Los egipcios ya conocĂan la apicultura, pero las cosas avanzaron. No solo hubo cambios de formato sino que las colmenas ahora se compran hasta en Mercado Libre. AsĂ y todo, el ejercicio de mantenerlas sigue implicando mucho esfuerzo. Edelmar Abratte (50) no reniega de eso: por el contario, celebra ir por tierra o agua para atender las suyas o las de algĂşn amigo, vecino o alumno. El resto del proceso tambiĂ©n tiene sus mañas.
Su marca de miel se llama “Apiarios El Toti”, en homenaje a su padre, quien lo incentivó a retomar la tarea. Edelmar comenzó el aprendizaje del oficio en 1992, en la Sociedad Argentina de Apicultores (SADA). Pero una primera y mala experiencia lo desanimó: “Compramos un par de colmenas en Campo de Mayo y sin haber llegado a la segunda temporada nos robaron todo”, le cuenta a DIA 32.
Años más tarde, ya afincado en Ingeniero Maschwitz, su padre le avisó que estaban llamando a un concurso para enseñar apicultura en la zona. Se presentó, tuvo éxito y desde 1999 volvió al asunto del campo, la ruta, las colmenas, la floración y la mar en coche. Esta vuelta, con más precaución.
AlgĂşn tiempo se dedicĂł a la venta de publicidad, tambiĂ©n llegĂł a tener un vivero y actualmente es promotor de un programa del Instituto Nacional de TecnologĂa Agropecuaria (INTA). NingĂşn oficio para Ă©l tiene comparaciĂłn con la apicultura. Es que el proceso de la miel tiene ese no sĂ© quĂ©, un tanto difĂcil de entender para quien no lo vive de cerca.
Edelmar, con humor, lo describe: “Los apicultores somos meteorólogos, porque para salir dependemos del clima; veterinarios, porque las colmenas tienen enfermedades que debemos curar; carpinteros, porque los cajones ser arman, pintan y refuerzan; y farmacéuticos, porque sabemos las propiedades de la miel y de los propóleos”.
Lo que más disfruta es agarrar la ruta y llegar al campo. Tiene colmenas fijas en Los Cardales, Campana y Entre RĂos, pero tambiĂ©n traslada otras a distintos lugares persiguiendo la floraciĂłn. De acuerdo a la zona, se logra un producto diferente.

TambiĂ©n gusta de irse atrás de las colmenas de otros, con su consentimiento, claro. Hizo este trabajo en la primera y la segunda secciĂłn de islas del Delta, en varias oportunidades. AhĂ, con las mareas acechando, la logĂstica es más ardua.
El asunto de la miel tiene muchas aristas: los expertos saben de su textura, tacto en boca, granulaciĂłn, aroma, color y sabor. Hay de eucalipto, de ligustrina, de flor amarilla, de girasol… A la de la pampa hĂşmeda se la llama “miel de pradera”.
Cuando se juntan los que saben se hacen exposiciones y concursos por todo el paĂs. La miel más clara adquiere mayor puntaje, aunque no es el Ăşnico aspecto que se tiene en cuenta. El porcentaje de humedad tambiĂ©n incide en la evaluaciĂłn. Y ni hablar el sabor.
Aunque Edelmar no estĂ© interesado en resaltarlo mucho, desde 2008 compite con otras mieles y siempre se lleva un premio o una menciĂłn. Pero las devoluciones que más lo conmovieron Ăşltimamente fueron las del tĂo “Chacho” y Griselda, la comadre de su mujer. Ambos vienen probando los distintos tipos de mieles logrados cada año, pero esta temporada la sintieron especial: Ă©l, con sus 79 años, le asegurĂł que nunca habĂa comido una tan rica, y se lo repitiĂł 3 veces. Ella, santiagueña, le confesĂł: “Querido, esta miel me hizo acordar a la que sacábamos con mis hermanos de los árboles cuando Ă©ramos chicos”.
Edelmar transmite su conocimiento sobre apicultura en la Sociedad de Fomento de Maschwitz. En sus clases subraya la importancia de aprovechar todo lo que brinda la colmena y recalca especialmente que las abejas contribuyen a la biodiversidad. Aconseja tener apiarios chiquitos en distintos lugares, para no poner todas las fichas en el mismo lugar. Ya son muchos los valientes que se acercan y se van adentrando poco a poco en este oficio, que requiere mucho esfuerzo pero que, aparentemente, genera dulces resultados.
