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RUTA 9, KM 50

Rastros de nosotros mismos

Además de ser un escultor virtuoso, Eduardo Noé también escribe. Acaba de presentar un libro con pinturas y poemas que se entremezclan para contar una sola historia: la de las cosas que cobran vida.

Imágenes que cuentan historias, palabras que se convierten en el retrato cotidiano de un pueblo que fue y de la ciudad que aún es. Así es Ruta 9, KM 50, el primer libro del talentoso escultor escobarense Eduardo Noé. Recientemente publicado por la editorial Maxbrod, sus páginas se recorren una y otra vez, encontrando en cada pasada nuevos detalles.

Es un libro de poemas y pinturas, pero sobre todo es un ensayo poético de los arrabales orilleros de Buenos Aires donde las cosas cobran vida. Su espíritu está bien descripto en la contratapa: la Panamericana, el Chevallier, el guarda-rail, los autos, los motores, las arterias de la ciudad se juntan con la pampa húmeda, el alambre de púas, las casas bajas, un gaucho o un caballo; los personajes increíbles de un lugar que ya no existe o que nunca existió.

“Los postes, los cables, los carteles… forman un lenguaje que habla por sí mismo. Busco rastros de nosotros mismos. Todo habla de necesidad, improvisación, egoísmo. Cierto amor por el caos y, por qué negarlo, el irresistible encanto del fracaso, la seducción de los antihéroes”, le explica el autor a DIA 32.

Noé trabaja en esta serie desde hace años, la fue alimentando de obras con el correr del tiempo. Pinta escenas que en su mayoría ya no están, pero dice que no lo mueve la nostalgia ni el recuerdo.

“Me gusta buscar rastros, me encanta la estética bonaerense, cuando la ruta corta los campos y corta los pueblos y deja al aire los bordes deshilachados del tejido urbano y las vísceras de los pueblos quedan expuestas en la banquina. El cuartito del fondo, el basural, el desarmadero, el auto abandonado dejan de ser basura y se transforman en evidencia”.

El título del libro se refiere a la ubicación de Escobar en el mapa. “A las coordenadas desde donde miro las cosas”, especifica.

El artista, que ante todo se define como un escultor que a veces escribe cosas, explica que los poemas y las pinturas se apoyan mutuamente. Van en paralelo. Y advierte que las pinturas no ilustran ningún poema y los poemas no hablan de ninguna pintura.

“El libro no es una descripción de Escobar. No se encontrarán lugares reconocibles, ni personajes, ni anécdotas, ni recorridos turísticos. Solo se trata de un intento por atrapar la poética del lugar. Esa cosa intangible que nos hace ser de acá”, finaliza, tan observador como multifacético.

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