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“CACHO” SUREDA

“Quiero morir abrazado a una butaca”

A los 84 años, el fundador del teatro Girona revela sus experiencias, pensamientos y opiniones sobre múltiples temas, en un mano a mano íntimo con DIA 32.

Por ARIEL J. SPADARO
aspadaro@dia32.com.ar

Edberto Ulises Sureda nació el 25 de julio de 1924 en Santa Marina, partido de Necochea. Debutó en teatro en 1944 y luego en el cine, en 1947, junto a Niní Marshall, Tito Lusiardo y Fernando Lamas, en Navidad de los Pobres. Hace 53 años que vive en Escobar. Fue secretario privado del Intendente Oscar Larghi (1983-1985) y director de Cultura del Municipio (1995-1997). Pero su gran obra data del s de abril de 1989, cuando a los años concretó el sueño de fundar un teatro, al que, a modo de homenaje, le puso el nombre de la dudad catalana en la que habla nacido su padre: Girona. Reservado para con los demás y consigo mismo, Sureda se pone cómodo en su escritorio y se ofrece al diálogo con DIA 32 dispuesto a contestar sobre cualquier tema.

¿Qué representa haber llegado a los veinte años con el teatro Girona?

No es fácil, porque lleva implícita toda una historia, se juntan un montón de cosas. Es como volver a mi pueblo y encontrarme con ese escenario donde yo actuaba arriba de tanques de querosene y una escenografía de arpillera. Es como si pusiera en la pantalla una película y viera la proyección desde que comienza hasta que termina. Eso pasa por mi mente permanentemente.

¿La experiencia de tener un teatro resultó como imaginaba al empezar?

En realidad, a quienes hemos hecho teatro toda la vida nos sobrepasa siempre la imaginación. Yo cumplí un sueño, quizás demasiado lirico para el mundo en que vivimos, porque fundé un teatro, no un comercio. Felizmente, todavía estoy lúcido y tengo las mismas ilusiones que tuve en aquel abril de 1989, porque esto sirvió de plataforma de lanzamiento de mis hijos: Femando hace una carrera brillante en Buenos Aires, Grádela está inventando cosas nuevas acá y actuando en España y en Cuba, y Gisela cantando y dando clases de canto. Todo esto forma parte de una historia. La historia de un teatro no muere nunca.

A nivel oficial, ya sea nacional, provincial o municipal, ¿recibe algún tipo de apoyo el teatro?

El único subsidio que recibimos son 1.200 pesos mensuales del Instituto Nacional del Teatro, que se fundó en 1997, aunque debemos agradecer a muchas personas. Entre ellas, a la señora Cristina Álvarez Rodríguez, que en la época de la desgracia de Cromagnon, siendo presidenta del Instituto Cultural de la Provincia, se enteró de este teatro por un amigo y un día, sin preguntar quién era yo, de dónde venía ni qué color de camiseta tenia, me puso un cheque de diez mil pesos arriba del escritorio. También a un muchacho que es médico y se inició en teatro cuando fundé el Grupo Apertura, que duró diecisiete años, que me trajo otro cheque de una suma importante para que pudiera reparar el techo del teatro. O el caso de otro muchacho que estudió con mi hijo, y al verme en la calle hace unos días se ofreció a pintar gratis el teatro para este aniversario. A mí se me hizo un nudo en la garganta… Todas esas cosas me quedan grabadas y me conmueven, porque ves que en algunas personas hay sensibilidad.

La persona

¿Qué proyecto personal no pudo cumplir?

Yo diría no poder avanzar en la medida que me hubiera gustado. En una ocasión, Carlos Rottemberg me dijo: “Sureda, te admiro por lo que hiciste, pero este teatro instalado en Buenos Aires hubiera sido otra cosa”. Acá tenemos una competencia del teatro oficial de 400 butacas contra 200. Pero bueno, eso no me privó de traer a muchos actores importantes y hacer grandes amistades.

¿De qué color es el hambre en el teatro?

