Con la idea de concientizar a la sociedad, más allá del imborrable recuerdo de aquel 30 de diciembre de 2004, David Magnarelli y los hermanos Magnani siguen solidarizándose con la vida.
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Por ARIEL J. SPADARO
aspadaro@dia32.com.ar

Ellos también son callejeros, y deambulan entre proyectos con el objetivo claro de darle una mano a los que más necesitan. Se destacan por la simpleza y la cotidianeidad de sus palabras. Gastón -«El Gato”, como lo llaman sus ami­gos- hace las veces de mediador, en un ambiente rodeado por filosas hojas de juncos que contrastan con los rozagantes pétalos de jazmines. Gonzalo, sensible, parece el más ansioso por hablar. Sebastián, parsimonioso y cauto, no vacila en dar una respuesta a la hora de demostrar la importancia que tiene conservar el espíritu de grupo. David se muestra como es, sin escrúpulos. Ninguno de ellos oculta nada, y van ambientándose con naturalidad a la entrevista con DIA 32.

María Lidia -“Marili”-, que no pudo asistir, es la actual compañera de vida de Gastón y era la quinta integrante del grupo en esa noche del 30 de diciembre de 2004.

¿Cómo decidieron ira aquel recital de Callejeros en República Cromañón?

Gonzalo: La idea me nació a mi. El día anterior nos fuimos a pescar con David, teníamos poco dinero y se me ocurrió ir a verlos, como lo hacíamos desde 1998. Convencí a David, a Gastón y a Marili. Fuimos en el Falcon de David, con el radiador averiado. Llegamos como pudimos. Seba trabajaba con la banda y nos llevó a verlo desde la parte VIP, en el segundo piso, lo que terminó siendo casi una trampa mortal para nosotros. La mayoría de los fallecidos estaba en el mismo piso. Teníamos comodidad, pero abajo no se podía transitar de ninguna manera.

David: En ese momento, un grupo musical, dentro de la cultura rockera, hasta que no “reventaba un lugar” no podía saltar a algo mayor.

Gonzalo: Para nosotros, un boliche donde no podíamos caminar de lleno estaba bueno. Pero desde que nos sucedió esto ya no está bueno un lugar así, sino que las cosas están mal hechas.

¿En qué aspecto cambió la relación de grupo luego de esa experiencia?

Gonzalo: Nos acercó mucho más y quedamos unidos en un compromiso de vida, con lazos muy fuertes.

Sebastián: Veníamos compartiendo muchas cosas y con esto quedó un sello, mirado desde el lado positivo. Y, como dice David, solo nosotros cinco sabemos de qué hablamos sobre lo que pasó.

David: Los colores, los olores, los recuerdos. Nada se olvida.

Gastón: A veces te molesta escuchar cosas como “¿quién te mandó a estar ahí?”¡Nadie! Me mandé porque me gustaba estar ahí.

La historia puede repetirse

En estos cinco años, ¿fue mutando el grado de responsabilidad que creen que tuvieron las partes de este hecho, o ya está formada la idea de quiénes o en qué grado existe la culpabilidad?

David: Ibarra como Estado, Chabán como institución y Callejeros como artistas. Esas responsabilidades le caben a todos en distinto grado.

Gonzalo: Y casualmente fue a los tres que les tocó, porque podría haber sucedido en cualquier otro lugar, y de hecho siguen pasando estas cosas. Yo pasé del factor bronca a atar cabos y a darme cuenta de que algunos eran simples perejiles.

Gastón: Al principio tenía muchas dudas, y de a poco fui armando mis conclusiones. Pero… qué podes esperar del Estado, Ibarra, la policía….

Sebastián: Lo que todos teníamos claro, desde el primer momento, era que los chicos de Callejeros fueron a laburar.

¿Y qué cambio en la responsabilidad de ustedes?

Sebastián: Yo el primer año vivía paranoico, ni a un cine entraba si no veía normas de seguridad. Después ese temor se me fue pasando.

David: Si, pero está mal que se vaya pasando, porque las mejoras no se van cumpliendo. Hoy puede repetirse en un subte u otro lugar, y no solo con jóvenes.

