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EDUARDO COSTANTINI

El arte de hacer dinero

El creador y dueño de Nordelta recibió a DIA 32 en su oficina del Malba para contar quién es, cómo se convirtió en uno de los empresarios más ricos del país y qué cosas le interesan. Perfil completo de un hombre de negocios.

Por FLORENCIA ALVAREZ
falvarez@dia32.com.ar

Es mediodía y Eduardo Costantini (65) sale de su oficina del Museo de Arte Latinoamericano (Malba) para recibir a los dos periodistas de DIA 32 que fueron a entrevistarlo. Por el mismo pasillo de ese primer piso acaba de pasar Tomasito -el más díscolo y mediático de sus 7 hijos- con cara de haber recibido algún regaño. El empresario viste zapatos negros, pantalones del mismo color y una inmaculada camisa blanca. Es un hombre delgado, de estatura mediana, a quien cuesta encontrarle la mirada en sus ojos celestes. Saluda, intercambia unas palabras de bienvenida e invita a ingresar.

En su despacho no abundan colores: el escritorio y el living arrancan en el blanco, pasan por el gris y terminan en el negro. Las estanterías bajas están llenas de libros de arte y arquitectura, el premio Konex 2008 y maquetas de edificios.

Dice que prefiere sentarse en una silla antes que en el gran sillón de un cuerpo ubicado en uno de los laterales de la mesa ratona. Sus problemas de columna le piden una estructura rígida donde apoyarse y cambiar de posición. Cruza las piernas y a cada rato las gira de derecha a izquierda y viceversa. Finalmente accede a sentarse en el sillón, sólo por unos minutos, para las fotos.

Costantini no es un hombre de perfil alto, pero está claro que se presta a la entrevista porque le interesa que la gente de Escobar sepa quién es y comience a familiarizarse con él, que pronto se convertirá en un importante actor social con la llegada de Puertos del Lago, algo así como un hermano mellizo de Nordelta.

El camino a la fortuna

Cuesta imaginar que el avezado hombre de negocios que hoy amasa una fortuna calculada en 300 millones de dólares haya sido un chico problemático en la escuela de San Isidro donde cursó sus estudios primarios. “Era indisciplinado y mal alumno. Muy reo, me gustaba agarrar la calle y estar con mis amigos”, recuerda. Pero cuando su padre cumplió la amenaza de internarlo pupilo en el colegio San José, su vida empezó a dar un giro: “Ahí hice un cambio, empecé a estudiar y a preocuparme por mi futuro”.

Pensó que estudiaría Filosofía o algo relacionado a las Ciencias Sociales, pero cayó en la cuenta de que Economía le daría un campo de desarrollo profesional más amplio. Y no se equivocó. Estudió en la Universidad Católica Argentina (UCA) durante cinco años, mientras por las tardes trabajaba en la empresa de su hermano, Rodolfo. Se encargaba de la parte financiera y correteaba bolsos de plástico y bufandas en la calle Santa Fe.

Cuando se recibió quiso seguir estudiando en el exterior, trabajó hasta ahorrar 25 mil dólares y se fue a Inglaterra a hacer un master en la Universidad de East Anglia. “Quería ir a Oxford o a Cambridge pero no me aceptaron”, confiesa.

Volvió con 8 mil dólares, de los cuales gastó la mitad en cambiar el auto. Tenía 30 años y comenzó a construir una fortuna en base a su sagacidad para mover dinero. Era agente de Bolsa y su trabajo consistía en observar el comportamiento del mercado financiero y actuar en consecuencia: “Cuando el riesgo comenzaba a aumentar yo me retiraba de todo y compraba dólares. Cuando veía que era oportuno, los transformaba a pesos y viceversa”.

En la década del ‘80 compró el 10% del Banco Francés y de Terrabusi a “una valuación ridícula”. Puso en práctica una de las fortalezas que le enseñó su padre: la paciencia, y esperó el largo plazo. “Lo del Francés fue el mejor negocio que hice en mi vida. A principios de los ‘90, por cada dólar que había comprado me dieron 100”, detalla sin replanteos por haber hecho de la especulación un medio para construir la base de su riqueza: “No veo nada de malo en comprar y vender”, se justifica.

