El excepcional artista plástico internacional se brindó a una charla íntima con DIA 32. Habló de su carrera, sus experiencias en Europa, sus proyectos y reveló la preocupación que siente por el deterioro del lugar donde vive. “No hay sentido de pertenencia”, afirma.
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Por HÉCTOR O. SÁNCHEZ
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Carisma, sensibilidad y talento son las principales virtudes que afloran en la personalidad de Juan Manuel Díaz Puerta, un artista plástico internacional que ama lo que hace. Desde 1997 exporta su arte a varios países europeos y ahora se prepara para presentar en Guatemala una serie de cuadros en blanco y negro que realmente impresionan por su realismo. Además de pasarse días enteros encerrado para producir, da clases de pintura y le dedica algunas horas a la música, otra de sus grandes pasiones.

Un cálido atardecer de febrero, Díaz Puerta recibió a DIA 32 en su casa de la calle Spadaccini, más precisamente en el atelier, donde lo primero que impacta es la cantidad de libros y discos compactos que inundan los estantes colocados sobre las paredes laterales. Sabina, Charly García, Fito Paez, Gieco, Spinetta, Serrat y Soda Stereo son algunas de las colecciones completas de su discoteca personal, donde también se mezclan Génesis, Yes, Beatles, Fabiana Cantilo, Arco Iris y un puñado de intérpretes locales.

Antes de que el grabador se encienda, Díaz Puerta se asegura de que los invitados estén tan cómodos como él. Entonces sí, gaseosa y snacks de por medio, está listo para hablar de su carrera, de sus vivencias en el viejo continente, de sus nuevos proyectos y también para revelar la crítica mirada que como ciudadano tiene de Belén de Escobar, a cuya comunidad le detecta un doloroso y grave defecto: haber perdido el sentido de pertenencia.

El hombre del pincel

¿Cuándo empieza a despertarse tu interés por la pintura?

De chiquito me gustaba dibujar y en el secundario empecé a hacerlo más seguido. Mi viejo pintaba cuando eran joven, pero yo nunca lo vi hacerlo. Era muy amante del arte, tenía montones de libros de pintura, nos llevaba a exposiciones y tenía amigos pintores. Todo esto influyó para que la pintura fuera algo familiar para mí. Cuando terminé la secundaria pensaba estudiar Arquitectura, porque tenía una veta artística. Pero me decidí por Bellas Artes. Como era la época militar tuve que dar el examen de ingreso, que era bastante riguroso, y lo pasé con lo justo: saque 7 en dibujo y 8 en el teórico; 7,50 fue la nota más baja que entró, así que si fuera por el dibujo no hubiera entrado. Si tenés esta inquietud innata, está bueno estudiar. Los talleres y la comunicación con otra gente te nutren mucho.

¿Te obsesionás cuando estás haciendo un cuadro?

La verdad que sí. Trabajo todo el tiempo, puedo estar todo el día, muchos días seguidos. Por eso cada tanto tengo que descansar, porque estoy con bastante stress.

¿Sos de romper obras?

En una época me pasó, pero ahora me arrepiento y ya hace unos años que no me sucede. Porque pienso que si en el momento que lo terminé estaba muy copado, lo tengo que respetar y bancar. Pero sí, en un momento las destruía o las tapaba.

Tu trayectoria, por los estilos, se puede dividir en varias etapas…

Sí, es que me gustan muchas cosas: el paisaje, las figuras, la arquitectura. Y también me gustan muchos géneros, el color, el blanco y negro, el óleo, el acrílico, la acuarela… Si me canso de una paso a otra. Ahora estoy como en una época de síntesis, metiendo todo.

¿Qué fue lo mejor que te pasó en una exposición?

Cuando era más joven alucinaba con cualquier cosa que me decía la gente, era increíble, impresionante, algo maravilloso. Ahora expongo, dejo los cuadros y no voy mucho a las muestras. Me desentiendo.

¿Tomás a la pintura como un trabajo?

Sí, es un trabajo. ¿Cómo llamar a algo en lo que estoy todo el día metido? Pasa que es un trabajo que me gusta mucho y me causa placer, como deberían ser todos los trabajos. Pero para que me salgan las cosas que me salen me ha llevado mucho esfuerzo, mucho estudio, mucha práctica. Entonces siento la satisfacción o el placer por acercarme a hacer algo que imaginé. Es la diferencia con la música, ahí estoy limitado técnicamente, no toco lo que yo quiero, toco lo que me sale. Con la pintura tampoco hago exactamente lo que quiero, pero tengo más para pelear.

