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MATAR POR MATAR

Cuando la vida no vale nada

La inseguridad en Escobar fue noticia nacional en enero. En menos de 10 días, dos mujeres fueron asesinadas a tiros por delincuentes que entraron a sus casas a robar y terminaron huyendo con las manos vacías. Las historias de Noemí Condori y Nilda Villafañe.

Por FLORENCIA ALVAREZ
falvarez@dia32.com.ar

Suele decirse que Escobar es poco menos que un vergel de la seguridad en comparación con otros distritos del Conurbano, donde la problemática del delito se encuentra enquistada desde antes y con más intensidad. Pero las estadísticas son frías, no saben del dolor, del trauma ni de pérdidas irreparables. Que otros municipios cercanos sean más peligrosos no les da a los escobarenses alivio ni tranquilidad. Por eso los asesinatos de la joven Noemí Condori, en Matheu, y -a la semana siguiente- de Nilda Villafañe, en Ingeniero Maschwitz, ambos en ocasión de robo, causaron una profunda conmoción en la población. Y fueron noticia nacional.

Miércoles 11, 3.45 AM:

Noemí Condori (27) vivía en una casa que compartía con su esposo, Mario Quispe (30), sus dos pequeños hijos y su suegra, Tomasa Mamani, en la calle Colón 695, a siete cuadras de la ruta 25, en Matheu. Esa noche escucharon ruidos en el portón de entrada, como que estaban forcejeando la cerradura.

Mario se levantó, se asomó por la ventana y, como no vio a nadie, decidió salir. Hizo unos metros hasta la calle Colombia y vislumbró la sombra de dos muchachos que se iban caminando. Dio media vuelta y volvió, mientras sacaba el celular del bolsillo para llamar al 911. Todavía no entiende cómo lo vieron y cómo en tan poco tiempo ya estaban detrás de él. Hubo un breve diálogo:

– ¿Qué pasa Mario?, ¿todo bien?, preguntó uno de ellos, casi desde la esquina.

– No. Me quisieron robar, contestó.

– ¿Y qué estás haciendo? ¿Estás llamando a la gorra?, le siguió preguntando el delincuente.

En un parpadeo, el hombre que le hablaba y su cómplice entraron por la reja que había quedado abierta. Desde ese lugar y la entrada a la casa no hay más de dos metros. Noemí y la madre de Mario estaban afuera, en ese pasillo que terminó convirtiéndose en una trampa mortal. Es que una corriente de aire cerró la puerta principal, que tenía la llave del lado de adentro. Y cuando quisieron entrar no pudieron. Ellos y los ladrones -ambos armados- quedaron cara a cara, entre el frente de la casa y la reja.

“Al principio estaban tranquilos, como confianzudos, pero cuando vieron que no iban a poder entrar se empezaron a poner nerviosos, violentos”, le cuenta Mario a DIA 32. Y así, sin decir agua va, comenzaron a dispararles.

El primero lo hizo contra Noemí. Fue un solo balazo en el pecho el que acabó con su vida. Mario, intuitivamente, levantó un brazo como para protegerse, o defenderla, no sabe. Dos de los tres disparos que le propinaron le fracturaron un dedo y le hirieron la mano izquierda. El tercero le rozó el hombro. Los asesinos escaparon robándole el celular.

Un vecino trasladó en su camioneta al matrimonio hasta la sala de primeros auxilios de Matheu. Desde allí, en ambulancia, fueron llevados al hospital Erill, donde no pudieron reanimar a Noemí.

Viernes 20, 3.30 AM:

Fue una de las noches más calurosas del mes. Nilda Villafañe (54) dormía junto a su esposo, Miguel Lucero, en el primer piso de una casa ubicada sobre la calle Lambaré 58, a media cuadra de la Colectora Oeste, en Maschwitz. La habitación da al frente y tiene un balcón con una puerta-ventana que estaba abierta para que entrara aire.

