Llegar a los 100 años no es algo habitual, aunque es menos extraño de lo que se piensa. En Argentina, cerca de 8.000 ciudadanos alcanzan o superan actualmente esa edad, según datos del Registro Nacional de las Personas (RENAPER). En ese grupo selecto acaba de ingresar un vecino de Belén de Escobar: Jaime Benseñy, que celebró su primer siglo de vida con buena salud, la memoria intacta y una vitalidad que sorprende.
Con amplia mayoría de mujeres por sobre los hombres -tradicionalmente menos longevos-, el universo de argentinos que llegaron a las tres cifras tiene en Benseñy un caso que combina historia, trabajo y una fuerte conexión con la vida rural.
Proveniente de una familia de campo, Jaime Benseñy nació el 8 de marzo de 1926 en Salto Argentino, a 55 kilómetros de Pergamino. Cuando tenía seis meses, sus padres decidieron mudarse a Arrecifes, precisamente al paraje rural San Francisco, donde se instalaron en una chacra para trabajar con los animales, criando vacas y cerdos.
Con los años, empezó la escuela primaria, que no terminó, y al mismo tiempo ayudaba en los quehaceres del cuidado del ganado. “Mi locura siempre fueron las vacas”, confiesa en la entrevista con DIA32, que lo visitó en su casa.

Con muy buen estado de salud y una mente memoriosa que lo hace ubicar a la perfección en tiempo y espacio, muestra chispas de picardía y complicidad. “En la escuela éramos cuarenta alumnos, como mucho. Estábamos todos juntos en el mismo salón, desde 1º hasta 4º grado. Mi maestra se llamaba Esther, era petisona, gordita, se hacía respetar, entraba y no se movía nadie. Todos calladitos. Y el que se portaba mal, no salía al recreo. Yo hice hasta 3º, porque no me entraban las cosas (se ríe). Me gustaba el campo, no estudiar”, detalla, contando aquellos años, divididos entre cuadernos y terneros.
Entre tanto trabajo con los animales, “Jaimito”, como solían llamarlo en el campo, tenía lugar para un poco de distensión. A los 14 años empezó a usar pantalón largo y a ir a los bailes, que se hacían en un galpón detrás del almacén de ramos generales del paraje. Un evento con espíritu festivo que era inolvidable para esas generaciones.
Ir a un acontecimiento así era tentador y había que prepararse con todos los detalles, aún en plena década del ‘40. “Cuando llegabas había un peluquero y un lustra zapatos en la puerta, para atenderte. Porque íbamos a caballo y llegábamos llenos de tierra. Además, nos vestíamos con traje, corbata y una flor en el ojal. Yo me peinaba con un jopo. Teníamos mucho respeto, no como ahora. Había que pedir la mano de la chica a los padres, y te daban un tiempo para que armes el matrimonio”, cuenta con detenimiento en cada detalle, retrotrayéndose a tiempos imborrables para él, cuando era un verdadero soltero “pintón y codiciado”.

“El secreto para llegar a los 100 es tener salud y no quedarse quieto. Tengo amigos de ochenta que me dicen ‘yo pagaría por estar como vos’”.
Carnicería y familia
En 1947, cuando tenía 21 años, le tocó el servicio militar en Campo de Mayo. “Estuve en Puerta 4, ocho meses adentro. Cuando volví, mis padres me pusieron una carnicería, porque me gustaba eso y yo estaba acostumbrado a trabajar con las vacas”, sostiene, explicando cómo empezó a manejarse en el mundo de la carne, rubro que lo acompañó toda su vida.
En uno de los bailes conoció a quien se transformaría con el tiempo en su señora y madre de sus tres hijos: Margarita Novell. “Me casé grande, a los 30, antes estuve dos años de novio. Mi mujer hacía rato que me tenía ganas (risas), pero yo tenía otra novia, después recién pudimos formalizar. Margarita trabajaba en Arrecifes, en una tienda de ramos generales, y fue Reina de la Primavera. Yo tenía la carnicería en esa época, los dos trabajábamos”, señala.
Viviendo en Arrecifes nacieron Daniel y Cristina, sus dos primeros hijos, y en enero de 1960 la familia Benseñy se mudó a Belén de Escobar, buscando nuevos horizontes comerciales, donde después llegaría Teresita, su hija menor.
“Un amigo me propuso hacer una matanza grande de vacas para salir a vender carne, compró hacienda y empezamos con eso. Él ponía la plata y yo el trabajo, marcaba la hacienda, la apartaba. Antes estuvimos en Pergamino y, como los camiones no querían ir hasta allá, nos vinimos para Pacheco, a los frigoríficos”, señala, acerca del trabajo que iba haciendo y que lo acompañó durante décadas.