Hablemos de tu relación con la música…

Con la música… bueno, yo no soy músico. Me encanta, he tocado y toco con unos músicos increíbles, pero no sé cómo me aguantan porque no soy bueno. Tocar me produce algo que no lo siento con ninguna otra cosa, es una descarga, me hace muy bien, me encanta. Tiene algo muy especial.

¿Cómo sería la comparación entre la sensación de placer que te provoca pintar un cuadro y la de tocar en vivo?

Son cosas muy distintas, porque la pintura es para adentro, es algo súper íntimo. En cambio, la música para mí es un vehículo de sociabilización, conocer gente, es como una fiesta…

Acá y allá

¿Tuviste que patear mucho la calle para conseguir galerías en el exterior?

En Europa debo haber recorrido 50 ó 60 galerías hasta que me dijeron que sí. Allá hacen 7 ú 8 exposiciones por año y hay muchos pintores. Lograr una exposición en una galería privada es un gran triunfo, que te acepten es una señal de confianza muy grande. Igual, el hecho de ir y golpear en muchas puertas fue un aprendizaje enorme, porque todos los galeristas me dijeron cosas muy positivas y eso también fue como un nutriente. Ahora tengo todo más armado.

¿Cuáles son las principales diferencias que percibís cuando presentás tus obras allá?

Los europeos son más fríos, es más difícil conmoverlos. Acá somos muy cálidos, la gente es muy abierta, somos como más jóvenes en ese sentido y es muy linda la respuesta del público.

Y en cuanto a la experiencia en sí de viajar y exponer, ¿qué valorás más?

Hay dos planos. Yo me fui al exterior para enriquecerme culturalmente, pero también está lo económico. Acá vender cuadros es un poco complicado. Aunque no suene bien, mi experiencia me marca que ese lado es el plano más positivo. De todos modos, mi felicidad solo pasa por pintar.

Del primer al tercer mundo, ¿qué grandes diferencias aprecias?

Tercer mundo es una expresión que no me parece justa, aún cuando nuestro país tenga muchas necesidades que no están resueltas. Pero, comparando, lo primero que salta a la vista es que acá está todo muy sucio, hay veredas rotas, rutas sin banquinas. Y aunque lo tomemos como algo secundario, es básico, no está bueno que lo dejemos pasar porque nos quita calidad de vida. Otra cosa es el trato entre las personas, que me parece que se ha ido deteriorando. Hay mucha agresividad y maltrato, está todo como a punto de explotar. En otros lugares están un poco más tranquilos. De todas formas, Argentina es un hermoso lugar.

¿Qué cosas de allá te cautivan?

La arquitectura en esos países está bárbara y el arte que tienen es maravilloso, porque son lugares con una historia impresionante. La pintura que tienen España o Italia es increíble. Salvando las distancias, y sé que es horrible la comparación, ir a ver a Miguel Ángel a la Capilla Sixtina para mí es exactamente igual a lo que podría sentir viendo en el estadio el partido de Argentina contra Inglaterra en México ‘86. Para cualquier amante del arte es increíble ver el cuadro tal como lo dejó el autor. Y en Europa hay grandísimos atractivos para ir a ver.

Escobar y la política

Con tantos viajes y estadías en Europa, ¿seguís sintiendo que Escobar es tu lugar de pertenencia?

Si, acá esta mi casa, la familia. Cuando viví en España extrañaba muchísimo, aunque ahora no tanto. No es que esté enojado con Escobar, pero me pasa que el pueblo no está como antes. A mí me encanta que cambie, que se haga una ciudad enorme y que haya torres. Pero si lo hacen bien, con buenos edificios y con servicios mejorados. Estéticamente tengo un proyecto: plantar árboles por todos lados. Y una utopía: bajar la vía, hacerla trinchera, desde el “Puente Negro” hasta pasando el San Vicente, sin viaductos. Y subir la Panamericana, que es la otra gran cicatriz que tiene el pueblo, para que todas las calles pasen por debajo. Por ahí es un delirio, pero yo sueño eso.

¿Qué es lo que menos te agrada de Escobar?

Me dejo llevar por sensaciones. No sé si tiene que ver con los gobiernos o con el deterioro social, pero cuando salgo a la calle noto que hay mucha tristeza y frustración. Creo que la política, tal y como está ahora, no es un instrumento de cambio. No creo que los políticos representen a la gente y no me siento representado por nada en lo municipal. Pienso que la gran mayoría de la gente que trabaja en política lo hace por su afán de liderazgo, para tener una posición social que cree prestigiosa, pero en los hechos no se ve que sea un servicio para la gente. Por más que digan lo que digan en sus discursos, la palabra no vale nada si no se acompaña con hechos. Pero tampoco quiero cargar tanto las tintas sobre los políticos locales, porque pienso que el Conurbano se lleva puesto a Escobar. Estamos metidos en un sistema que no nos beneficia.