Sin embargo, llegó el momento en que sintió que esa plata “había que invertirla en algo físico, tangible”, y como ya conocía el mundo inmobiliario decidió hacer sus negocios comprando terrenos, departamentos y edificios, mayormente en Capital. Ahí despegó y empezó a ser el personaje público que es ahora.

La compra del Banco Francés fue el mejor negocio que hice en mi vida. A principios de los ‘90, por cada dólar que había comprado me dieron 100”.

¿Cómo es ser millonario?

Uno no siente si es millonario o no. Yo no nací millonario, y la vida es igual que antes. Sin duda que hay mayores posibilidades, pero también mayores responsabilidades. El dinero se necesita para cubrir los gastos que uno va generándose y los proyectos que va teniendo.

Pero así como el pobre se siente pobre y es conciente de las limitaciones que tiene, el millonario sabe que, de alguna manera, todo está al alcance de su mano. ¿Cuál es la relación entre dinero y felicidad?

La felicidad depende de la estabilidad emocional de la persona. A veces ocurren cosas dramáticas en la vida que lo son con o sin dinero. La vida pasa por otros lados, por los amigos, por la familia, por la salud, por la dimensión social que tiene el ser humano, pasa por el arte. El dinero es un medio que se requiere para, por ejemplo, comprar una camisa, pero nada más. Millonario se le dice a aquel que tiene plata demás, que le sobra, y entonces puede cubrir holgadamente sus necesidades materiales, pero pensar que eso es la felicidad es una locura total. Hay gente que puede ser feliz teniendo problemas económicos.

¿Hay algún tipo de competencia entre los millonarios? ¿Se preocupa si sube o baja en los rankings de evolución patrimonial que publican las revistas especializadas?

Yo no, pero seguramente habrá otros que sí. Eso depende de cuán competitiva sea la persona. Está bien tener ambiciones y querer superarse, pero el estado de competencia permanente no es bueno, porque siempre vamos a encontrar a alguien que es mejor que nosotros. Entonces, te volvés loco.

¿Se relacionan de alguna manera los millonarios argentinos?

Hace poco me acerqué a Amalita Fortabat porque hizo un museo y le quise contar mi experiencia en el Malba, pero no la veo, y a “Goyo” Pérez Companc lo vi una sola vez. No hay un club de millonarios. Yo hago una vida normal, soy más independiente, a pesar de que en algún momento me pueda encontrar con personas que tienen mucha plata.

Hoy, en el mundo, no hay mucha simpatía hacia los millonarios ni hacia los concentradores de riqueza…

Es verdad… los indignados de Wall Street y de Europa están viendo que hay altos índices de desempleo pero, al mismo tiempo, muchos millonarios. Antes no lo veían mal porque ellos lo tomaban como un ideal, en el sentido de que podían llegar a acceder a ese status, pero hoy se dan cuenta de que están trabajando más que hace diez años y bajando el nivel de vida. Entonces empieza a haber una contradicción entre los que tienen y los que no, porque el sistema económico- social no les permite acceder.

¿Hay algo por lo que daría toda su fortuna?

A cambio de la salud… si estuviera al borde de la muerte o me aseguraran que me salvo de un cáncer terminal. Pero mirá a Steve Jobs…

Está bien tener ambiciones y querer superarse, pero el estado de competencia permanente no es bueno, porque siempre vamos a encontrar a alguien que es mejor que nosotros. Entonces, te volvés loco”.

