Hay sabores que perduran en la memoria y en el tiempo. Reconocida por sus productos artesanales, sus facturas y sus tortas que acompañan a los escobarenses en sus momentos importantes, Rocío es todo un emblema de la repostería casera y también un emprendimiento que crece: en el marco de su 30° aniversario, acaba de inaugurar un segundo local en el centro de la ciudad.
A lo largo de los treinta años de Rocío, algunos aspectos han cambiado mucho. Otros, como las recetas o los ingredientes de calidad, se mantienen intactos. La apertura de esta sucursal tiene algo esencial para sus dueños, Gustavo Cáceres (55) y Ana González (53): “Siempre nos planteamos la necesidad de seguir teniendo el mismo cuidado hacia el cliente”, comenta ella.
Acompañados por sus hijos y por el mismo equipo de pastelería de hace mucho tiempo, el matrimonio enfrenta esta nueva etapa con expectativas y un entusiasmo renovado. En un país donde la incertidumbre económica es casi una constante, sostener durante treinta años un comercio familiar ya es un logro.
Pero con Rocío consiguieron un poco más: convertir cada giro inesperado y cada desafío en una oportunidad para reinventarse y mejorar la propuesta. Esa es la receta que les permitió ganarse la confianza de tantos escobarenses.

Antes de convertirse en un clásico
A comienzos de la década del ‘90, cuando llevaban apenas un año de novios, Gustavo y Ana abrieron un kiosco en la calle Travi al 500 para pasar tiempo juntos, ya que él todavía vivía en Boulogne, de donde es oriundo. Ambos tenían trabajos en relación de dependencia y, simultáneamente, atendían este local.
Como compartían la pasión por elaborar productos artesanales, comenzaron a ofrecer helados hechos por ellos mismos. La respuesta fue muy positiva: sus clientes se los pedían cada vez más y el producto empezó a ganar protagonismo. Entonces, dieron el primer gran salto y hacia 1994 transformaron el kiosco en heladería y panchería, al tiempo que se mudaban a la esquina de Travi y Asborno. Ofrecían superpanchos con variedad de salsas y adicionales, en sintonía con la tendencia de la época y, de postre, helados.
A mediados de los años noventa, la llegada de los helados en envase familiar, que ofrecían grandes cantidades a precios muy bajos, los obligó a replantear nuevamente el rumbo. Una producción artesanal no podía competir en costos y enfrentaron la pregunta inevitable de cómo continuar. Para ese momento ya había nacido la primera hija del matrimonio, Camila Rocío (30), cuyo segundo nombre terminaría bautizando al emprendimiento.
Aconsejado por un amigo, Gustavo comenzó a formarse en el oficio de pastelero, que despertó su interés. “Yo decoraba los postres de los helados y empecé con las tortas. Aprendí y me gustó”, cuenta el comerciante, que trabaja desde los 14 años.
Lejos de aferrarse a una única fórmula, fueron ajustando la propuesta cuando era necesario. Muchas de las transformaciones surgieron al escuchar a los clientes, que no eran tantos en sus comienzos y con quienes se mantenían cercanos. Esta relación fue también una brújula para cada próximo paso.
La presencia constante también dio frutos. Los vecinos reconocían que, sin importar qué, ellos siempre estaban. “Le dábamos con todo. Estábamos abiertos todo el día. Nuestros amigos nos decían que éramos como Carrefour -recién inaugurado en la ciudad- que estaba siempre abierto”, recuerda Gustavo entre risas.

