Además de su deseo de ser odontóloga, profesión que desempeña desde hace dos décadas, Lorena Fernández (44) siempre estuvo vinculada a la actividad física. Supo combinar sus dos pasiones: la medicina y el deporte, dividiendo su tiempo entre el estudio, el trabajo y los entrenamientos.
Escobarense desde siempre, estudió en la Escuela Nº7 de El Cazador y a fines de los ’90, ya siendo adolescente, empezó a competir en los Torneos Juveniles Bonaerenses. Practicaba atletismo en la escuela municipal que funciona en el polideportivo Luis Monti, como tantos deportistas del distrito que en esa pista comenzaron a forjar un camino de franco ascenso.
“Siempre fui corredora de fondo, en las distancias de 3.000, 5.000 y 10.000 metros, en pista o calle. También estuve en algunas medias maratones. Nunca llegué a un maratón”, le cuenta a DIA 32 sobre sus inicios en las carreras de resistencia, una pasión que aún disfruta y que con los años empezó a compartir con la natación.
“Mi base es el atletismo. Lo que más me gusta es correr, es mi cable a tierra. Trato de mantener la rutina de ir al CeNARD un par de veces por semana. Hace unos años hice un parate obligatorio porque tengo una lesión en las rodillas que no me permite seguir compitiendo tanto”, señala.

“Disfruto mucho la natación, pero también sigo corriendo y compitiendo en algunos torneos de atletismo. Amalgamo las dos actividades”.
Por esas lesiones empezó a buscar disciplinas alternativas que no la hicieran resentirse de sus dolores, pero siempre tuvo muy claro que quería seguir en la actividad deportiva. “Tenía que bajar la intensidad y probé con natación. Nadé en pileta, pero me parecía muy monótono. Después probé en aguas abiertas y le encontré el gustito a los desafíos de jugar con el clima, la naturaleza, la conexión que te da el agua”, sostiene, contando cómo llegó a esa ligazón de nadar en ríos, mares y lagunas.
“Disfruto mucho la natación, pero también sigo corriendo y compitiendo en algunos torneos de atletismo. Amalgamo las dos actividades”, agrega, aclarando que todavía practica pedestrismo, poniéndose las zapatillas y saliendo a correr.
Hace tres años, Lorena Fernández empezó con los entrenamientos de natación. Poco después le llegó el momento de anotarse en su primera competencia, de 5 kilómetros.
“Era un mundo nuevo para mí. Ya en el segundo año me preparé para correr la Vuelta de Obligado (en San Pedro), de 21 kilómetros. Fue de las más duras que me tocó, nos agarró una crecida importante. Pero eso me dio un plus y dije: ‘bueno, si pude con esto, ya estoy capacitada para otros nados’”, señala, segura de sí misma.
Desafío I: el canal de Beagle
Entre esas carreras de distancias cortas, empezó a idear el hecho de hacer travesías a nado. Le fascinaba la idea de cruzar estrechos y canales, lugares poco frecuentados que para ella significaban un verdadero desafío personal. Un reto deportivo donde no debía superar rivales, sino cumplir el objetivo de llegar a destino.
Así, en enero de 2025 tuvo su primer gran periplo: cruzar el canal de Beagle, mitad en Argentina y mitad en Chile. “Me puse a investigar y me gustó unir ambos países en la parte más austral del mundo. Era un desafío súper importante y empecé a entrenar para aguas gélidas. Antes, en 2024, participé en el Mundial de Invierno de El Calafate, una experiencia tremenda. Era mi primera vez en aguas gélidas y no la pasé muy bien, pero me curtió para este desafío”, sostiene, repasando sus inicios como nadadora.
Para surcar el canal de Beagle se preparó durante meses sumergiéndose en un tambor de agua helada -con bolsas de hielo-, donde debía permanecer 10, 15, 20 y hasta 30 minutos, como adaptación para poder resistir el cruce.
“Lo hice en 34 minutos, pensé que sería en mucho más. Fue una experiencia maravillosa. El agua transparente… vi medusas violetas, divinas. Se veían burbujas de la corriente del mar, ballenas, pingüinos… Estando ahí no podés tocar nada ni nadie te puede ayudar. Hay que darlo todo y llegar”, asegura, orgullosa de su logro.

Desafío II: el estrecho de Magallanes
Envalentonada con la experiencia, Lorena Fernández se propuso nuevos retos y empezó a buscar si alguna persona alguna vez había cruzado el estrecho de Magallanes, un lugar tan emblemático como hostil, por la temperatura extrema del agua y las inhóspitas condiciones meteorológicas.
Un amigo que vive en Ushuaia le dio una mano con el tema de los permisos, ya que cuesta mucho que habiliten a un nadador para algo así. “El lugar es totalmente chileno y todos los permisos se los tenía que pedir a ellos. Todos nos decían que era imposible hacerlo, algo que a mí me hacía más terca (risas). Golpeé puertas en consulados y hablé con gente de los dos países, hasta que a fines de diciembre de 2025 me llegó un mail con la habilitación del cruce. Fue una alegría inmensa”, repasa.
La logística para concretarlo fue tremenda. Desde buscar hospedaje hasta reunir todo el equipo necesario: médico, ambulancia, un buzo, embarcación de apoyo, asistente, veedor. “Todo eso nos pedía la capitanía chilena. Me contacté con una nadadora que hacía poco lo había hecho y me ayudó a conseguir personal”, acota.
Las bajas temperaturas eran durísimas. “El viento te cortaba la cara y la playa estaba congelada. El frío me afectaba los pies, era cien por ciento cabeza y corazón. Pensaba que tenía que cruzar como sea y no en que se me iban a congelar los pies”.

Su temple, ganas y amor propio la hicieron creer que el agua no estaba tan helada, a punto tal que cuando se metió en el mar la sintió algo cálida. “Estaba a 6, 7 grados y yo la sentía en 15°C. No me afectó los pies ni las manos, fue súper tranquilo el nado. La capitanía de Chile se portó muy bien”, señala.
“Tenía miedo de no poder lograrlo. Dejé volar la cabeza y vi el amanecer. El agua era más turbia, por el cruce del Pacífico y las corrientes marinas. Pero llevar la bandera argentina del otro lado es impagable. Aparte, no hay registro de que alguien lo haya hecho y eso para mí fue una emoción total”, confiesa, orgullosa por el logro.

Para alguien ajeno al deporte, la gran pregunta es qué lleva a una persona a proponerse tamaños desafíos, saliendo de su zona de confort y exponiéndose a tanta exigencia física y mental. Para todo hay una explicación…
“Lo que me motiva es que perdí a una sobrina de 13 años que era nadadora. Yo llevo su legado: mis nados son por y para ella”.
“Lo que me motiva a nivel personal es que perdí a una sobrina que era nadadora. Falleció a los 13 años y a mí me gustaba acompañarla a nadar. Ella soñaba con ser una buena nadadora y yo llevo su legado: mis nados son por y para ella. También lo hago para hacer visible la lucha contra el cáncer infantil. Eso es lo que me mueve a hacerlo”, relata, haciendo público que una fuerza emocional extra la ayuda a afrontar cada desafío.
“Me gusta promover el deporte y motivar a los chicos a que se animen. Esto no se haría visible sin los medios, para mí es muy emotivo contar esta historia”, sostiene Lorena Fernández, una deportista que deja alma y corazón en cada objetivo que se traza.
