Su vida es un testimonio de servicio: trabajó 35 años en el hospital ferroviario y hace décadas es cooperadora del Erill. En Maschwitz, donde habita desde 1935, la declararon “vecina ilustre".
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Por Redacción

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Por ARIEL J. SPADARO
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Alguna vez se la habrá visto con un changuito yendo a buscar plásticos y cartones al ex supermercado Norte, para venderlos y recaudar fondos para la cooperadora del hospital Erill, o al frente de la feria americana de la calle San Lorenzo, al lado de la guardia. Pero siempre a cambio de un simple “muchas gracias”. Por los senderos arenosos que desembocan en el Centro de Jubilados y Pensionados “Ingeniero Maschwitz”, DIA 32 siguió los pasos de María Eugenia Cufré de Bertolotti, “Mariquita” para todos. El encuentro queda signado por la cortesía de una dama que no descuida detalles, pero deja vagar la sensación de comodidad que uno atesora de su propia casa.

Muestra el mejor perfil y se dispone a contar su historia de vida.

Cuándo le preguntan quién es, ¿qué es lo primero que le sale al responder?

Me considero una persona común y, hablando en criollo, no me mando la parte. Soy de perfil bajo y si me destaco en algo no es porque lo busque. Con todas las personas que me trato siento que me quieren mucho.

¿De qué manera surgió, de tan joven, una vocación social?

Siempre digo que soy una asistente social frustrada. Tuve vocación por atender los servicios comunitarios, ayudar a la gente, aunque más no sea con una palabra o en lo que pudiera necesitar. En realidad, hubiera querido ser enfermera, pero las cosas no se dieron. De cualquier manera, siendo secretaria de una sala uno no está todo el día escribiendo notas detrás del escritorio: se comparten muchas cosas con el médico en las atenciones al paciente. Inclusive yo aprendí a hacer yesos y a dar inyecciones, porque a veces se presentan situaciones de necesidad y siempre hay imprevistos.

¿Cree que como enfermera hubiera logrado ayudar más a la gente de lo que pudo desarrollar como empleada administrativa?

No, creo que no, porque la enfermera, si bien es la mano derecha del médico, se tiene que limitar a ciertas cosas y yo nunca me limité en las actividades que estuviese haciendo. Siempre fui de investigar, hice infinidad de cursos relacionados con la salud. De haber sido enfermera no hubiera tenido tanto contacto con la gente como tuve.

Yendo a otra de sus funciones sociales, ¿qué pasa dentro suyo como miembro de una cooperadora, en su caso, la del hospital?

Siento la satisfacción de dar sin esperar un agradecimiento de aquel al que uno le da. Pienso que Dios sabe lo que hace y que si alguna vez necesito, me ayudarán.

¿Qué no debería influir en una cooperadora?

En una cooperadora, así como en cualquier institución de bien público, lo primero que no tiene que entrar es la política. Se tiene que tener vocación de servicio para poder dar sin pedir. Gracias a Dios, en la cooperadora del hospital somos un grupo que nos complementamos muy bien, nos entendemos y creo que cada uno de nosotros es tan fuerte que los que no piensan como nosotros se van.

El día que deje la cooperadora, ¿qué se va a llevar?

La satisfacción de haber brindado mi tiempo, porque lo he dado con todo el corazón, a veces con sacrificios personales.

Durante su experiencia como administradora de un hogar de ancianos, ¿se encontró con alguna realidad particular?

Si, que no es como dicen, que a los viejos los meten en un hogar y los abandonan. Los hogares de ancianos fueron creados por la misma sociedad, hay una necesidad de tener a esa gente atendida. A veces el familiar piensa que nadie lo puede atender mejor que él, pero no se da cuenta de que por sus ocupaciones no puede cumplir totalmente ese rol. En un hogar, aunque no parezca, el anciano tiene entretenimientos. Hay terapistas, asistentes sociales, enfermeras, mucamas, una nutricionista, pedicura, masajista, gente que va a leerles, hacen manualidades, tienen sus horas de reunión con sus pares, las fiestas de cumpleaños. No son depósitos de personas. Es algo que si uno no conoce, no puede hablar. Siempre digo que la gente tendría que participar de alguna de esas cosas, aunque sea durante un tiempo, para ver cómo es la atención de un hogar. En el hogar “Belén” hemos tenido casos de personas que se conocieron y hasta formaron matrimonio. Y también de gente que ha me­jorado saludablemente, porque tiene una atención permanente.

A medida que avanza la entrevista, emerge su figura. Demuestra que la voluntad no necesita de visos llamativos sino de constancia y de una vitalidad especial, la misma que describe a “Mariquita” a través del túnel de los años y logra que su espíritu de juventud amanezca cada día para los demás.