El hobbie del arte

Costantini habla pausado y continuo, en un tono monocorde. Gesticula poco, no bromea y apenas si sonríe, aunque nunca pierde la amabilidad. Cuenta que no tiene una rutina de trabajo definida y que hace distintas cosas simultáneamente. Algunos días trabaja en el Malba -dice que le demanda mucho tiempo- y otros va a Consultatio Asset Management -su compañía dedicada a manejar fondos de inversión-, pero siempre intenta estar de vuelta en su casa a las 7 de la tarde. Por las noches recorre los diarios del exterior para saber cómo será el comportamiento financiero mundial del día siguiente. Juega al golf dos veces por semana y dedica los domingos a su familia. En el verano suele escaparse a Punta del Este y, entre otros deportes, practica kitesurf, una manía que no dejó a pesar de haber sufrido un grave accidente en 2003.

En una entrevista dijo que “es difícil sacarle plata a la gente”. ¿Se considera una persona avara o desprendida?

Yo no me considero ninguna de las dos cosas. Creo que uno tiene una responsabilidad social, independientemente de la plata que tenga. La cultura del argentino medio es sentir que su responsabilidad es la familia, que lo es, pero no pasa de ahí, cuando también tiene otra responsabilidad, que es la social. En el caso de los hospitales, de los colegios, de las bibliotecas y los museos, son entidades que en nuestro país tienen muchas necesidades y carencias. Y las familias que tienen los recursos para sustentarlas, no dan lo suficiente.

¿Qué significa para usted el Malba?

Para mí es un hijo, mucho más que Nordelta y Puertos del Lago. Su importancia está dada por el impacto social que representa como institución. Desde el Malba se abren mil avenidas. Ya pasaron por acá más de 3 millones de personas y queremos tener presencia en el interior articulando muestras con otros museos. En este momento tenemos exhibida la mejor colección de arte latinoamericano del mundo, con 500 obras. Por otra parte, está por aprobarse la ley de ampliación, para lo cual estamos intentando conseguir fondos, porque yo no puedo poner 3 millones de dólares. Los museos pierden plata, y cuanto más grandes son, más se amplía el déficit.

¿Cuánto vale hoy el museo?

Es muy difícil darle un valor a la colección permanente pero, por ejemplo, por la obra “Abaporu”, que es la más importante del Brasil, nos han ofrecido 30 millones de dólares. La misión mía y el auto-mandato que tengo es formar una institución sustentable a cien años. Yo me sentiría orgulloso si al Malba ingresaran veinte familias y tuviera una sustentabilidad no solamente financiera sino que venga gente con poder político que garantice una continuidad. Así sería una creación inteligente.

¿Es buen negocio invertir en arte?

Sí, aunque es una inversión de largo plazo y hay que saber. Para eso hay que asesorarse y no con un galerista sino con un estudioso, con un académico que sepa de historia del arte. Sino no recomendaría comprar arte.

Puertos del Lago tiene que tener la sensibilidad y la obligación de ser solidario con Escobar, desarrollar programas sociales y asumir compromisos que puedan mantenerse a lo largo de 40 ó 50 años”.

Las claves del negocio

Pese a su prosperidad, Costantini no se asume como un tipo brillante. “Es una fantasía de la gente creer que todo lo que toco lo convierto en oro”. De hecho, se considera una persona “lenta”, porque para conseguir sus logros fue elaborando estrategias de a poco, pensando los pasos a seguir y adhiriéndose a una disciplina que no cualquiera puede lograr.

¿Se aprende, se intuye o se nace con un don especial para olfatear y ejecutar buenos negocios?

Hay gente que nunca va a ser buena para los negocios ni para administrar plata. Por ejemplo, a mí me gustaría cantar pero no hay manera, no tengo oído, y no tengo ángel. El secreto está en conocerse y no engañarse. Es como le dijo Steve Jobs a los graduados de Stanford en ese discurso legendario: cada uno tiene que descubrir su identidad y hacer su propio camino.

¿Ganó mucha plata con Nordelta?

Estos desarrollos no son rentables, no es un sector dinámico. El modelo de negocios de las ciudades es complicado, porque hay que hacer inversiones gigantes. Funcionan como una caja de ahorro, que puede dar frutos a 30 años. Es algo muy trabajoso y poco rentable por la enorme cantidad de inversión que hay que hacer. Uno tiene que bancar el costo de estructura durante décadas.

