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DANIEL D’ÁNGELO

“Las guerras no sirven para nada”

Uno de los escobarenses que luchó por las Malvinas revive su experiencia a bordo del portaviones 25 de Mayo y las secuelas que dejó. “Hubo vecinos de toda la vida que hasta dejaron de saludarme por haber perdido”.

Por FLORENCIA ALVAREZ
falvarez@dia32.com.ar

Fascinado por los desfiles militares, los soldados marchando con sus uniformes y armamentos, las películas de guerra y las historias que escuchaba por ahí, a los 15 años Daniel D’Ángelo (58) decidió formar parte de la Armada Argentina. “Mi intención original era entrar a la Escuela de Suboficiales del Ejército, pero un muchacho más grande que yo, que venía de haber cumplido con el servicio militar obligatorio en la Armada, me contó cada historia que me convenció. Después me di cuenta de que muchas de sus anécdotas habían sido mentiras”, le confiesa a DIA 32 el fundador del Centro de Veteranos de Guerra de Escobar.

D’Ángelo nació en Campana en 1963, pero al año su familia se mudó a Belén de Escobar. Curso la primaria en la Escuela N°4 y la secundaria en la Técnica N°1, hasta que fue admitido en la Escuela de Mecánica de la Armada. Presagios tal vez…

Era buen alumno, sacaba excelentes notas y sus padres no se opusieron al emprendimiento de su único hijo, aunque ninguno de los dos tenía nada que ver con el mundo de la milicia: su papá era pintor de obras; su mamá, ama de casa y peluquera.

A fines del ‘81 llegó a Puerto Belgrano. Para entonces, ya se había especializado en municiones. “En el conflicto de Malvinas éramos los que armábamos las bombas y los misiles para engancharlos a los aviones que, por suerte, derribaron a varios destructores, fragatas y portaviones de los piratas, como yo les digo a los ingleses”, explica.

Fue uno de los 1.200 tripulantes del portaviones ARA Veinticinco de Mayo, el buque insignia de todas las operaciones. Desde allí comandaban los oficiales de los más altos rangos.

El 2 de abril de 1982 tocó un zafarrancho de combate cerca de las 3 de la mañana. Les advirtieron que esta vez era real, no de práctica, como en otras oportunidades. Ellos no sabían dónde estaban: del portaviones desembarcó un equipo especial y veían un movimiento extraño de buques. Habían cargado demasiadas municiones, comida, embarcaba gente extraña… Se presentía algo raro.

“Apagaron todas las luces y las calderas, navegábamos a oscuras y en silencio. Tipo 6.30 ó 7 de la mañana se escuchó por altoparlante la voz de Galtieri diciendo: ‘Hemos recuperado parte de Argentina, hemos recuperado las Islas Malvinas’. Instantáneamente gritamos al unísono ‘¡Viva la Patria!’. Era una emoción tremenda”, recuerda. Pero admite que, en realidad, no tenían la más mínima conciencia de lo que estaba pasando.

Dice que no tomó verdadera dimensión de la guerra hasta el hundimiento del crucero General Belgrano, el 2 de mayo, a un mes de comenzado el conflicto. Quizá porque lo vivía desde el mar, lejos de los tiros, los enfrentamientos cuerpo a cuerpo y las trincheras. Quizá porque en el Veinticinco de Mayo los días eran mil veces más ajetreados que de costumbre y la cotidianeidad estaba revuelta, pero no faltaba la comida, ni lugar donde dormir o ropa con la que abrigarse. “Un buque es una familia, nos cuidábamos entre todos”, sostiene.

La realidad es que D’Ángelo nunca puso un pie en Malvinas. Pero convivió todos los días con la idea de una muerte inminente y sorpresiva. “No era miedo, era la incertidumbre de que nos podían hundir y no iba a ver más a mis amigos y a mi familia. La mayoría de los padres de quienes fueron a Malvinas no sabían a dónde iban sus hijos. Los subieron a los aviones, los llevaron a Comodoro Rivadavia y listo. Recién en mayo o junio te podías escribir por carta, pero existía la censura naval. No se podía dar ningún tipo de información. Nada que te haga maquinar la cabeza”, señala.

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-¿Qué fue lo que más te dolió de la guerra?
-Personalmente fue cuando un grupo de cuatro o cinco camaradas fuimos a hablar con el comandante para desembarcar con una compañía. Nos dijo que no, que agradecía el gesto, pero que éramos parte de un eslabón de una cadena muy grande y que cada uno tenía su rol. Argumentamos que se estaban muriendo chicos de nuestra edad, pero que nosotros estábamos mejor preparados. A partir de ahí empecé a tener problemas con la oficialidad. Estuve un tiempito sin salir, arrestado dentro del buque. Me quedó esa bronca, esas ganas. A lo mejor bajaba y el primer tiro me lo daban, pero me quedé sin saberlo.

