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GUILLERMO GIBELLI

El guardián de la barranca

Curioso nato y excelente narrador, este empedernido coleccionista de carruajes antiguos abre las puertas de su estancia en El Cazador. Un recorrido singular por un lugar con mucha historia y grandes anécdotas.

Por SOFIA MORAS
smoras@dia32.com.ar

Hay personas que van detrás de los objetos, que son buscadores incansables de antigüedades, coleccionistas sin cura. Guillermo Gibelli (79), que se autodefine “chatarrero de alma”, está dentro de esta categoría. Un paseo por su estancia El Galpón, en el barrio parque El Cazador, implica inevitablemente detenerse en cada rincón, viajar en el tiempo y escuchar sus fascinantes relatos.

Adquirió la propiedad a principios de los ‘80, instado por su esposa, Cristina Cayol, quien le transmitió el amor por el campo. Fiel a su estilo, investigó la historia del lugar que irían transformando en una nueva casa de fin de semana. Y descubrió que había sido parte de un campo de 3.200 hectáreas de Benito Villanueva. Las 58 que él compró conformaban originalmente un potrero, con los bañados y con el viejo galpón para guardar ovejas, ubicado en la loma de la barranca, junto a ocho cuartos para peones anexados tipo casa chorizo.

“Algo muy de moda a fines del XIX y principios de siglo XX era que los playboys de la época tuviesen campos con cotos de caza. Por ejemplo, cazaban ciervo de los pantanos y jabalí. Estaban los Newbery, Villanueva, familiares de Roca, todos personajes importantes que venían a esta zona como si fuera una aventura”, comenta Gibelli a DIA 32, entusiasmado por contar cada detalle.

Sus recuerdos sobre aquellos años en familia al pie de la barranca le iluminan la cara. “Aunque solo veníamos los fines de semana, pasamos momentos importantes, los chicos lo disfrutaron mucho. Nunca pude vivir acá. Soy abogado y en esos tiempos trabajaba en Buenos Aires, a dos cuadras de la Casa Rosada. No me bancaba ir y venir por la Panamericana de tierra”.

Recorriendo El Galpón

Pese a sus techos altos y enormes dimensiones, hay detalles que generan un clima de calidez: las paredes cubiertas de cuadros y fotografías, el living emplazado alrededor del hogar, los ponchos exhibidos y los muebles en madera le dan un toque especial a El Galpón.

Pero lo que definitivamente se lleva toda la atención en este primer salón es una vitrina francesa que exhibe una chata cerealera en miniatura tirada por decenas de caballitos de terciopelo. Gibelli afirma que la compró a liquidación en una vieja talabartería porteña.

“A los extranjeros que nos visitan les explicó cómo funcionaban estas chatas cerealeras de ruedas enormes, tiradas por 16, 18 ó 22 caballos. No existían los camiones y se necesitaba sacar rápido las bolsas de arpillera y cruzar el campo sin caminos marcados, antes de que llueva”, comenta.

Mirando a través de la vitrina, como si fuera la primera vez, agrega más datos: “Este sistema, inventado en la zona triguera de Tandil, funcionó unos 40 años y fue fantástico a nivel mundial. Un hombre hizo esta colección que la pudimos rescatar y hoy contar esta historia”, agradece.

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Pasión por los carruajes

Avanzando hacia la segunda parte del galpón, siguen las sorpresas: en perfectas condiciones se exhiben antiguos carruajes restaurados y fileteados, y de las paredes cuelgan más fotografías en blanco y negro.

“Mi vida con los carruajes tiene casi 55 años. Empecé con dos sulkys y una yegua, con la que cortábamos el pasto. Lo que me interesaba era restaurarlos, trabajar la madera y pintarlos. En agosto de 1986 asistí a una reunión en La Rural, donde se creó el Club Argentino de Carruajes, del que luego fui presidente. Así me fui metiendo en este mundo y conociendo gente. El tema de juntar cosas es algo así como una droga”, confiesa. En la actualidad posee unos 50 carruajes.

En las paredes de este salón atesora algunas fotografías que va señalando al andar: “Aquí está Villanueva, de galera y bastón, en el Hipódromo de Palermo, con la hija de Roque Sáenz Peña. Se dice que estaban en amores. Benito era un gran cochero, y acá está con los hermanos Anchorena, que también lo eran. Podría contar mil historias”, afirma.

Belleza natural

Cuando Gibelli compró esta propiedad, encontró que la barranca era un basural. En esa época los frentes de las casas solían mirar hacia la calle Kennedy. Pero él hizo una limpieza profunda para poder contemplar el singular paisaje y controlar el ingreso de personas a las tierras.

“En esos tiempos había gente que se metía para cazar los cisnes de cuello negro. Yo me escondía entre las plantas, gritaba y tiraba al aire dos o tres tiros”, recuerda. Sin embargo, encontró un modo más eficiente y elegante para resolver la situación: los dos guardianes de piedra.

Empezó con una estatua de un hombre con binoculares y un perro fiel a su lado. Ambos miran al horizonte, parados donde inicia la barranca. Después, inspirado en otra escultura que vio en los jardines de un pueblo shakespeariano de Inglaterra, mando a hacer la segunda en el otro extremo, también balconeando.

“Buscábamos una figura natural, que tenga vínculo con el lugar. Mi hija Delfina me recomendó que me sentara con mi saco marrón a contemplar, así ella me sacaba una foto y copiábamos esa pose”, revela.

Ambas estatuas lo representan a él, un enamorado eterno de esta tierra y sus secretos, un entusiasta que sigue mirando el paisaje con tanta sorpresa como la de aquellos primeros tiempos. “Cuando se desmorona la barranca, que es la cuenca del Río de la Plata, todavía se encuentran fósiles de pescados y caracoles, es impresionante”, apunta.

La buena noticia es que este lugar no está reservado solamente para la familia Gibelli, ya que una de sus hijas -la misma que le recomendó sentarse en el banco sobre la barranca- gestiona el alquiler de la estancia para estadías breves a través de Airbnb, la conocida plataforma web que ofrece alojamientos turísticos.

Por su parte, él quiere redoblar la apuesta y piensa también en un formato tipo cafetería, para generar movimiento y darle vida, como a él le gusta, a “El Galpón” y los objetos que conserva.

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