Tiene un color que hay que conseguirlo. Cuando te venís viejo, y no tanto, hay muchos que se quedan sin trabajo, porque se tiene preferencia por las figuras que presentan por televisión, que no son más de diez o quince. Es muy triste que el resto vaya a parar a la Casa del Teatro. En algunas ocasiones he ido y me encontré con actores a los que vi actuar de jovencitos… y sufría. Por eso pienso que peor que el hambre es llegar a la vejez.

Cuando se mira al espejo, ¿dónde encuentra al ser humano y dónde al padre?

Lo primero que encuentro cuando me miro al espejo es que me veo muy viejo. Y me digo: “esto no es joda”. Siempre en el sentido de lo que significa el ser humano: tus arrugas, tus cosas, tu potencial para el trabajo. Pero pude hacer muchas cosas y pienso que soy un privilegiado. Soy un tipo muy creyente y no me acuesto sin decir una oración. En los momentos difíciles pienso que Dios me ha pegado algunos coscorrones diciéndome: “Esto no lo hiciste bien». Pido mucho por mis hijos, pero también pido por la gente, que en un país como Argentina todavía está sufriendo.

¿El Girona se devoró al hombre?

Más que al hombre, al empresario. Trabajé toda mi vida y, sin embargo, no tengo dinero. Pero no lo llamaría fracaso, porque cuando fui empresario y había algo que moralmente no aceptaba, me hice respetar.

Saliendo de la vida teatral, ¿cuáles cosas son las que más lo reconfortan y cuáles las que más lo amargan?

Una es haber realizado este sueño. Otra, mi nombre. Me quedaron grabadas las palabras de mi padre cuando me iba a la estación a tomar el tren: “Acordate que llevás un nombre…”, me dijo. Y eso lo grabé no solo en la mente sino en el corazón. En la actualidad viene gente, yo digo filósofos de la docencia, con los que me da gusto hablar, pero cuesta encontrar gente así. Todas esas cosas te reconfortan y te ayudan a vivir. Acá hay gente que tiene mucha plata y vive comprimida. ¿Sabés lo que es sentirse libre y cuando te ofrecen cosas, poder decir que no?

También me encanta el fútbol. Todavía tengo la foto de cuando jugué en la cancha de River junto a Renato Cessarini. Yo jugaba de diez y en esa época estaba en el Cervantes. Y lo que más me molesta es la deslealtad. En la vida recibís mucha deslealtad, gente que viene, te abraza y cuando sale a la puerta ni se acuerda cómo te llamas. Yo nunca fingí una amistad y esta altura de mi vida he perdido amigos del alma. Estas cosas de la vida también te van formando.

Su padre parece tener gran influencia en su vida, ¿lo tuvo siempre como referente?

Mi padre fue un modesto campesino de Girona que iba a vender a la feria. Tenía una instrucción general que nos volcó a todos sus hijos. Cuando veo esto que pasa con la gente del campo recuerdo que mi padre les salía de garantía en la carnicería y otros comercios a los que tenían que esperar para levantar la cosecha año tras año. Era un catalán fuera de serie. Lo evoco siempre, y cuando se inauguró el teatro dije: “Este es un homenaje que no le pude rendir a mi padre porque me fui de mi casa». Yo lo veo sentado ahí.

El hombre público

Hoy y a la distancia, ¿qué evaluación hace de aquella gestión suya al frente de la Dirección de Cultura?

Primero, debo decir del respeto que tuvo por mí (Luis) Patti, porque lo primero que le dije fue: «Yo quiero la llave de la Casa de la Cultura, porque la gente la pongo yo». Y me respetó al mango. Como en otra ocasión, en la que llevé un presupuesto para hacer el piso de la planta alta y el arquitecto del Municipio nunca venía, entonces me busqué dos albañiles y los puse a trabajar. Cuando le estaba explicando lo que pasó, Patti me interrumpió: “Sureda, quédese tranquilo que yo soy más transgresor que usted”. Pero, volviendo a la pregunta, pienso que cumplí. En una ocasión, el médico Jorge Testa, con el que me atendía, me dijo: “Mire Sureda, usted tiene un modelo ’24 y estamos en 1997. Vuelva a su tierra, lo que hizo en estos dos años no lo hizo nadie. Si le dan a elegir, ¿quiere morir en la Casa de la Cultura o en el teatro?”. Y le respondí: “Yo quiero morir abrazado a una butaca”.