Gonzalo: La realidad es que llega un momento en que decís “no puedo ir a ningún lugar”. El otro día venia del barrio Lucia Paravi para el centro de Escobar en el 276 y éramos “300” en un colectivo de los más viejos, todos apretados. Si frenaba de golpe, imaginá adonde hubiéramos ido a parar.

Gastón: Ayer me indignaba viendo un informe donde unos chicos estaban contentos porque manejaron después de haber tomado tres cervezas. Antes por ahí nosotros también tomábamos, pero no te podés creer más vivo o más macho por eso.

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La sociedad en el espejo

¿Hubo una o varias respuestas de la gente?

Gonzalo: Visto a la distancia, fue más de lo mismo. Por ejemplo, como nos olvidamos de los sobrevivientes de Malvinas. Sin ir más lejos, en el puesto de flores un vecino comentaba “¡estos hijos de… de Malvinas cortaron la Richieri para reclamar un subsidio de mil quinientos pesos!”. Hablamos de un tipo que fue a pelear “tirando con una gomera» y pudo haber quedado con un montón de consecuencias físicas o psíquicas; y dicen «¿estos no tienen nada que hacer que van a cortar una ruta?”. Cero memoria, cero todo.

David: La sociedad está controlada, y así es la movida. La sociedad piensa lo que unos pocos quieren que piense.

Muchos los siguen reconociendo como “los chicos de Cromañón”, ¿sienten cómoda esta caracterización luego de cinco años?

David: Yo no. Creo que, más allá de todo, somos personajes históricos de Escobar.

Gastón: Yo siento que muchas personas me miran y se dicen «este pibe, ¿le pregunto?, ¿no le pregunto?». Me doy cuenta de esas situaciones, quizás por estar expuesto en el negocio. En un caso médico familiar también he sentido un poco de pudor de revelar que estuvimos con Marili en Cromañón.

Gonzalo: A mí me pasó varias veces cuando me dicen «veni, vení» y me presentan como «el pibe que estuvo en Cromañón”. Me siento incómodo y lo rechazo, porque tengo mi propia identidad.

Gastón: De cualquier manera, los cinco coincidimos en que mucha gente de Escobar se portó muy bien con nosotros, ofreciéndonos todo lo que necesitábamos.

¿Qué cosas ven que hayan cambiado estructuralmente a partir de lo que pasó?

David: En el nivel local no existen cambios. Las industrias si han mejorado las condiciones de seguridad laboral. En cuanto al ambiente del rock, en el que trabajo, lamentablemente no cambió nada.

Gonzalo: Recordemos lo que pasó días atrás en un recital en Ferro, que falleció una chica, o en Córdoba, donde ingresaron mil cien personas en un lugar habilitado para doscientas.

Gastón: Hay un nivel de locura generalizada. A mí se me caen las lágrimas porque no aprendimos nada de lo que nos pasó.

Gonzalo: Aparece un sentimiento donde te preguntás, ¿qué más tiene que pasar? Tuvimos un Cromañón hace cinco años, ¿tiene que pasar otra vez?

David: Y lo peor es que va a pasar…

Sebastián: Particularmente, creo que debe suceder una evolución a nivel mundial, porque hace veinte días también pasó otro hecho similar en Rusia, y este tipo de tragedias vuelven a aparecer. Entonces pienso que faltan unos cuantos años para madurar estas cosas.

Inseguridad que duele

Más allá de la amistad, los une un sentido de solidaridad hacia el otro. ¿Cómo resumirían su visión socio-política sobre el Escobar actual?

