En la Unidad Penitenciaria de Campana funciona la escuela Nº 7 “Claudio Lepratti”, donde decenas de presos que no tiran la toalla buscan forjarse un futuro mejor. Docentes escobarenses trabajan en la ardua tarea de acompañarlos a salir del fondo del pozo.

Por MARCOS B. FEDERMAN
mfederman@dia32.com.ar

Flanqueada por descampados se yergue la Unidad Penitenciaria Nº 21 de Campana, construida a fines de 1998. Desde la ruta 6 la miran familiares que visitaron a los suyos mientras esperan el colectivo en la parada. Unos 300 metros adentro está el segundo puesto de control, sin guardia. Pasando una cancha de fútbol y rugby con varios haciendo ejercicio están las casas de medio-camino, donde se ve a una mujer barrer el patio mientras el tipo azuza el fuego de la parrilla con un cartón. Como parte de un novedoso proyecto, un puñado de viviendas de aspecto digno alberga a presos que están a punto de salir en libertad. Durante unos meses viven allí con sus familias, como paso intermedio para promover una mejor re-socialización.

Varios pabellones separan a hombres de mujeres, a viejos de jóvenes y, especialmente, a “inadaptados” del resto. Un Casino de Oficiales con cierto aire señorial y militar está entre el estacionamiento y la entrada principal, donde toda persona se dirige si quiere hacer algo en la cárcel.

Nuestro primer intento fue inflexiblemente repelido: “Hola, somos docentes y él viene a hacer una nota sobre la escuela. Nos espera el vicedirector”, nos presentan. “Si no cuentan con la debida autorización no van a pasar”, responde con dureza un agente del Servicio Penitenciario Bonaerense. Nos devuelven nuestros bolsos y salimos. Pero media hora más tarde estábamos adentro, llamado telefónico mediante a quien, en efecto, aguardaba nuestra visita.

Volvieron a requisar nuestras pertenencias y nos encomendaron a un guardia que a lo largo de la caminata de ingreso abrió y cerró varias pesadas rejas. Pasamos por un largo túnel subterráneo que une el exterior con el interior. Dice el guardia que en caso de un motín ese túnel es inundado para que nadie pueda escapar. Del otro lado hay más rejas y un gran patio interno, que en el fondo tiene pintado un mural gigantesco. Ya estamos adentro, en un circuito intermedio entre la escuela y los pabellones. Reclusos y guardias caminan a la par con aire cotidiano y sin vigilancia intensa. En esos pasillos los presos mutan en estudiantes.

Derecho a educarse

Impresiona el encuentro del mundo penitenciario con el pedagógico. Ahí, encerrados, sobrepoblados, alguna vez golpeados y con muchos años por delante, no pocos eligen la educación como un gancho colgado de la esperanza. Tal parece es cierto que es lo último que se pierde.

La educación en las cárceles juega un rol importantísimo en las chances de reinserción social una vez que salen tras soportar todo lo denso y jodido que implica la vida entre barrotes. La mayoría de los presos que eligen educarse dentro de los pabellones no reincide en la delincuencia cuando vuelve a ser libre.

Miguel Maich vive en Belén de Escobar y hasta el año pasado trabajó en la escuela “Claudio Lepratti” que funciona en el penal de Campana. “Mis primeras sensaciones fueron de curiosidad y una conmoción muy grande. Fue un viejo profesor el que me aconsejó sabiamente: Usted va a tener alumnos de diferentes contextos, diferentes niveles de aprendizaje, diferentes saberes previos… pero usted siempre vea alumnos. El docente tiene que ayudar a los alumnos”. Y con esa filosofía encaró su rol.

El vicedirector de la institución es Lucas Giménez, también vecino de Escobar. Cuenta que “muchos presos no están en condiciones psicológicas de aprender porque sus vivencias son durísimas. Ellos valoran mucho este servicio que le brindamos, ven un derecho y lo quieren ejercer. Hay quienes vienen para quedar bien con el juez, pero después se suman y lo toman como un enriquecimiento personal”.

Los mueve primero un interés, porque si trabajan o estudian la Justicia les da beneficios. Pero Giménez afirma que “después atraviesan una transformación genuina. Les gusta también salir del pabellón, alejarse de la violencia, no preocuparse porque los acuchillen, salir del ámbito tumbero y relacionarse con gente de afuera. Es como que la escuela les trae el afuera a la cárcel. Ven otra realidad”, explica.

Lecciones de la vida

Roberto está preso en Campana y es estudiante de “la 7”. Asegura que la mayoría estudia “para desarrollar la inteligencia y abrir la mente”. Personalmente, él decidió sacarle algo a su castigo: “Acá el tiempo es perdido, así que más vale aprovecharlo estudiando. El pabellón está superpoblado y es incómodo para estudiar. Pero no queda otra, ya estamos acá”, señala con un nudo de resignación.

Desde un pupitre cercano, otro estudiante preso afirma que se la pasa leyendo de todo: Antropología, Física, Cívica. “A fin de año termino la escuela y me voy en libertad en cinco meses. Estoy estudiando para tratar de reintegrarme un poco en la sociedad, tratar de que nos den un poco más de cabida”, asevera con convicción.

Son varios los que hicieron sus estudios primarios y secundarios dentro de la cárcel. El aula, tan parecida a la de cualquier escuela, tiene su pizarrón, su docente, sus ventanas y sus alumnos esperanzados de vivir una vida mejor algún día. Estudian porque reconocieron una herramienta en su propia educación, una herramienta para encontrar su lugar en esta sociedad donde muchos claman por más seguridad y miran con sospecha a villeros, locos y ex convictos.

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