Amante de los ritmos afrolatinos, dedica su tiempo a esparcirlos a través de la percusión por donde quiera que vaya. Radicado en Maschwitz hace tres años, es director del taller experimental Agua de Río y dueño de un método de enseñanza inclusivo y participativo.
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Por Redacción

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Por FLORENCIA ALVAREZ
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El sonido brota de su cuerpo, de su alma, de su espíritu, de sus manos golpeando los tambores con energía, con sabiduría. Desde chiquito, su umbral musical fue alto. Cuando lloraba, sus hermanas mayores lo tranquilizaban con Los Beatles, de más grande le hacían escuchar a Bob Marley, cuando todavía vivía y acá nadie lo conocía. “Mis hermanas eran unas hippies bárbaras”, dice el percusionista Franco Carzedda (42). “Jugaba con los instrumentos de percusión, con los sonidos. Tenía como una inquietud constante”.

Criado en Victoria, San Fernando, vivió en Florida, hizo su carrera en Capital y hace tres años desembarcó en Ingeniero Maschwitz, donde empezó a mostrar su arte en eventos tan convocantes como La Fogata de San Juan y Tambores a Luz de la Luna. Cual director de orquesta, y con su histrionismo a flor de piel, dirige a sus alumnos con una energía que hipnotiza al público.

Fue integrante de varias bandas, aprendió con reconocidos maestros y viajó por el mundo tanto como estudiante como exponiendo sus logros. Tiene su taller de percusión afrolatina en Florida, donde da clases individuales y grupales niveladas, y es la cabeza del Taller de la Ribera, en San Isidro, donde funciona Agua de Río, un ensamble experimental de percusión afrolatina, con el ritmo de los carnavales de La Habana y Santiago de Cuba como hilo conductor, que cada sábado se abre al público y del que participan más de cien alumnos.

Además, da clases en Sarambí, en el Paseo Mendoza de Maschwitz, donde es común verlo y escucharlo con algún aprendiz.

De adolescente revoltoso a estudiante aplicado

Su enamoramiento del tambor -una palabra que abarca cuanto instrumento de percusión caiga en sus manos- surgió después de ver un concierto de un primo suyo. Se compró uno e improvisó hasta que tomó conciencia de que si quería dominarlo, tenía que tomar clases.

“Ahí descubrí el mundo, descubrí la clave cubana, la música cubana. Rubén Blades fue mi primer referente y muy importante, porque descubrí la música que a mí me gustaba, más la retórica de la misma. El mensaje que venía aparejado con esa música para mí fue revolucionario, me marcó. Cuando escuché Chica Plástica, Desapariciones, Buscando América, todo lo que estaba vinculado con América latina, desde lo humano, lo político, lo espiritual, me acomodó muchas cosas que yo sentía y no sabía cómo vincularlas entre sí, y lo hice con la música”, afirma.

A partir de ahí armó su futuro, dejó de ser un adolescente sin rumbo y se sumergió en la disciplina que requiere la complejidad de la percusión latina. “El tambor me salvó, yo no sabía qué iba a ser de mi vida y a través de él lo supe”.

¿Cómo llegaste a Maschwitz?

Cuando nacieron mis dos hijos empezamos a buscar aires que tuvieran más que ver con la naturaleza, y Maschwitz era la mitad de camino entre irnos a algún lado más lejos y Buenos Aires. Cuando descubrimos este lugar, que es un cónclave medio escondido pasando el barrio San Luis, encontramos nuestro lugar en el mundo. Lo bueno es que dentro del mismo barrio se armó una suerte de comunidad de gente muy afín, tengo un contacto permanente con Capital, pero acá tengo mi huerta, mis animales, mi caballo, mis gallinas. Estoy como en un idilio con eso y encima tocando mucho, mucho, mucho. Desde antes de venir a vivir sentí que acá algo brotaba del suelo, y no me equivoqué.

¿Te integraste enseguida a la comunidad?