Sebastián: Los que nos gobiernan en el nivel local tratan de salvarse ellos. Hoy, hay chicos en la isla -como en otras escuelas- que necesitan de esa ayuda y solo existen para los profesores que llegan hasta allí a dar una clase. Estaña bueno que el Municipio tome riendas en el asunto. No puede ser que haya tantos nenes en los semáforos, haciendo malabares o vendiendo flores, cuando tendrían que tener su lugar para estudiar, divertirse y la comida diaria asegurada. Si esto continua así, estamos perdidos. Estaría bueno que Sandro Guzmán y quienes lo rodean pongan atención y mejoren esta situación. El que estuvo antes, de paso, hizo plazas. Los que vinieron prometieron que iba a ser distinto y solo renovaron las plazas. Esto está muy claro. Me duele mucho la vida de estos chicos. Ojalá algún día me vaya económicamente bien y pueda hacer algo por ellos; y quien hoy puede hacerlo, desearía que lo haga.

A esta altura de la entrevista, las miradas entre ellos se suceden como compañeros de truco, donde no hacen falta señas para saber la carta del otro. Y en el aire se percibe la sensación de aquellos hermanos y amigos de épocas casi olvidadas, donde un guiño o un abrazo son códigos que lo dicen todo. Donde no hay rupturas, donde tiran parejo.

Cuándo festejan un cumpleaños, ¿qué ponen arriba de la torta?

Gastón: Lo primero que me ponen es una bengalita. Y yo digo, ¡con eso no me jodan! (risas). En verdad, los 30 de diciembre nos vemos o nos llamamos siempre. No sé si volví a nacer, pero cerca de eso estuvimos.

Gonzalo: Lo que siempre nos molestó cuando llega esa fecha es que nos digan “volvieron a nacer” o “feliz cumpleaños”. A mí me resultó siempre chocante y contesto que nací en 1980, tuve un accidente donde murieron doscientas personas y que me molestaría mucho que volviera a suceder, aunque nada mejoró. Simplemente siento que nos pegaron una “reseteada”.

¿Por qué no se vuelve a ser el mismo?

Gastón: Ahora que tengo un hijo trato de protegerlo, pero imagino que también en unos años, como sigue esto, le podría llegar a pasar a él. Pienso que voy a llegar a los 50 y voy a seguir pensando que este riesgo va a estar latente.

David: Siempre pensé que salía del hospital vivo, desde que abrí los ojos. Son cosas que te van apuntalando en diferentes cuestiones. Aunque no llegaría al extremo de prohibirle a mi hija que salga a la calle. Cromañón es una marca en nuestra historia, pero tenemos otras, y ese no es el único tema del que pienso hablar toda mi vida… (piensa). La verdad que no tenía ganas de venir a otra entrevista, porque ya hablé mucho sobre esto y no cambió nada. Pero por algo tenía que estar acá.

Gastón: Si hubiera sido para “otro medio”, ahí no veníamos…

Gonzalo: De alguna manera, uno intenta dejar un mensaje, que es lo que hicimos al principio, yendo a hablar a las escuelas.

¿Pero no dejan de intentar?

Gonzalo: No, porque quizás con esta nota logra tomar conciencia alguien más, y entonces sirvió.

Todo concluye con un abrazo, y la promesa de juntarse para un picado de fútbol. Eso sí, sin abandonar la esperanza de cambiarlo todo. El destino, alguna vez, les jugó una mala pasada. Pero ellos siguen adelante, poniéndo­le el pecho y sonriéndole a la vida. Es que vale la pena estar vivos.

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Caminos personales

Gastón (30) continúa su vida junto a Marilí (30) y su hijo Patricio, siempre al frente del puesto de flores de Tapia de Cruz y Colón, y nunca abandona su cuota de humor. Gonzalo (29) atiende el puesto con él y vive en pareja desde hace un año. Viajar, hacer deportes y escuchar música son sus debilidades,y ha tomado los valores de la vida y la solidaridad hacia el otro como causa personal. Sebastián (33) es músico, actualmente continúa con un proyecto en el rubro y se sostiene económicamente con un negocio alternativo. Continúa en la búsqueda de su destino y disfruta de ella. David (32) vive en pareja y tiene dos hijas: “Mili” y Abril, de 10 y 5 años. Logró desarrollarse profesionalmente en lo que le gusta -operador de sonido-, conduce junto a Gastón el programa solidario La Llave (miércoles a las 21 por FM 103.1) y asegura que es feliz.

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