Dos delincuentes que pasaban por ahí vieron una oportunidad fácil: treparon por el pilar de la luz, de un salto accedieron al balcón y de ahí a la vivienda. Armados, con los rostros ocultos bajo medias de nylon y guantes de látex en sus manos para no dejar huellas, recorrieron en silencio las habitaciones. Primero despertaron al matrimonio y después a la hija, Antonela (21). Pero el caos comenzó cuando fueron a la habitación del menor, Miguel, de 15 años, que dormía un piso más arriba.

Como el chico no reaccionaba con los gritos, comenzaron a dispararle a quemarropa. Le dieron tres balazos en el hombro y otro le rozó la cabeza. En un intento desesperado por salvarle la vida, su madre se tiró sobre él para protegerlo con su cuerpo. Los dos sujetos no tuvieron el mínimo de piedad. El único disparo contra ella fue directo a la cabeza. La dejaron moribunda, tirada en el piso, y escaparon sin llevarse absolutamente nada.

Uno huyó por el mismo balcón por donde había entrado, y el otro se tiró por una claraboya ubicada en un altillo, a unos ocho metros de altura. Cayó en un terreno lindero donde funciona un autoservicio y desapareció.

Nilda fue trasladada junto a su hijo al hospital Erill y luego al sanatorio de los Arcos, en Palermo, donde murió luego de agonizar durante dos días. El último parte médico indicó que el joven estaba fuera de peligro.

Sueños truncados

La familia de Nilda es oriunda de Córdoba. Los cuatro llegaron a Maschwitz ilusionados con una nueva vida, con otras oportunidades. Su esposo es topógrafo y había sido contratado para trabajar en las obras de la planta potabilizadora que la empresa Aysa está construyendo en Dique Luján.

Se habían mudado hacía seis meses y, aunque los vecinos casi no los conocían, los pocos que tuvieron contacto con ella recuerdan lo feliz que estaba con el cambio de vida y con su nuevo hogar. Nilda era ama de casa y una ferviente creyente en Dios que dedicaba gran parte de su tiempo a la iglesia.

Los Lucero son una familia de muy bajo perfil, que en todo momento se mantuvo en el más absoluto silencio. No se dieron a conocer y, tras el trágico hecho, ni el viudo ni sus hijos volvieron a poner un pie en la casa de la calle Lambaré.

En cambio, la familia de Noemí salió a la calle a pedir justicia y se hizo oír en dos oportunidades con importantes marchas en Belén de Escobar y en Matheu. Ambas estuvieron encabezadas por su marido y apoyadas por varias organizaciones sociales. Noemí militaba en el FOL (Frente de Organizaciones en Lucha) y era integrante de una cooperativa del programa nacional Argentina Trabaja. Hacía tareas como pintar escuelas y jardines de infantes o trabajar en los comedores, por lo cual recibía una asignación mensual de $ 1.200 que ayudaba a parar la olla del hogar. También estaba haciendo un curso de capacitación en costura.

Con Mario se conocían desde chicos, pero empezaron a salir de más grandes, cuando hacían deporte juntos en el predio de la Colectividad Boliviana y él se destacaba en el equipo de fútbol de su suegro. Se casaron en 2004 y tenían dos hijos: una nena de 9 años y un varón de 6.

Mario la recuerda como “una buena chica, muy alegre, te hacía reír con cualquier cosa. Cuando yo estaba triste o llegaba cansado de trabajar, ella siempre encontraba la manera para alegrarme”. Dice que piensa una y otra vez en el último día que pasó con ella y que no dejan de rondarle mil cosas por la cabeza. “Sino hubiera sido por la corriente de aire que cerró la puerta, la historia hubiera sido diferente. También pienso que tendría que haber llamado al 911 antes de salir, pero cosas así pasan todo el tiempo y la policía no viene cuando uno la necesita. Yo quería saber si eran los mismos pibes que andan juntándose en la esquina para denunciarlos. Mi idea no era enfrentarlos. Lo que pasa es que nosotros no sabemos qué hacer”.

Donde los delincuentes mandan

Mario cuenta que entre las 2 y las 3 de la mañana ellos siempre están despiertos, porque es la hora en que pasa un grupo de jóvenes “con barretas en la mano para robar”. Su hermana, que vive en diagonal a su casa, ya sufrió varios robos. Le llevaron dinero, una computadora, un televisor y todas las herramientas que su marido utilizaba para trabajar.