De aprendices a referentes
Gustavo fue perfeccionándose en la repostería, aprendiendo de amigos pasteleros. Con los años, transmitió ese conocimiento a otras personas, entre ellas Adrián Cáceres (35) -aunque tienen el mismo apellido, no son familiares-, quien hoy es el pastelero de Rocío.
Con el tiempo empezaron a llegar pedidos. Recuerdan que, al principio, los sorprendía que los clientes les confiaran las tortas de sus celebraciones especiales. Así, sus productos comenzaron a estar presentes en fiestas de quince, casamientos, aniversarios y todo tipo de eventos. Además de elaborar las tortas principales, armaban las mesas dulces, un trabajo que los llevaba al interior de los salones.
Esas entregas fueron una forma de tomar dimensión del trayecto recorrido. Llegar a las fiestas, compartir el trabajo con chefs y otros profesionales de la gastronomía les confirmaba que iban por el camino correcto. Lo que nació como un oficio espontáneo se convirtió en el sello distintivo que, tres décadas después, se sigue asociando a los momentos importantes de los escobarenses.
En la medida en que el emprendimiento crecía, vieron necesario profesionalizarse más. Reorganizaron y dividieron el trabajo y definieron áreas específicas para cada integrante. El mismo equipo de pastelería continúa al frente de la elaboración, mientras que la organización les permitió sostener el crecimiento sin perder la calidad.
Por su parte, Gustavo asegura que el mayor reconocimiento sigue llegando de los clientes. Recuerda el caso de una mujer que le contó que cada vez que su padre está enfermo le pide una torta de Rocío. “Si le llevo de otro lado, se da cuenta, porque tiene otro gusto”, le dijo.
Un nuevo local, el mismo sabor
En los primeros días de junio, Rocío dio un nuevo salto con la apertura de su primera sucursal en la ciudad. La inauguración se celebró con un evento que reunió a más de 200 personas e incluyó una propuesta de cafetería y una barra de tragos.
El nuevo local está en la calle Estrada 224, donde durante cuarenta años funcionó la panadería La Piccola Italia, que cerró sus puertas el pasado 31 de diciembre. Fue el hijo de los dueños, Juan Chielpo, quien los llamó para proponerles que Rocío siga adelante en ese lugar.
Este segundo local es más amplio, con una estética renovada. En los productos se reconoce a la repostería referente en Escobar por las tradicionales tortas y postres artesanales, entre los que destacan la bomba de chocolate, el imperial russo, el Balcarce y el lemon pie, además de las tortas personalizadas por pedido. El podio entre los productos de elaboración diaria de panadería son el croissant, los sándwiches de miga y el chipá.

Para el matrimonio, la expansión significa la posibilidad de ampliar la capacidad de producción y responder a una demanda creciente. Además, en esta sucursal se concentra la producción de panadería artesanal, mientras que en el local de Travi y Asborno centralizan la de repostería.
En los primeros días de junio, Rocío dio un nuevo salto al inaugurar su primera sucursal en la ciudad. Está en la calle Estrada 224, donde durante cuarenta años funcionó la panadería La Piccola Italia.
La sucursal trajo una importante incorporación de equipamiento moderno y una actualización en todo sentido. Con esta expansión, hay mayor variedad y los clientes pueden elegir entre más de 200 productos.

Un legado vigente
La apertura del nuevo local fue una decisión tomada en familia. Ana cuenta que fueron a ver el local y había mucho que hacer. Decidieron visitarlo con sus cuatro hijos para avanzar en equipo. “Nos gustaba, pero nosotros ya no tenemos la misma energía. Cuando ellos dijeron que sí, nos animamos”, señala.
El crecimiento también lleva el sello de la segunda generación. Bautista (19), que se dedica a la atención al público, también pensó la iluminación del local aprovechando su experiencia como DJ. Valentina (25) impulsó la incorporación de más tecnología para pedidos, el área que tiene a cargo. Así, cada uno aportó lo suyo al proyecto. Camila (30) se ocupa del marketing y Delfina (23) está en la producción de sándwiches de miga.
En el nuevo local también trabaja todo el equipo de producción, un grupo que suma más de quince familias, contando a los Cáceres -padres e hijos- y a sus yernos.
Aunque Gustavo y Ana continúan al frente de los dos locales, reconocen que en esta etapa trabajan de otra forma. También dedican tiempo a disfrutar de su nieta Olivia -hija de Valentina-, que, con pocos meses, visita en cochecito la repostería. La historia parece repetirse y hoy son sus hijos quienes llevan al trabajo a la nueva generación.
En treinta años, el matrimonio sostiene que hay cosas que deben seguir intactas. “La receta es la misma, porque la gente espera que la torta tenga el sabor de siempre. Ahora hay de todo en el mercado, pero nosotros seguimos usando la misma marca de dulce de leche, de manteca y de crema”, explica Gustavo.
Sin embargo, aclara: “Siempre podemos cambiar para mejor. Más grande, más lindo, ahora hay muchas novedades para decorar, pero siempre para mejor, nunca hacia atrás”. Una filosofía que les permite crecer sin dejar lo que los convirtió en un clásico de Escobar.














