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UNA BODA BIZARRA

Que vivan los novios

Los mediáticos Guido Süller y Marcos “Tomasito” Loyola protagonizaron un casamiento fuera de lo común en el Registro Civil de Escobar. Una obra digna del Zap de Marcelo Polino.

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Entre cámaras de televisión, risas, lágrimas y un escándalo ficticio, el inefable Guido Süller (56) protagonizó el lunes 14 un casamiento fuera de lo común en el Registro Civil de Escobar, donde contrajo matrimonio con Marcos Sebastián Loyola (30), más conocido como Tomasito, a quien hace dieciocho años había presentado como su supuesto hijo. Difícil tomarlos en serio.

El arquitecto y ex comisario de a bordo de Aerolíneas Argentinas vive hace quince años en Ingeniero Maschwitz. Pero eligió que su boda sea en el Centro Cívico de la calle Alberdi, donde ya en 2010 había montado un show con Loyola. En aquel momento se decía que había ido a sacar un turno para casarse, pero en realidad fue un paso de comedia para un programa de Samuel “Chiche” Gelblung. El mismo donde se hicieron la presunta prueba de ADN que desmintió la existencia de un lazo sanguíneo entre ellos.

“Lindo día para casarse”, comentó el periodista y padrino de la boda, socarronamente. Mientras todo el país estaba pendiente de la cotización del dólar, en la ciudad de la flor Süller hacía de las suyas para regodeo del programa Involucrados, de Mariano Iúdica, que trasmitió el espectáculo con una cobertura en vivo de más de una hora por la pantalla de América.

Con varios minutos de retraso, la pareja llegó casi al mediodía en un descapotable ornamentado con cintas blancas, lanzando flores hacia un puñado de curiosos y admiradores que los esperaba en la vereda de la calle Alberdi, sin nada más interesante que hacer.

“Ustedes son nuestra familia”, expresó Süller a la prensa. Es que ni siquiera su no menos mediática hermana había asistido para verlo dar el sí. “Silvia está indignada con la idea de que le deje toda la herencia a Tomasito el día que yo me muera y no quiso venir”, explicó el ex azafato, que días atrás había sufrido la pérdida de su padre. A él le dedicó su matrimonio: “En sus últimas palabras me dijo que me veía los ojos tristes. Ahora, papá, ¡te aseguro que soy feliz!”, exclamó.

A la boda no le faltó ningún condimento para ser bizarra. Desde las sobreactuaciones con llantos, risas y gritos, hasta la aparición de un extra que irrumpió histriónicamente en la sala y exigió que la ceremonia se suspenda porque Loyola lo acosaba por las redes sociales. “Vengo a desenmascararlo y a salvarte”, le decía a Süller.

La jueza Adriana Neira, que se mantuvo estoicamente simpática ante tanto disparate, le indicó que se retirara. “Es un pibe que quiere ser famoso, nada más”, afirmó Süller. “Es un ridículo”, acotó Loyola, con impostada indignación. Después se supo que el joven de traje salmón, pelo platinado y gafas oscuras con marco dorado, se llamaba Sebastián Capovila.

Pasado el alboroto, todo transcurrió con un poco más de normalidad. “Soy un hombre grande, muy solitario, quiero terminar mis días con un compañero que me dé amor y compañía”, dijo Süller. “Sabés que soy un desastre, pero te amo y te juro lealtad hasta el día de la muerte”, le prometió su flamante cónyuge.

Si se casaron por amor, por conveniencia o por la necesidad de reaparecer en los medios aunque sea unos días, solo ellos lo saben. Por lo pronto, Marcelo Polino bien podría reclamar los derechos de autor: el espectáculo fue digno de los mejores escándalos que se daban en su memorable Zap.

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