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EL TRABAJO DE UNA DOCENTE POR LOS CHICOS DE LA CALLE

Un corazón enorme

Silvia Landriel es la locomotora que desde 2007 saca adelante la Casa del Niño “María de la Esperanza”, un hogar de día que se ocupa de “devolverles la dignidad” a 60 chicos y adolescentes. “Desde que elegí hacer esto cambié mi vida. Estoy en un viaje de ida”, asegura.

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Por MARCOS B. FEDERMAN
mfederman@dia32.com.ar

Nacida en Mendoza y madre de tres hijos, Silvia Landriel llegó a Escobar hace once años. Es docente y ejerce todas las tardes en una escuela pública. Su profesión, precisamente, hizo que abriera los ojos y viera en sus alumnos la desigualdad social creciente. Todavía hoy advierte cómo muchos chicos van al colegio sin buena ropa y pensando más en la comida que en la historia argentina. Esa conciencia social se tradujo en responsabilidad. Algo tenía que hacer.

Silvia cambió su vida para siempre cuando decidió ser la cabeza de una organización que está cerca de cumplir con lo que sus fundadores soñaron. “Al principio éramos varios matrimonios de docentes que soñábamos con ayudar a los chicos de forma integral, atendiendo la salud, acompañando la educación, fomentando la buena alimentación y fortaleciendo valores como la solidaridad”, le cuenta a DIA 32.

En la actualidad, 60 chicos concurren a la Casa del Niño diariamente para estudiar, comer, vestirse y curarse. Desde un bebé de 5 meses hasta adolescentes de 17 años.

Devolver la dignidad

Más de diez personas trabajan todos los días allí para “darles dignidad a los chicos que la perdieron y a los que no la conocían”. La realidad que se vive en los barrios llega a ser desoladora: madres adolescentes, desocupación, mala alimentación, violencia y abusos.

Es titánica la tarea de dignificar la vida humana a través de cada niño y cada niña, pero esa es la misión de Silvia y todos los que colaboran en hacer que este espacio de esperanza siga en pleno crecimiento.

Situada en la esquina de Libertad y Pasteur, en Belén de Escobar, la casa tiene el lugar aprovechado al máximo. Un sector para la ropa, otro para los útiles y el estudio, el comedor, que también se usa para estudiar, un patio donde hay más chicos pintando y un pequeño consultorio en el que un pediatra y un odontólogo atienden a los chicos que los necesiten.

Un camino sin retorno

“Desde que elegí hacer esto cambié mi vida. Estoy en un viaje de ida. Si bien sigo siendo docente, me paso la mayor parte del tiempo en este lugar, rodeada de chicos que necesitan un montón de cosas. Nosotros hacemos lo que podemos”, explica Silvia. Y lo que pueden es mucho.

Además de la Casa del Niño, Silvia coordina la construcción en Escobar de un hogar orientado a los adolescentes y también está embarcada en la creación de una granja en Matheu.

“Sueño con que los chicos estudien y se capaciten. Que un día puedan trabajar en esa granja y que esa granja dé trabajo a los más grandes y alimente a los más chicos. Así cerramos el círculo de la integración social. Porque acá les damos contención hasta la adolescencia, pero después van a la calle, y si no hay trabajo, se les complica”.

Ni el presente ni el futuro son fáciles para mantener a flote tanto trabajo solidario y desinteresado. A veces aflora la providencia y otras aparecen maldiciones. “Hubo una semana en la que no teníamos carne. Estábamos adentro rezando y nos tocaron la puerta. Abrí y era un señor que venía a regalarnos diez pollos. Fue increíble para todos, pareció un milagro”.

Tristemente, también es increíble la maldad a la que llegan otras personas. “Hace poco entraron a la granja y nos mataron la vaca y la oveja. Pobrecitas… ni siquiera las llevaron para comer. Sólo entraron para hacer maldad. Las mataron y las dejaron ahí”.

Hay gente que me dice que lo que hago no tiene sentido, que los chicos no van a mejorar. Pero trato de no escuchar esas pavadas.

El fondo de la cuestión

Silvia hace honor a aquella frase que dice que no hay que darse por vencido ni aún vencido. Saca fuerzas, respira hondo y sigue trabajando. Reconoce que la sociedad actual ofrece pocas posibilidades de integración y entiende que los robos y la violencia tienen raíces sociales.

“Si esta sociedad ofreciera oportunidades, si los padres tuvieran trabajo y los chicos estuvieran contenidos por la familia y la escuela, entonces nadie hablaría de bajar la edad de imputabilidad”, dice con firmeza cuando se la consulta por el tema.

De repente, la charla se interrumpe. Sus ojos se fijan en un chico que está a punto de llorar del otro lado del patio. Se levanta y lo va a buscar, le hace “upa” y el nene sonríe inmediatamente.

La dedicación de Silvia es constante. Si bien sabe que lograron bastante, también señala que si más personas se involucraran como ella, más se podría lograr. “No entiendo cómo la gente está tan descreída y descomprometida. A veces hablo con gente que me dice que lo que hago no tiene sentido, que los chicos no van a mejorar. Pero trato de no escuchar esas pavadas”.

En cambio, Silvia ve todos los días cómo su dedicación rinde frutos en chicos más felices por descubrir un poco de dignidad. “Por lo menos nos aseguramos de que estén bien alimentados, que tengan su ropa, su mochila, sus útiles y los libros que necesitan para la escuela”.

El diario trajín es realmente cansador, y Silvia no se hace la heroína. Sabe que algún día tendrá que pasar la posta y confía en que sean los más jóvenes quienes se acerquen. “Voy a estar con los chicos hasta que Dios quiera y me den las fuerzas. Pero algún día no voy a estar más acá. Y van a tener que ser otros los que se encarguen. Por eso necesitamos que la gente joven se comprometa y se acerque a aportar sus energías y conocimientos, así esto puede continuar”.

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