Después de seis años su socio se abrió comercialmente. Jaime siguió solo, se quedó con el camión para repartir y abastecía más carnicerías. “Empecé a vender cada vez más reces, porque tenía experiencia y ya me conocían en Escobar”, afirma. Era plena década del ´60 y Benseñy ya tenía un peso propio en el rubro de la carne, tanto en este distrito como también en Tigre, Pacheco y San Fernando.
En el partido de Escobar sus principales clientes eran los carniceros José Cópola, Raúl Mo, el “Chino” Ameghino, “Coco” Montuani, el “Negro” Pissani, “Tito” Morassini, Rubén Bengoechea y Cigliuti (Garín), entre algunos de los nombres que recuerda.
“Mi carne era muy buena y la hacía valer. Yo pagaba en el momento, los demás la sacaban a pagar. Entonces los matarifes me vendían lo mejor a mí. Los demás decían ‘eh, mirá Jaime, la carne que tiene y nosotros no’. Era por eso, ponía la plata, era una cadena”, confiesa, contando por qué su mercadería era tan buscada y elogiada, en tiempos donde en Escobar todos se conocían.

Secretos de la longevidad
Con 60 años de edad y más de 40 en el rubro de las vacas y los terneros, en 1986 se retiró de la profesión. Cansado físicamente por el desgaste de un trabajo que muchas veces lo hacía cargar y descargar medias reces todos los días, más aún cuando no podía ir el “hombreador” que habitualmente lo acompañaba en el camión. La falta de dinero en la calle y algunos saldos impagos que iba acumulando hicieron precipitar su decisión de dejar de trabajar.
En 2006 quedó viudo y tuvo que aprender a vivir sin la mujer que lo acompañó durante más de 50 años, un cimbronazo que supo asimilar con el amor y la ayuda de su familia. Siguió acompañando a su hijo al campo de Arrecifes todas las semanas, y diariamente recibe la visita de sus hijas, nietos -tiene siete- y su flamante bisnieto, uno de los motores de su motivación en el día a día. Ah, y hasta 2020 manejaba su vehículo sin problemas, renovando su registro anualmente.

“Hay días que me levanto más o menos, pero después ni me acuerdo y se me pasa. Ando bien del colesterol, de la presión. No tomo nada y solo tengo una operación, de próstata. Los doctores que me atienden son amigos y me dicen que ando bien porque casi no tuve operaciones”, sostiene, fuerte como un roble y con ganas de más desafíos.
Él es el más longevo de su familia. Su padre murió a los 72 y su madre a los 82. Sus hermanos también fallecieron: el mayor (Miguel) a los 93 y el menor (Manuel) a los 92. Con 100 años recién cumplidos, Jaime dice que no le da “bolilla a la edad”, pero su familia le organizó un cálido festejo, con la presencia de todos sus seres queridos y algunos amigos que lo acompañaron en la ceremonia (“los que quedan”, acota, pícaro).

“Estuvo muy lindo, mis hijos me hicieron todo”, agrega, agradecido por la celebración, donde no faltaron fotos de su infancia y juventud, anécdotas, rica comida, regalos y momentos inolvidables.
“El secreto para llegar a los 100 es tener salud. Tengo amigos de ochenta y pico que no andan bien y eso me pone mal porque son flor de tipos. Me dicen ‘yo pagaría por estar como vos’. Pero no hay que quedarse quieto, por eso me gusta ir al campo con mi hijo, me encantaría andar a caballo, pero no puedo”, declara Jaime, fanático de los guisos, los estofados de carne y los asados.
“Tengo siete nietos y un bisnieto, es una locura la que tengo con él, tiene dos años. Me lo llevan dos o tres veces por semana a casa, pero yo lo quiero ver todos los días”, confiesa al final, mientras pregunta si estuvo bien durante la nota. Un abuelo lleno de vitalidad, que día a día celebra la aventura de seguir disfrutando la vida.
