

-Nací, me hice y me encantaría morir en el teatro independiente. Con la tele entro en conflicto. Hace muchos años hice una tira que se llamó Valentino, el argentino -se emitió en 2008 por El Trece-, era una coproducción de Polka con una productora colombiana, pero la verdad no es algo que me atraiga. El cine me encanta pero se me complica con los tiempos. Ahora estoy ensayando El Candidato, una obra con un contenido muy fuerte. Un candidato a presidente que va primero en las encuestas y un medio de comunicación le mete una causa de violación y asesinato, lo destrozan. Es una reunión del candidato con su abogada. Aclaro que la historia no está basada en hechos reales, aunque perfectamente podría estarlo…

-¿Por qué volviste a Garín después de haberte ido a Capital por varios años?

-Siempre seguí viniendo porque visitaba a mi familia. Pero a partir de 2007 me quedé definitivo y eché raíces. Quise establecerme porque me gustaría que Escobar comenzara a sonar desde la cultura; formar actores que a su vez se conviertan en docentes, directores y que desde ahí se puedan empezar a corregir las falencias que el distrito siempre tuvo en relación a los proyectos culturales. Aunque es justo decir que actualmente la situación ha mejorado muchísimo con respecto a lo que era.

-¿En qué quedó la campaña para la apertura de un teatro en Garín, que habías lanzado en 2016?

-Fue una cruzada contra molinos de viento. En un momento apareció una estructura abandonada atrás de la estación, hicimos un proyecto que daba una sala para 200 personas. La idea era tener un lugar multiespacio, ya que en todo Garín no hay un teatro y en Escobar solo está el Seminari. Al final, después de muchas conversaciones, nos dijeron que la estructura de aquel lugar no estaba bien y ahí quedó la cosa.

-¿Cómo ves la situación del país?

-Si hay algo de lo que estoy lejos es de la ideología de este gobierno. Democráticamente fueron elegidos, por lo tanto uno intenta comprender que han hecho muy bien su trabajo dirigido a una clase social determinada e incluso solo a algunas familias. Nada para quienes más lo necesitan. Creo que lo que está sucediendo es muy injusto, que un albañil reciba una factura de luz de tres mil pesos no está bien. Para mí el país hoy está a la deriva, con el timón en manos del Fondo Monetario.

AUDITORIO PROPIO

La casita de las flores

Con su grupo de alumnos, en 2018 estrenaron seis obras: Ciclo Fontanarrosa; Terapia; Los Opas; Las Señoritas de Avignon; Cita a Ciegas y Mujeres, todas producto del trabajo realizado el año anterior en la Fábrica Teatral. Los títulos se presentaron en la sala Sumun del Paseo Mendoza, en Maschwitz.

Más que orgulloso, Shinji también cuenta que recientemente inauguró un espacio propio donde podrán representarse obras frente a ochenta personas. Se trata de la Casita de las Flores, que funciona en el mismo predio que la escuela y es el lugar donde su papá trabajaba cuando se dedicaba a la floricultura. Allí empaquetaban las rosas y las orquídeas. “Le pusimos ese nombre en homenaje a mi viejo”, dice, emocionado.

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