Hay lugares que no pasan desapercibidos, aunque ya no quede nada en ellos. Están ahí, quietos, como suspendidos en el tiempo, despertando una curiosidad difícil de explicar. Quienes pasan delante de ellos suelen levantar la vista y detenerse un segundo más de lo habitual para mirar de reojo e intentar recordar qué hubo ahí o imaginarlo… Es esa mezcla de pasado y misterio la que los hace imposibles de ignorar. Todos, de alguna manera, sienten que detrás de esas paredes hay una historia.
En la calle Colón al 200, entre 25 de Mayo y Don Bosco, existe un edificio abandonado que despierta en muchos escobarenses sentimientos de intriga, curiosidad y nostalgia, sensaciones que envuelven a la desaparecida Clínica San Agustín. Lugar quesupo ser un centro especializado en traumatología y rehabilitación al que asistían pacientes a toda hora.
Su historia comenzó en 1979, cuando una familia de apellido Romano le vendió la propiedad a un grupo de entusiastas médicos traumatólogos, que hacía poco se habían recibido y trabajaban en Capital. Decidieron abrir en Belén de Escobar un sitio moderno, de vanguardia y muy bien equipado, con aparatología de última generación.
Daniel Álvarez, Roberto Cochiararo, Oscar Müller, Alexis Verna y Carlos Vita eran los cinco profesionales que dieron vida a la clínica, inaugurada el 28 de julio del citado año y que cerró sus puertas entre 1993 y 1994, asediada por todo tipo de problemas, desde económicos hasta juicios por mala praxis y fallecimientos.
“Estaba abierta siempre, por eso venían pacientes de Luján, Pilar, Campana, Zárate, Pacheco. Era una buena clínica”.

Testigos directos
Enfrente de la clínica había un almacén que era un clásico del barrio y cuyos dueños fueron los primeros amigos de aquellos jóvenes traumatólogos que llegaron a “conquistar” Escobar. Esos comerciantes son Nilda Ferreyra y Juan Norese. Nadie conoce como ellos la historia de esplendor y ocaso que atravesó el sanatorio.
“Los cinco médicos trabajaban en el Hospital Churruca, en Capital. Cuando abrieron acá, cada uno hacía guardias durante 24 horas, uno por día. Estaba abierta siempre, por eso venían pacientes de Luján, Pilar, Campana, Zárate, Pacheco. Era una buena clínica”, le cuenta Juan a DIA 32.
“Como teníamos negocio enfrente, hicimos amistad con los dueños. No entendían nada de electricidad, no se animaban ni a cambiar una lamparita. Yo entré a trabajar de mantenimiento en la clínica desde el ‘79 hasta el ‘84. Siempre estuve en contacto con ellos”, agrega el hombre, ante la atenta mirada de su mujer.
“El “Yacaré” (Alexis) Verna fue padrino de una de mis hijas. Después falleció de cáncer, era de Esquina (Corrientes) y atendía a Diego Maradona porque también era médico de Argentinos Juniors. A la clínica han venido varios jugadores, como Néstor Lorenzo, un muchacho macanudo”, prosigue Juan, con gran memoria.

Otros famosos que pasaron por la Clínica San Agustín, según cuenta el matrimonio, fueron Antonio Carrizo, Nicolás Repetto y Reina Reech, cuando eran pareja y vivían en Ingeniero Maschwitz, entre varios más.
Nilda se suma a la conversación y señala: “Me lastiman mucho algunos comentarios que hacen en las redes cuando recuerdan el lugar con alguna foto. Sé que hubo gente que falleció allí. Yo tuve un hijo en la salita que estaba frente a la plaza y falleció al nacer, por negligencia médica, y no dije nada, es el destino. En las publicaciones de Facebook ponen ‘ibas y te enyesaban hasta la nariz’, pero no era así. Pueden pasar esas cosas en la medicina”, afirma, defendiendo la tarea de los profesionales.
La clínica cerró entre 1993 y 1994, devastada por las deudas, los juicios y denuncias que comenzaron a caer por pacientes que reclamaban mala praxis en su atención.
La mujer recuerda con precisión muchos detalles de la estadía del centro médico frente a su casa. “Estaban siempre, en las fiestas pasaban, o si no ponían un médico judío de guardia para poder estar con sus familias. A veces se cruzaban y comían con nosotros, éramos amigos”, sostiene la mujer, hablando de los momentos que pasaban junto a los dueños del sanatorio.
La debacle de un emblema
Así como el lugar tuvo su momento de esplendor y con la agenda cargada de pacientes e intervenciones, también empezaron a llegar las malas decisiones, manejos poco claros y cruces entre los colegas, como sucede en muchas sociedades. “(Oscar) Müller tuvo problemas de salud y se suicidó, pobrecito. La clínica se empezó a venir abajo. Además, Verna se había enfermado grave”, declaran ambos.
“Uno de los directores, que no quiero nombrar, por respeto, porque está muerto, pidió muchos créditos en los bancos. No los pagó nunca, y encima eran para su bien propio, no para la clínica. Nunca pudieron levantar eso. Para mí Verna se enfermó por la mala sangre que se hizo. Después empezaron los juicios de mala praxis”, sostiene Nilda, compungida, recordando a su amigo y padrino de su hija.