Entre ella y Mario se cuidan, están atentos a si ladran los perros o a si hay alguien sospechoso dando vueltas por la calle. “Una vez interrumpí un robo en lo de mi hermana, los vi y se fueron corriendo. Creo que por eso también me tenían bronca”, supone Mario.

El barrio parece estar tomado por un grupo de pibes que aspiran pegamento en las esquinas y vigilan todo lo que pasa. Están liderados por uno al que apodan “Poxi” o “Tapón”. Su nombre es Gastón: “Se para en la esquina con la bolsita y se entera de quién entra y quién sale. La policía misma dice que está quemado. Pero el tipo no es ningún tonto”. Un vecino le dijo a Mario que fue Gastón el que en diciembre le robó del garage dos cajas con adornos de Navidad que Noemí vendía los fines de semana en la feria de Lambertuchi.

Es que ese barrio, según sus habitantes, es tierra de nadie. De noche solo lo iluminan la Luna y los faros con sensores de movimiento que algunos vecinos instalaron en la puerta de sus casas. Fue gracias a esa luz que Mario llegó a verles el rostro a los asesinos, a pesar de estar vestidos con ropa oscura y gorras con viseras.

A raíz del dramático hecho, la familia Quispe se quedó sin ingresos. Mario, por el momento, no puede trabajar en la construcción por las heridas en su mano. Es su madre, una señora mayor, vendedora ambulante de verduras y flores, quien lo está ayudando. Pero ahora ella también tiene miedo de salir. Mientras daba sus vueltas cargando las bolsas fue amenazada: “Decíle a tu hijo que se calle”, le advirtieron.

La investigación judicial

Ambas causas están a cargo de la fiscal Irene Molinari. Por el caso de Nilda Villafañe se realizaron varios allanamientos en el barrio Lambaré y un menor de edad, de 16 años, quedó detenido bajo la sospecha de haber participado del hecho. El autor material del crimen sería un sujeto mayor de edad, sobre quien se libró un pedido de captura. En las pesquisas también se incautó una pistola 9 milímetros, robada semanas atrás a una mujer policía. Suponen que es el arma con la que dispararon a la mujer y a su hijo, pero eso se sabrá cuando estén los resultados de las pericias.

En cambio, las pistas por el caso de Noemí parecen estar más verdes aún. Mario Quispe participó de tres ruedas de reconocimiento en las que no pudo identificar al autor del crimen entre ocho sospechosos. También lo citaron para confeccionar un identikit del asesino.

Si bien el mentado Gastón estuvo demorado porque fue señalado como allegado a los homicidas, lo liberaron a las pocas horas ya que no se pudo comprobar su relación con el hecho. En un allanamiento realizado en el barrio Villa Saboya, secuestraron un arma calibre 22 con municiones, pero finalmente se comprobó que no fue la utilizada en el homicidio. Por ahora, los asesinos gozan de una inmerecida libertad.

Dos historias con muchas semejanzas, que denotan el grado de vulnerabilidad al que está expuesta la población y el creciente nivel de violencia irracional de algunos delincuentes, que no hacen diferencias entre dejar vivir a sus víctimas y matarlas por matar.

El mismo dolor

Los tíos, primos y amigos de Mario Alzugaray (26) se sumaron a las marchas en las que se pidió justicia y el esclarecimiento de la muerte de Noemí Condori. En ambas oportunidades acompañaron las movilizaciones con fotos de Marito, “para que estas cosas no vuelvan a suceder”, dijo su tía, Silvia.

El caso de Mario también ocurrió en Matheu, el 3 de agosto pasado. Lo asaltaron cuando entraba a su casa después de cenar con amigos y lo mataron de un tiro en el pecho. ¿Qué el robaron? El celular y la billetera.

Su madre, Susana Cabrera, quien no asistió a las marchas porque sus horarios laborales no se lo permitieron, le dijo a DIA 32 que los dos asesinos de su hijo están presos, “son mayores de edad y tienen antecedentes penales”. Por lo que todas las condiciones están dadas para que luego del juicio -del que esperan fecha- les den la pena máxima.

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