Era cartonero y en 2007 participó del reality más famoso del mundo. DIA 32 lo visitó para hablar de su pasado en la televisión, la popularidad, su vida actual y sus ganas de meterse en política.

Por GUSTAVO CEJAS
gcejas@dia32.com.ar

La bocina de la moto de Damián Terrile suena repetidas veces mientras conduce por las calles de Garín. Entre saludos nos dirigimos hasta la casa del ex participante de Gran Hermano, en el barrio La Madrugada, para hablar de su pasado en la televisión. Nos recibe uno de sus dos hijos, que está jugando en el patio del vecino. Una vez instalados en el living, el grabador se enciende.

“A mí me cambió la vida, soy reconocido por mucha gente. Ahora, si voy a buscar laburo, consigo en cualquier lado. La semana pasada iba en el subte y un flaco se acercó, me pidió un autógrafo y nos sacamos una foto. La gente se acuerda, vos les decís ‘el cartonero de Gran Hermano’ y se acuerdan. De los más cachivaches siempre se acuerdan”, cuenta Damián entre mate y mate y acompañado por su mujer, Mara.

Del carro a la tele

Damián tenía 22 años cuando decidió anotarse en el juego televisivo que lo hizo famoso. Hasta entonces, todos los días subía al tren que pasaba por Garín para ir a cartonear.

Ni bien vio el anuncio del segundo Gran Hermano de 2007 decidió inscribirse en el programa que miraba todos los días. Sabía que su carta principal era su trabajo. Por eso recuerda que en la fila de aquella inscripción no dio detalles a los otros postulados, con los que había establecido un ameno vínculo en las horas de espera. Suponía que alguno intentaría copiar su actividad para quedar seleccionado. “Esa era mi historia, fui porque sabía que iba a quedar. Quería cambiar mi vida, tenía ganas de hacer algo”, enfatiza.

Así, pasaron dos meses de castings antes de quedar entre los 18 participantes. En los primeros lo encerraban en un camarín por algunas horas, en otros mantenía charlas con psicólogos, tests psicotécnicos, preguntas y más encierro.

Recuerda que cuando le avisaron que sería uno de los participantes se largó a llorar entre los vecinos que bailaban en una repentina fiesta que habían organizado para celebrar anticipadamente su conquista.

Antes de entrar a “La casa del Gran Hermano” estuvo tres días enclaustrado en la habitación de un hotel de Belgrano que conocía por afuera, porque pasaba con el carro. Totalmente aislado, sin música, sin tele y sin celular, hasta que un productor le informó que su hora de entrar a la casa más famosa del momento había llegado. “Esto no es una cárcel, es un programa de televisión”, le avisó el hombre.

“Cuando bajé de una limusina para entrar al juego, ahí, en ese momento, no entendía nada. Fotos, cámaras, luces. Era un flash que no entendía”, recuerda Damián.

De vuelta a la vida

A 19 días del final, y cuando sus chances de ganar el juego empezaban a verse nítidas, Damián no soportó más los tres meses de encierro que acumulaba, renunció y se retiró del programa porque extrañaba a su mujer y sus hijos.

“Me hablaban los psicólogos para convencerme de quedarme, una psiquiatra me dijo ‘si te vas sos un pelotudo’. ¡Qué me importa! -le contesté-, seré pelotudo pero me quiero ir”. Fue así que no llegó a cumplir su máximo objetivo: el premio de $150 mil.

Al salir se reencontró con su familia. Su mujer no le reprochó nada, porque él había hecho lo que sentía.

Pero la fama que le otorgaba el reality no terminaría ahí. Al contrario, apenas estaba comenzando. “Cuando salí era una locura, no podía ir a la estación de Garín a tomar un helado con mi hijo, toda la gente se juntaba para saludarme. La (calle) Belgrano explotaba cuando andaba por ahí”. Pero con el correr de los meses su popularidad fue disminuyendo.

“Se hizo una moneda que la he disfrutado, salí a comer, a pasear, a conocer con mi mujer y mis hijos. La verdad es que no me puedo quejar”, afirma con gratitud.

Después de su paso por la tele trabajó en la Municipalidad de José C. Paz, donde repartía comida a los merenderos. “En ese lugar me sentaron, me hablaron y me enseñaron algunas cosas para hacer política, pero eso es para cuando sea más grande. Me gustaría ser intendente de Escobar”, revela sin pudor. Y agrega: “Haría escuelas y más escuelas. Pero yo también tendría que pulirme un poco más”.

En la actualidad, el “Gordo” canta en su grupo de cumbia llamado “Damián y su banda” (“onda Los Gedes”, según su propia definición). Hace un año giró por San Luis tocando en algunos boliches y también se presentó en el programa Pasión de Sábado, en América 2, pero aún así no obtuvo los réditos que pretende.

“Falta que pegue un tema, cuando entra uno entran dos, y ahí se arma la movida. Con la próxima grabación le tengo fe a un tema, vamos a ver qué pasa”, concluye esperanzado.

La cinta del cassette llega a su fin. Damián pone en marcha la moto para acercarnos. Una vez en el destino nos despedimos. A lo lejos se escuchan las bocinas de saludos, una y otra vez. Damián los corresponde, sabe que aún lo reconocen.

Convivencia televisada

El Gran Hermano en el que participó el famoso cartonero garinense fue el quinto y último que realizó la productora Endemol en la Argentina y que transmitió Telefé. Se desarrolló durante el semestre final de 2007.

La idea del reality show más conocido del mundo la iniciaron cuatro productores, entre ellos John de Mol. En principio, sólo seis participantes convivían en una lujosa mansión durante un año, aquel que resistiera ganaría una suma de dinero. Luego de algunas adaptaciones y modificaciones, tales como la obligación de los participantes a eliminarse, el formato se redondeó.

La primera edición de Big Brother se emitió en Holanda, en 1999.

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