Al final la San Agustín cerró entre 1993 y 1994, devastada por las deudas, los juicios y denuncias que comenzaron a caer por pacientes que reclamaban mala praxis en su atención. “Álvarez se terminó yendo, quedaron Vita y Cochiararo. Un día cerraron y no abrieron más. Quedaron los empleados en la calle y la gente empezó a vaciar la clínica. Rompían los vidrios y se llevaban las cosas, nosotros lo veíamos desde casa. Vita se llevó todo lo grande, vino con un camión”, relata Juan, a la hora de explicar el final.
El inmueble quedó cerrado por muchísimos años debido a los problemas de papeles que tenía. No se podía vender hasta que no pagaran las deudas y resolvieran los juicios e inhibiciones. “Debían la luz, el gas, eran todas deudas. Sé que después se pagó un juicio grande a una mujer que estaba mal operada. Ahí se liberó el tema papeles y la terminó vendiendo el banco, porque estaba en quiebra”, afirma el vecino, que sabe cada renglón de la historia.

El matrimonio cuenta que en 2019 -25 años después del cierre de la clínica- un empresario matheuense compró el inmueble. Con esa operación, la preocupación de los vecinos de la cuadra parecía que llegaba a su fin y que atrás quedarían décadas de abandono y vandalismo. Pero no. “A los pocos meses vino la pandemia y se pudrió todo… Había tirado parte de la casa, quería hacer departamentos, locales, pero quedó todo ahí. Le volvieron a poner cartel de venta”, recalca Juan.
El año pasado apareció alguien cortando el pasto, limpiando y tratando de cambiar la cara de una construcción dañada por los años y la delincuencia. “Vino un señor y dijo que había comprado. Limpió, hizo todo el show, estaba acompañado por el anterior dueño, así que era verdad, pero no apareció más y no sabemos por qué”, dice Nilda, preocupada.
“Entramos una vez con el anterior dueño y te parte el alma verlo. Todo abandonado, roto. Siempre hay pibes que se quieren meter”.
El edificio fue diseñado por el arquitecto Carlos Benzaquén. Contaba con subsuelo, planta baja, pisos superiores donde estaba la internación y funcionaba el quirófano. Todo en forma de torre. Una construcción que sobresalía en el paisaje urbano escobarense. También tenía ascensores para el traslado de los pacientes, recepción, sanitarios y patio.
“Hay una traba: dicen que la Municipalidad exige tirar lo que está construido, la torre, la casa… Así nos contó el último comprador, que trajo cinco ingenieros y le dijeron que se podía usar igual, pero no lo deja la Municipalidad. El hombre quiere hacer locales y playa de estacionamiento”, comenta Ferreyra. De ese comprador no se supo nada más…

Un lugar inseguro que preocupa a los vecinos
Al observar la derruida fachada del lugar, se ven frondosos árboles que salen desde el patio delantero, detrás de portones negros que han sido colocados años atrás para evitar que algunas personas puedan instalarse o tratar de tomar posesión del lugar ilícitamente.
Al fondo, la construcción en forma rectangular, pintada de color verde agua y sin ningún tipo de abertura, que aparentemente han sido robadas. No hay ni una. “Entramos una vez con el anterior dueño y te parte el alma verlo. Todo abandonado, roto. Un día paró un colectivo con más de veinte tipos que eran de una agrupación y querían usurpar. Vino la Policía y los sacó. Siempre hay pibes que se quieren meter. Una vez pusieron una bandera en la torre. Así un montón de veces”, afirman los vecinos.

“Antes no estaba el portón y entraban para drogarse, o lo usaban como hotel alojamiento. Reclamabas y no pasaba nada, era una preocupación constante. Al lado vivía la familia Szykula y los volvían locos, le saltaban el tapial. Se tuvieron que mudar. La vecina que vive sobre Don Bosco tuvo que hacer el muro más alto porque se le metían por el fondo”, asegura Nilda, que todos los días “vigila” que esté todo en condiciones junto a su marido.
Dentro de las décadas de abandono y situaciones insólitas que se han visto en la ex clínica, cuentan que lo más curioso fue cuando uno de los vecinos observó a alguien en la cima de la torre. “Había una mujer desnuda en la terraza, tomando sol. Las cosas que han pasado ahí son increíbles. Por eso siempre hay que estar atentos”, señalan. Una historia de desidia y abandono que hace más de treinta años tiene en alerta a los vecinos de la cuadra. Un lugar que pasó de ser un centro de salud y atención a convertirse en un antro en ruinas, que hoy solo causa incertidumbre y preocupación.
EL RELATO DE ALICIA BIGLIERI
Las peripecias de los vecinos de al lado
Alicia Biglieri y su familia vivieron durante décadas en el chalet lindero a la ex clínica. Como era de esperarse, padecieron todas las vicisitudes imaginables al estar pared mediante con un predio abandonado y con varios intentos de usurpación.
“Desde que cerró por mala praxis todo fue un caos. Hacían fiestas, me tiraban jeringas para mi casa. Yo tenía los chicos chiquitos y me la pasaba llamando a la Policía, que los desalojaba. Después volvían y me amenazaban. Pasé las de Caín. Ni hablar de los roedores que andaban por el patio, por todo lo que había ahí dentro”, señala la ex vecina del lugar.
“Se robaron todo lo que había adentro. Estuve unos años más y después nos mudamos porque la pasábamos mal, había mal ambiente. Sé que después se vendió de nuevo, que iban a demoler, pero algo pasó con el Municipio y quedó así de vuelta. Yo no podía ni salir al parque. Fue difícil”, explica la esposa de Miguel Szykula, que encontró la solución yéndose del barrio para poder vivir en paz.