-¿Crees que la guerra tuvo sentido?
-Las guerras no sirven para nada. Las guerras son el fracaso de las palabras y de la política. Nosotros damos muchas charlas en los colegios y siempre explicamos que la guerra no es el camino. Esto fue una lucha entre los enormes egos de Margaret Thatcher y Leopoldo Galtieri, dos seres en decadencia que pugnaban por el poder. Sentido no tuvo, sirvió para demostrar la gran valentía y coraje de los muchachos que dejaron todo en las islas. De hecho, los ingleses jamás entendieron cómo chicos de 18, 19 años hacían eso por la Patria. Ellos eran mercenarios, bombardeaban los fines de semana porque cobraban el doble.

La baja y la vuelta

En 1984 D’Ángelo se dio de baja de la Armada, convencido de que no era lo suyo. Desilusionado por no haber encontrado los valores que buscaba y con bronca e impotencia porque no lo dejaron desembarcar. “Hasta el día de hoy no lo perdono”, confiesa.

Pero reinsertarse en la sociedad como ex combatiente también fue difícil. “Estar adentro no era lo que yo pensaba y estar afuera tampoco. Hubo gente, vecinos de toda la vida, que hasta dejaron de saludarme por haber perdido”.

Haber participado de la guerra de Malvinas se convirtió en una vergüenza. Los ex combatientes eran tildados como “los loquitos de la guerra” o “los hijos de la dictadura”. “La gente pensaba que íbamos a hacer desastres como hicieron los estadounidenses cuando volvieron de Vietnam, que se subían a las terrazas con un M16 y empezaban a matar personas”, comenta.

Hasta los años ´90, los veteranos de guerra no tuvieron siquiera asistencia psicológica. Conseguir trabajo era una odisea y los suicidios se contaban por centenas. Los caídos en la guerra fueron 649; mientras que del ´82 a la fecha hubo 2.500 suicidios.

D’Ángelo se ganó la vida como pudo. Trabajó en un aserradero, fue ayudante de techista y del ´86 al ´89 se desempeñó como administrativo en el country Miraflores. Lo despidieron cuando descubrieron que era ex combatiente.

Más tarde siguió el mismo oficio que su padre, Atilio, pintando casas y edificios. De alguna manera tenía que ocuparse de sus hijos. Tuvo cuatro de dos matrimonios: Camila (31), Gian Luca (14) y Rebeca y Ramiro, mellizos de 7 años.

Cuando encaró de la fundación del Centro de Veteranos de Malvinas de Escobar (ver Una institución modelo) y entró a la administración pública municipal, logró asentarse.

Si hay algo que lo caracteriza es su forma de vestir. Va siempre ataviado con ropa alegórica a la guerra. Asegura que no tiene prendas de civil sin un detalle verde o camuflado. “Lo hago para recordar y para que Escobar sepa que tiene a sus héroes vivos, no lo digo por mí sino por mis amigos”. Es una forma de abrirse a que la gente se acerque y pregunte sobre verdades o puntos de vista que ni el más puntilloso de los libros puede transmitir. “Somos historia viva”, asegura.

CENTRO DE VETERANOS DE ESCOBAR

Una institución modelo

Todavía quebrado por el dolor y sin poder darle vuelta la página, en 1989 Daniel D’Ángelo decidió hacer un empadronamiento de los veteranos de guerra escobarenses. Pegó carteles en los espacios públicos y en locales con el número de teléfono de la casa de su padre. Con resquemor, a paso de hormiga, empezaron a llegar.

Al principio se formó una especie de terapia de grupo. “Éramos compañeros de distintas fuerzas y nos dimos cuenta de que cada uno vivió la guerra de una manera diferente. Por ejemplo, algunos la vivieron en las trincheras; el que apuntaba a la izquierda y el que apuntaba a la derecha vieron dos guerras totalmente distintas. Las perspectivas lo cambian todo”, señala.

Cuando juntaron trece miembros formaron la comisión directiva del Centro de Veteranos de Escobar. D’Ángelo fue el fundador y primer presidente de la institución, del ‘89 al ‘92. Desde entonces ha integrado casi todas las comisiones como secretario; solo faltó en una por un problema de salud.

Con el tiempo se fueron sumando más y más: llegaron a ser ochenta escobarenses, junto a otros veinte que emigraron de distintas provincias.

Desde Escobar se originó una federación que regula cuarenta y cinco centros de la provincia de Buenos Aires. “Es el centro más grande del país”, asegura su creador, quien a su vez está a cargo de la Dirección de Veteranos de Guerra del Municipio.

La entidad tiene múltiples misiones, aunque el foco está puesto en ayudar a la comunidad. Además, albergan a veteranos y a sus familias cuando vienen a Escobar a hacer un trámite o si están de paso; se encargan de ayudar a las viudas y a sus hijos cuando alguno fallece y también de hacer respetar el cupo laboral para ex combatientes y descendientes en áreas municipales.

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