¿Lo enorgullece su paso por la función pública?

Por supuesto. Yo perdí a algunos que se decían amigos porque había aceptado el nombramiento. Hay quienes no se dan cuenta de que la cultura no tiene color político.

¿Ve o notó en algún momento que haya una política cultural en Escobar?

Siempre pienso que inauguré una nueva etapa en Escobar. Y, sin ánimo de sentirme mejor que otros, digo que no podés hacerte cargo de un ente de esa naturaleza si no estás formado, a tu manera, pero formado, para hacer cosas que realmente dignifiquen la cultura. Cuando estuve quería ir barrio por barrio a llevar cine y teatro, pero los tiempos no me dieron y no lo pude cumplir. Pensé: “bueno, vendrá algún otro y lo hará”. Pero hasta ahora pasaron doce años…

¿Cómo se define políticamente?

Fui radical toda la vida, aunque de pibe tenía mucho de socialista romántico con mis cosas de la poesía.

El ciudadano

Cuando de otros lugares le preguntan por Escobar, ¿usted qué cuenta?

Les tengo que contar la verdad. Hace poco, cuando me rompieron los vidrios de la puerta, un señor que no es de acá me preguntó si Escobar era la capital nacional de la flor o del graffiti. Y eso me dolió. Yo cuento la verdad, pero faltan muchas cosas y acá es donde cada uno tiene que poner su granito de arena.

¿Qué cosas, prioritariamente, cree que le faltan a Escobar?

Cuando yo llegué era un pueblo familiar, se conocían todos, pero no se proyectó en la medida que se debía y con relación a cómo creció la sociedad. Si hacés una casa, primero tenés que presentar un plano. Acá falta eso, porque hay un desborde, se está creciendo con edificios y de­más, pero falta una estructura para la gran ciudad que se viene. Yo tengo un gran respeto por el gobierno actual y todo el mundo tiene que contribuir, pero la gente va a contribuir cuando vea que vos vas a hacer algo. Además, desde arriba llega apoyo en un momento dado y si después no les gusta la cara del intendente, o viceversa, se posterga al partido, porque algunos más que políticos son politiqueros.

La última pregunta

Vuelva a mirarse en el espejo, ¿qué pasará cuando usted ya no esté en el Girona?

Primero, me gustaría saber si todo el mundo se puede mirar al espejo. Yo, viejo y todo, me puedo mirar. No tengo angustia respecto de lo que va a pasar cuando yo tome el último tren. Conozco a mis hijos, pero sé que tienen posibilidades artísticas y mantener este teatro no es nada fácil. Habrá que encontrarle una so­lución y nosotros ya se la estamos buscando. Con el teatro o sin el teatro, esto tendrá que ser un espacio de cultura.

Cuestión de gustos

Un equipo de fútbol: River Plate, desde los ocho años. Todas mis hermanas son de Boca.

Un canal de televisión: Volver, porque hay mucha gente que conozco. También programas políticos, con preferencia por algún entrevistador.

Una AM o FM: Radio 10, la dejo encendida y me duermo con ella.

Un diario: La Nación porque tenés de todo, te enteras lo que pasa en el mundo y te instruye. Además, está (Joaquín) Morales Solá.

Un libro: Tuve una gran admiración por Leen Chu Taa, que escribió una novela titulada Una hoja en la tormenta. Me gustan los libros históricos y los que tengan algo de romanticismo. Tengo pendiente leer el libro que habla de nuestros ídolos: Maradona, Eva Perón. Gardel, “Che” Guevara… No tiene desperdicio.

Un músico: Hasta ahí no llego. Me gustan la música clásica y el tango.

Un lugar de Escobar (además del Girona): Hasta ahora no lo elegí. Acá vengo aunque esté enfermo, me sirve de terapia.

Un deseo: Que Argentina crezca, que no se creen enemigos por distintos colores políticos, que usen el diálogo y que no haya tantos pobres. Todos tenemos una gran obligación con el país, con nuestros hijos, nuestra esposa, amigos y con la sociedad donde vivimos. Será lejano, pero algún día hay que empezar. Un día yo dije «voy a tener un teatro», y acá está.

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