¿Por qué alguien como usted, con voluntad de ayudar a la gente, nunca participó de la política?

Varias veces me ofrecieron ser candidata a concejal, pero no acepté porque creo que pertenecer a un sector político podría comprometerme o dificultarme seguir estando abierta a todos, sin distinción de ideas.

¿Tiene alguna afinidad política?

Podría decir que simpatizo con algunas ideas del radicalismo, pero a la hora de votar soy una ciudadana independiente.

¿Cuáles han sido, a su criterio, los mejores intendentes que ha tenido Escobar?

Creo que Luis Patti, que hizo muchas obras, y ahora Sandro Guzmán, que se preocupa por las localidades.

¿En todos estos años, como vecina, sintió que haya una centralización en Belén de Escobar y se deje de lado a otras localidades?

Sí, yo lo he visto así, aunque en estos últimos años eso cambió.

¿Aprecia más el Maschwitz actual o prefería al de antes?

Son dos épocas muy distintas. El de antes, hace 50 años, era totalmente diferente. Me acuerdo que cuando venían mis compañeras de oficina desde Capital se admiraban de las calles de arena. El actual está muy bien, muy lindo. Además, es una necesidad que se extiendan los pueblos. Ya no somos campo y la población tiene otras necesidades. Creo que Maschwitz, por suerte, evolucionó bien. Y lo favorece que no haya fábricas, porque sigue siendo un pueblo de muchas plantas y poco cemento. En realidad, Maschwitz es un pueblo de descanso. Y de artistas, principalmente plásticos, aunque hay de todos los órdenes.

¿Dónde guardó tanta emoción al haber recibido de su comunidad la distinción de “vecina ilustre”?

Fue un momento muy especial, no lo puedo describir. Ahí tuve la prueba del reconocimiento por hacer algo por alguien. Para mí fue un premio a ese anonimato que tuve siempre. Nunca había pensado que podría recibir una distinción así.

¿Hacia qué horizontes asoma su futuro personal?

Con muchos proyectos. Por ejemplo, pienso quedarme en el Centro de Jubilados hasta que hagamos un salón en el fondo. Y en lo personal estoy tratando de viajar un poco para conocer el país, porque antes no tenía tiempo. Ahora, cuando puedo, trato de hacérmelo.

¿Cómo le gustaría ser recordada?

Como una simple vecina, una amiga.

Dijo el poeta Bertolt Brecht: “Hay hombres que luchan un dio y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles”. En esta última categoría se inscribe la trayectoria de María Eugenia Cufré, una mujer imprescindible.

Perfil

María Eugenia Cupé nació el 19de agosto de 1930, en Buenos Aires, pero su familia vivía en Garín y cinco años después se radicó en Ingeniero Maschwitz. En 1948 entró como secretaria en el hospital ferroviario de Belgrano, de donde se retiró en 1983 tras haber recorrido toda la carrera administrativa: fue jefa de Patrimonio, de Compras y finalmente administradora. Paralelamente, durante trece años desempeñó el mismo cargo en el hospital Erill, cuando su director era el recordado doctor Carlos Legaría. De ahí en adelante se hizo miembro de la asociación cooperadora, donde continúa hasta estos días. Por dos años, en la intendencia del radical Oscar Larghi, también fue administradora de la Maternidad Municipal. Además, entre 1991 y 2001, administró el hogar de ancianos “Belén”. Hace cuatro años integra la comisión directiva del Centro de Jubilados y Pensionados “Ingeniero Maschwitz”. En 2008 fue distinguida como “vecina ilustre”, el máximo galardón que se otorga anualmente en esa localidad.

De joven, en 1952 y por cuatro años, formó parte del grupo de teatro “Rumbos”, dirigido por Angel Amerisse, donde compartió tablas con Mario Stigliani, Roberto Bertolotti -su marido-, Andrés Cufré -su hermano-, el “Bocha” Biríndeli y Tomás Seminarí, entre otros conocidos nombres escobarenses. Tiene una hija: María Eugenia, profesora de plástica y escenógrafa.

Cuestión de gustos

Hobbies actuales: El jardín. Cuidar las plantas.

Deporte predilecto: La equitación, toda mi vida, aunque hace siete años que no ando a caballo. Con un tío mío corría carreras en la antigua pista de Maschwitz.

Televisión: Mirtha (Legrand), Susana Giménez, Valientes y Canal (á).

Radios: Radio 10.

Medios gráficos: Clarín y casi todas las publicaciones locales, especialmente Historiando Escobar.

Libro favorito: Una hoja en la tormenta, de Lin Yutang.

Un lugar de Maschwitz preferido: El Patronato de la Infancia, actualmente Instituto Fátima. Por las plantas y el monte de mandarinas.

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