¿Alguna vez te sentiste un poco más representado?

Cuando era intendente Larghi. Me pareció una buenísima persona, lo veías por la calle, que trabajaba, pero después de eso no he visto nada muy positivo. Un gran problema de Escobar es que no hay sentido de pertenencia, no hay orgullo por el pueblo. Y podrás criticarlo por muchos motivos, por su historia pasada, pero durante la intendencia de Patti eso se había revertido un poco, los escobarenses tenían orgullo de serlo y eso se ha vuelto a diluir.

¿Te plantearon alguna vez participar en política o sentís que podrías llegar a participar?

Me ofrecieron, pero ni hablar. No es lo mío para nada. Yo quiero estar tranquilo y pintar.

Perfil

Hijo de Rosa Puerta y Juan José Díaz Moreno, Juan Manuel Díaz Puerta nació en Concepción del Uruguay (Entre Ríos) el 1° de setiembre de 1965. Al año siguiente pasó a vivir en Zelaya, donde su padre consiguió trabajo en la fábrica San Sebastián. A finales de los ’70, la familia -también compuesta por su hermano, José Ignacio- se estableció definitivamente en Belén de Escobar, en una casa de la calle Spadaccini, a dos cuadras de la terminal, donde todavía habita.

Su “primerísima” exposición -así la llama- fue en diciembre de 1982, en un antiguo local de la librería “Dodito”. Su dueño, Alejandro Raful, se interesó por los dibujos que hacía y le facilitó un lugar para mostrarlos. Quince años después debutaría en el exterior en una galería de Mágala, España.

Su última presentación fuera del país fue el año pasado, en Guatemala, donde volverá entre julio y agosto con una serie de veinte cuadros en blanco y negro pintados sobre acrílico (imágenes en pag. 16 y 17). Italia y Francia son otros países en los que mostró su arte.

Dueño de una capacidad notable, llegó a pintar cuadros de 5.10 de ancho por 3.60 metros de alto.

“¿Mi mejor exposición? Hubo varias: en 2002 en el Centro Cultural Recoleta; dos años después en el Museo Metropolitano; unos meses antes de irme a España, en 1996, también hice una muy linda acá, en la Casa de la Casa de la Cultura. Pero pienso que la mejor es la que está por venir…”, promete.

Tiene una página en la web: www.diazpuerta.com.ar.

Magdalena y su faceta musical

Autostop y Arriba las Manos fueron las dos bandas que en la trayectoria musical de Díaz Puerta precedieron a Magdalena, que después de quince años pasó de trío a cuarteto con la incorporación del guitarrista Ismael Festa, mientras que los parches y platillos son dominio de Dino Medeu.

“La clave de la banda está en que nos complementamos muy bien con Iván (Alvarez), que sigue siendo el capitán del barco. Yo hago las letras y él compone la música”, explica el artista plástico y aquí bajista. Sus comienzos con las cuerdas fueron como el de la mayoría de los adolescentes: “Empecé cuando estaba en el colegio, para conocer chicas. Pero ahora pongo el énfasis en lo musical”, cuenta. Y promete que antes de irse a Guatemala habrá un nuevo concierto de su querida Magdalena.

Los gustos de “Juanma”

Si tenés que llevar un puñado de discos a un encuentro con amigos, ¿cuáles elegís?: Close to the Edge, de Yes, El lado oscuro de la luna, de Pink Floyd. Y música clásica también. En lo nacional, de Charly y La Máquina, Películas, el primero de Serú y Artaud, de Spinetta.

¿Libro favorito o de cabecera?: Uno que leí en estos días y que es impresionante: El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde. Tiene reflexiones muy grosas sobre la estética.

¿Películas que recomendarías?: Viridiana, de Buñuel. Todas sus películas están bárbaras.

¿Escuchás radio?: Casi nada. Por ahí, fútbol.

¿Y televisión?: Veo muy poca. Canal Encuentro y el fútbol.

¿Qué diario o revista lees habitualmente?: La Nación, todos los días.

¿Un lugar predilecto de Escobar?: Parque Belén, el Jardín Japonés, la plaza del centro. También hay muchos caminos de tierra entre Loma Verde y Zelaya que están buenos para ir a caminar.

¿Pasatiempo habitual?: Me gusta jugar al fútbol, pero ahora no tengo tiempo.

¿Hincha de…?: River. Aunque estemos en una época de vacas flacas, es el momento para decir que lo quiero de verdad. Escucho a muchos que dicen “yo ya no soy más de River”. Y yo les digo: Nunca lo has sido.

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