Sí, desde el Estudio Sarambí se abrieron muchas puertas. Con la dueña, Alejandra Magno, que fue como una luz para mí, empezamos a hacer un montón de cosas en Maschwitz. Entre ellas, Tambores a la Luz de la Luna, un evento solidario donde vinculamos a todo el tambor que esté dando vueltas por la zona. Recaudamos libros y alimentos para los barrios y los merenderos de Escobar. También participo de La Fogata de San Juan, un trabajo que se hace muy a pulmón, y mi aporte es desde el tambor. Se le pone mucha garra y es absolutamente sin fines de lucro. Cada vez viene más gente y verla es muy emocionante.

¿Cuál es la función del percusionista, por ejemplo, en una banda, acompaña o tiene la posibilidad de lucirse?

La percusión no es un mero color sino que es un instrumento musical importante, y con inquietudes desde el alma uno puede llegar a un montón de cosas. Inclusive a componer canciones o música. Son instrumentos como cualquier otro, se lee y se trabaja de igual a igual. Después está la característica de cada uno, yo escribo, compongo canciones, no es sólo tocar percusión sino pensar la vida desde la música. Es un instrumento tierra, muy fuerte y muy poderoso. Pero me considero un percusionista que trabaja con todos los sonidos, me gusta mucho el clima, los instrumentos de percusión menor y todo lo que represente a la naturaleza desde el sonido, sin recurrir a efectos electrónicos. No por menospreciar a la tecnología sino porque me gusta poder tocar y colocar esos sonidos con un criterio más espiritual.

¿En qué punto se toca la música con la espiritualidad?

En todo sentido. Lo musical, lo espiritual y lo social están absolutamente vinculados, en el arte en principio, y en la música en particular. Yo lo veo desde ese lado y esa es una característica artística que me atraviesa.

¿Cómo describirías tu forma de enseñar?

Creé un estilo de dar clases y con eso me hice una carrera que me permitió hacer un montón de cosas. La pienso como algo participativo. Va desde lo individual, por una cuestión técnica que no tiene escapatoria, y merece el desarrollo individual porque cada uno tiene sus tiempos, su cuerpo. Como docente hay que interpretar eso y llevarlo para que el alumno aprenda. Después, y como sostén de ese proceso individual, está lo colectivo, que es maravilloso. Ahí apuesto todas las fichas a la diversidad, a la comunión, a la comunicación. Por eso generalmente hago talleres que no sean nivelados sino donde todos participan, desde los que más saben hasta lo que menos, se amalgaman en una sola situación. Busco que la percusión no sea un gueto impenetrable sino todo lo contrario.

La música te hizo traspasar fronteras y viajar por muchos lugares, ¿cuál de esas experiencias es la que más rescatás?

Lo mejor que me pasó al salir al extranjero con mi música fue a partir de este método de enseñanza. En 2011 me invitaron a participar del Culturar Habana, en Cuba. Fui con 50 alumnos a exponer la forma de enseñanza y tocamos en Habana Vieja, El Museo del Ron, el teatro La Colmenita, la Casa de los Orishas, en muchos lugares emblemáticos. Fue como tocar el cielo con las manos, lo más maravilloso que me pasó en mi carrera.

¿Con quiénes estás tocando actualmente?

Ahora estoy tocando en La Farruka, con gente de Matheu, con Ro Kaneda y Martín Pajarola, ex Auténticos Decadentes, con quienes estamos grabando un disco y tocando bastante. Y también estoy en un dúo que se llama Avatares Latinos, con Alejandro Franov, hacemos un recorrido bastante loco por ritmos latinoamericanos desde el piano y la percusión.

¿Se puede vivir de la música?

Es difícil, pero soy un bendecido por poder vivir de lo que me gusta. Requiere de mucha dedicación, creer mucho en eso y es una forma de vida que yo acepté. Claro, si yo fuera una persona híper, recontra, súper consumista y quisiera tener una Ferrari, bueno, no daría. Pero para como a mí me gusta vivir, me alcanza y me sobra. Y eso hace que me sienta un bendecido.

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