¿Cómo definiría a una ciudad pueblo?

Como una comunidad que en 20 años puede ofrecer un hábitat a 60 mil personas, por dar un número, porque no se sabe. Es una ciudad donde hay que tratar de resolver problemas de convivencia, de organización política, de relación con los distritos donde están ubicadas. Requiere de un programa de educación, de un programa comercial, hay que ver el tema de los accesos, de la sustentabilidad ambiental, el diseño arquitectónico con sus circulaciones. A medida que la comunidad crece tiene que convivir con distintas situaciones.

¿Cuál de todas las críticas que le hacen le parece injusta o le duele especialmente?

Yo creo que cada uno tiene que hacer su parte en la vida de acuerdo a ciertos valores. No sé… ¿cuáles son las críticas?

La mayoría tienen que ver con el impacto ambiental de sus emprendimientos y con la conformación de las llamadas “sociedades burbuja”…

Nosotros queremos respetar todas las normas existentes y las restricciones ambientales que hay. No solamente queremos ganar plata, también nos interesa la calidad de la realización. Nuestra vocación es que estas ciudades sean lo más abiertas posible y puedan interactuar con las comunidades vecinas. Lo que está pasa con Nordelta es que a medida que va avanzando uno tiene que encontrar un equilibrio entre lo que quiere esa comunidad, que está asustada por la inseguridad, y los de afuera. Tenemos un órgano de administración central que puede materializar, en el caso de la seguridad, un buen ambiente siendo el lugar muy abierto. No es necesario que esté todo cerrado para lograr seguridad, hay tecnologías, vigilancia… La mitad de los chicos que van al colegio de Nordelta vienen de afuera, el centro médico atiende cualquier prepaga y pueden venir a atenderse de afuera también.

Pero no hay reciprocidad. Quienes viven en Nordelta no parecen muy preocupados por lo que pasa fuera de la gran ciudad pueblo que habitan…

Está bien, ¿y cuál es el problema de hacer una alternativa mejor y cumplirla desde el primer día? Nuestro desafío es hacer una ciudad que, armoniosamente, resuelva los problemas de sus habitantes. Por supuesto que tiene una identidad, que no es la de Truman Show. La realidad es que la gente le tiene miedo a la inseguridad y se quiere encerrar cada vez más. Concuerdo en que sería mejor que estuviera abierto, pero también sería mejor que no mataran gente.

O sea que si existiera la inseguridad cero un emprendimiento de estas características no sería negocio…

No sé, porque cuando nosotros empezamos no teníamos tan en cuenta el tema de la inseguridad.

¿Le importa la aceptación que tengan los escobarenses no ya de su proyecto sino de su persona?

Por supuesto, y creo que Puertos del Lago tiene que tener la sensibilidad y la obligación de ser solidario con Escobar, desarrollar programas sociales y asumir compromisos que puedan mantenerse a lo largo de 40 ó 50 años.

¿Sabe que para llegar a ser el millonario “favorito” de los escobarenses tiene un competidor muy fuerte, no?

Nosotros estamos haciendo un camino de 14 millones de dólares que es muy importante para Escobar y lo va a poder utilizar toda la gente. Pero yo no voy a competir con “Goyo” Perez Companc, no puedo compararme con él, que además hizo Temaikèn. Pero buenísimo, cuantas más cosas se hagan, mejor. Hacen sinergia.

Creador de comunidades

Puertos del Lago es la segunda ciudad pueblo que Eduardo Costantini está construyendo, emplazada en 1.400 hectáreas escobarenses. “Elegimos este lugar porque la ubicación es excepcional, por la exposición que tiene al Río Luján y por la disponibilidad de tierras”, explica el empresario.

En un principio se están proyectando cinco barrios, que serán parte de una ciudad satélite que en un futuro prevé albergar a más de 50 mil personas. Estarán dispuestos alrededor de un lago central y se calcula que su inauguración sería en 2015.

Puertos del Lago, al igual que Nordelta, contará con clínicas, supermercados, centros comerciales y colegios.

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