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ALBINA FLORES

“No entiendo la insensibilidad frente al hambre de un chico”

Es la encargada de un merendero comunitario que funciona en el barrio San Miguel desde hace más de una década. “Nunca tuve ni voy a tener aspiraciones políticas. Mi interés es no pasar por esta vida en vano”, afirma.

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Por FLORENCIA ALVAREZ
falvarez@dia32.com.ar

Son las cuatro de la tarde de un martes y los chicos que van a tomar la merienda a “El Quinchito” empiezan a dar el presente. Entran tímidos, con la cabeza medio gacha, dicen hola en voz muy baja, se encuentran con sus amigos y se acodan en una larga mesa. Hoy salió mate cocido, dulce de durazno y pan casero. No hablan, porque tienen la boca llena y no se distraen hasta terminar.

Después de comer ya están listos para la diversión. Agarran los lápices de colores y los papeles para hacer un dibujo o toman uno de los tantos libros que hay en la biblioteca del salón para dedicarle un rato a la lectura. A veces participan de algún taller, se atreven a aprender a tocar algún instrumento para unirse a la orquesta que se está formando o asisten a las horas de apoyo escolar.

Los días soleados juegan un picadito en la cancha de arena que hay afuera o se quedan sentados charlando, como quien va al bar a tomar un café y a ver caras conocidas. Una vez por mes también hacen la fiesta de cumpleaños de todos los que hayan cumplido en ese período. De esto se encargan, desde hace seis años, las chicas de la ONG Dibujando Sonrisas. Cada chico tiene su propia torta y un padrino que le trae un regalo.

Eli, Fabi y Gladys cocinaron la mañana entera, al igual que todos los días, para dejarles algo rico a los chicos. Marcela, Elba y Magalí los reciben por la tarde, preparan los platos, untan los panes y llenan las tazas con cariño. Aunque no siempre fueron ellas mismas, distintas mujeres están al frente de la cocina desde el año 2005, cuando la vieja casita que hacía de Sociedad de Fomento fue recuperada luego de que una antigua comisión hubiera decidido prestársela a una señora que se adueñó del lugar, ubicado sobre la calle Emilio Lamarca, en el barrio San Miguel de Ingeniero Maschwitz.

Pero esto es adelantarse mucho en la historia, que se remonta a 1982. Ese fue el primer año que los grandes decidieron juntarse para organizar el Día del Niño, un evento que aún hoy se sigue llevando a cabo, cada vez con más sorpresas y regalos para todos los chicos.

“En aquella época hacíamos todo a pulmón. Había gente que trabajaba en Terrabusi y conseguía el chocolate, otro traía la leche del tambo de su padre, una señora ponía tortas fritas, la otra hacía bolas de fraile y se armaba lindo. Cortábamos la calle, encendíamos un grabador y hacíamos una torta grande para compartir”, recuerda Albina Flores (54), encargada del merendero.

Más de veinte años después, en ese lugar que no era más que un quincho protegido por chapas ruinosas, empezó a funcionar el merendero, sobre la calle Emilio Lamarca. Las necesidades eran enormes, el frío se colaba por las aberturas y no había recipientes donde servir el mate cocido, la leche o en el mejor de los casos, el chocolate. Mucho menos dónde sentarse y la cocina contaba con apenas lo básico. Pero todo, con esfuerzo y perseverancia, se iría resolviendo.

Pedir no cuesta nada

Tiempo más tarde se unieron al plan Argentina Trabaja, formaron una cooperativa y recibieron ayuda desde Un Techo para mi País. En una de las visitas de Cristina Kirchner a Garín, las mujeres de “El Quinchito” fueron invitadas a acompañar a la ex presidenta durante el acto. Mientras ella hablaba, Albina tuvo una idea: le pidió a su hermana Juana que le prestara una hoja y rápidamente escribió una carta contándole cuál era el trabajo que hacían en el merendero para pedirle una mano.

“Escribí todo rápido, desprolijo, con letras grandes, le puse teléfono y dirección. No le pedía mercadería sino tazas, cucharas, mesas, que era lo que más nos faltaba. Y también le pedí que, si podía, nos diera una amasadora”, relata a DIA 32.

Su carta no fue en vano. A los pocos días la llamaron por teléfono diciendo que se comunicaban desde Casa de Gobierno, Albina pensó que era una broma de su marido y su respuesta fue: “¡Dejate de hinchar!” Pero la llamada era verdadera: le preguntaron si podía ir al lunes siguiente a la Casa Rosada para realizar su pedido formalmente. Poco después un camión llegó a “El Quinchito” con todo lo requerido, incluyendo la amasadora.

A partir de ese momento se animaron a ir por más; en 2007 el esqueleto del viejo quincho de chapas se fue robusteciendo. Se construyó un salón más grande de ladrillos, cemento y algunas manos de pintura donde se ubican las mesas con sus bancos a ambos lados. La cocina está equipada con un freezer, tres heladeras, alacenas, la famosa amasadora, un horno y una mesada central donde se amasan varios kilos de pan por día, bizcochuelos, pastafrolas y hasta la codiciada semita sanjuanina, con chicharrón y todo.

Soy muy agradecida y nunca me voy a cansar de decir que esto vino gracias a Cristina y a Alicia Kirchner, que visitó este lugar dos veces y nos ayudó mucho. En la época de ellas nos bajaban los camiones de mercadería y podíamos ayudar a nuestros vecinos”.

Servir al prójimo

Albina es la hija número trece de una familia sanjuanina de dieciséis hermanos. En 1977 vino al barrio San Miguel, donde ya estaba viviendo una hermana mayor. Recuerda haber tenido “una infancia feliz” y no haber pasado necesidades, a pesar de ser tantos bajo un mismo techo. Su padre era sereno en un edificio gubernamental y su mamá, ama de casa. “Si faltaba alguna cosa mi padre hacía horas extras y la conseguía. No teníamos lujos, pero vivíamos bien”, afirma.

Por su labor social, durante estos años recibió varias distinciones de diferentes instituciones locales. Desde hace un tiempo también se la ve compartiendo actos junto al intendente Ariel Sujarchuk, con quien asegura que mantiene una muy buena relación. Desde el año pasado es administradora de la sala Argentino Torres y antes lo había sido de la posta sanitaria del barrio.

“Nunca tuve aspiraciones políticas ni las voy a tener. Mi interés es no pasar por esta vida en vano. Sí soy muy agradecida y nunca me voy a cansar de decir que esto vino gracias a Cristina y a Alicia Kirchner, que visitó este lugar dos veces y nos ayudó mucho. En la época de ellas a nosotros nos bajaban los camiones de mercadería y podíamos ayudar a nuestros vecinos”, señala, con gratitud.

Cuenta que, además de los alimentos para el merendero, también recibían mercadería para asistir a las familias más necesitadas, guardapolvos para todos los chicos y asistencia sanitaria. “En esa época estábamos bien. Los chicos venían porque este es un lugar de pertenencia, pero no porque tuvieran hambre. Ahora, cada vez son más los que vienen y hace dos años que desde el gobierno provincial no recibimos nada. Nada de nada. No entendiendo que haya personas insensibles frente al hambre de un chico”, se indigna.

A pesar de todo, asegura que ya pasaron muchas, buenas y malas, y que aprendió que mientras haya unión y determinación para seguir adelante, no habrá nada que los quiebre. Ya vio muchas cosas dolorosas, pero dice que lo que más le parte el corazón es ver cómo hay “chicos que esconden bajo la manga el pedazo de pan o de torta que sobra de la merienda para llevárselo a la casa”. Una señal inequívoca de que en su hogar pasa hambre.

FICHA PERSONAL

Actitud positiva

Albina está casada con Héctor Hernán Cortés desde hace 39 años y tiene cuatro hijos: María Jimena (38), Viviana Soledad (36), Santiago Javier (27) y Tomás Hernán David (21). En 2013 terminó el secundario para adultos con el plan Fines junto a otros ciento veinte egresados. “Me enojo todos los días conmigo misma por no haber estudiado de asistente social. Pero, como me dicen mis hijos, estoy a tiempo”, confiesa.

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